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HARTOS DEL TEATRO
Por Salvador Enriquez

Hace unos días, en la Asociación de Autores de Teatro en Madrid (España) durante presentación del libro “Teatro Diverso”, de Carmen Resino, la autora tuvo un arranque de sinceridad y exclamó ante los asistentes: “estoy harta del teatro”. No le va a la zaga el escritor dramático Luis Riaza que en alguna tertulia ha manifestado que desde hace tiempo se considera “ex-autor teatral”.

Al segundo le argumenté en su momento que eso de ser autor teatral es como el sacerdocio: imprime carácter, y que pese a su actitud seguirá siendo autor teatral. Luis me contestó con una sonrisa mezcla de ironía y frustración.


HARTOS DEL TEATRO
Hace unos días, en la Asociación de Autores de Teatro en Madrid (España) durante presentación del libro “Teatro Diverso”, de Carmen Resino, la autora tuvo un arranque de sinceridad y exclamó ante los asistentes: “estoy harta del teatro”. No le va a la zaga el escritor dramático Luis Riaza que en alguna tertulia ha manifestado que desde hace tiempo se considera “ex-autor teatral”.

Al segundo le argumenté en su momento que eso de ser autor teatral es como el sacerdocio: imprime carácter, y que pese a su actitud seguirá siendo autor teatral. Luis me contestó con una sonrisa mezcla de ironía y frustración.

A Carmen Resino, durante el coloquio, le manifesté mi opinión de que estaría harta del teatro no como arte, sino de lo que le rodea y que impide que muchas obras (entre otras las suyas) suban a los escenarios. Me dio la razón: ella considera bueno lo que escribe y le cuesta aceptar que se la ignore.

Entra en la curioso, cuando no triste, el comentario de un empresario al que no la habían ido bien las cosas en el montaje de una obra de autor vivo al argumentar “¿veis cono no se puede hacer teatro de autores actuales españoles?”. Toman la parte por el todo en un ejercicio falto de rigor intelectual sin pensar que el no haber tenido éxito puede ser debido a factores lejanos el puro texto. Tan simple y absurdo es el razonamiento como si porque una película de indios hubiera fracasado Hollywood hubiera dejado de rodar películas de Oeste.
Estos comentarios recientes que aparentemente son anecdóticos, me llevan a reflexionar sobra la situación de los autores teatrales vivos (entre los que me cuento) es España. “Ningunearlos”, ignorarlos, parece ser la actitud de una mayoría, desde algunos medios de difusión que ignoran sus nombres a la hora de dar información, hasta los directores de escena que con frecuencia aluden a la “no existencia” de autores para erigirse ellos en sumos pontífices de lo que ha se subir a escena.

Bien es cierto que algunos representan sus obras, pero integrados en una compañías humildes, al amparo de subvenciones oficiales que siempre dan a las compañías, no a los autores, y en la precariedad de salas alternativas, aunque ésta no es la tónica general. Lo normal es ver las programaciones repletas de títulos extranjeros, con autores vistos una y mil veces; o con los clásicos de Siglo de Oro, cuan do no de los llamados espectáculos “multimedia” en los que la expresión corporal, las nuevas tecnología, la imagen, anula o aboga por la carencia de texto que, a fin de cuentas, obliga a reflexionar más que dejarse llevar por las sensaciones producidas por las imágenes.

Y es que en España, como alguien dijo, “hay muchos directores que viajan”: ven una función que tiene éxito en Londres, Nueva York, Berlín... y la traen a nuestro país; ya se ha visto el montaje, las luces, la escenografía, y es menos arriesgado que poner en pie un texto inédito. En el segundo caso los directores o adaptadores (a veces una misma persona) cuentan con la ventaja de que el autor no está vivo ni tiene herederos, con lo que se ahorran la posibilidad de que le exijan fidelidad a la obra escrita. También, naturalmente, por la adaptación (a veces nada afortunada) cobran los correspondientes derechos de autor.

Es, en resumen, ir a lo seguro: seguro por el prestigio del autor clásico; por el renombre del autor extranjero del que “quién va de decir que el montaje no es bueno”, aunque produzca un tremendo aburrimiento; es la comodidad de no arriesgar, cuando el arte, el Teatro en este caso, debe ser riesgo aunque éste nos pueda llevar a veces al fracaso inmediato pero en ese riesgo, precisamente, está la evolución.

Esos autores que hoy dicen que están hartos y otros que no lo dicen, están aquí, en España y, en ocasiones, sus obras son representadas fuera de nuestro país en el que son ignorados.

Salvador Enríquez
e-mail: senriquez@worldonline.es

Por Salvador Enriquez
http://www.webcindario.com/senriquez/
Publicado Jueves 24 de Enero de 2002


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