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| Alguien había dicho que era el más conocido del Caribe. Que era lo más excitante de toda Venezuela, aseguraron otros con insospechado sentimiento patriótico. Que por unos pocos bolívares no había que hacer tantas vainas, que valía la pena y el viaje y el miedo en esa ruta que se alejaba de la ciudad... |
| "Un gesto, una caricia, una mirada desde el ángulo justo y con la sinceridad expuesta pueden obrar más milagros que todas las iglesias juntas, pero eso lo comprendí recién después, cuando ya desnudos me condujiste al baño..." Carlos O. Antognazzi (Siete Rojo, en Zig-Zag, Víctor Manuel Hanne Editor, Salta, Argentina, 1997)
Esta mañana -de árboles caídos y calles húmedas- me he despertado con el sabor del resfriado en los labios y con la imagen de una bella mujer en la memoria. Extraña combinación esta, que intenté invertir para quedarme con el sabor de la mujer en los labios y el resfriado en la memoria, pero no fue posible, pues de ella sólo he tenido gestos y miradas, desde ciertos ángulos justos, es verdad, pero tan sólo eso, que si bien, como escribe mi buen amigo Carlos Antognazzi, tienen la virtud y el poder para obrar reales milagros, no bastan para invocar la dulce sensación de una amorosa caricia. Ese estado de quebranto me ha impedido salir a realizar mi acostumbrada rutina mañanera y me he visto obligado a permanecer en claustro, con el riesgo de aburrirme hasta morir. Por fortuna, muy temprano, la conserje me ha dado la sorpresa de un nuevo paquete procedente de Argentina. En este han llegado ejemplares de un libro reciente de Antognazzi. Se titula Zig-Zag y contiene relatos. Tengo, entonces, literatura fresca para leer, y para hacer significativa la sorpresa, descubro uno de los textos -Siete Rojo- que narra una experiencia vivida por el autor durante el I Taller Internacional para Jóvenes Escritores Latinoamericanos, que realizamos en Barquisimeto, en el año 1994. Allí, durante nueve días, estuvimos concentrados veinte jóvenes cuentistas, alrededor de las figuras y la experiencia del maestro mexicano Sergio Pitol y del escritor venezolano Ednodio Quintero. Allí aprendimos que la "universalidad literaria" se sustenta realmente en el buen uso del lenguaje, y que no existe mayor compromiso para el escritor que ser él mismo -para bien o para mal-, pero serlo con el convencimiento de que su labor es, cuando escribe, una labor de artesano de la expresión, y que sus mundos -los que crea y los que está por crear- no son más que posibilidades de crecimiento y de develación emocional, para quien decida crecer y develarse. Eso aprendimos, entre otras cosas, y también que todo lo demás es mera parafernalia demagógica. Con ese aprendizaje llegó también el otro; el vital. Pero antes hubo la necesidad de acercarnos para compartir nuestras ansias y asegurar la complicidad. Recuerdo el afán del escritor canario Víctor Álamo por descubrir intensas posibilidades de recreación en tierra barquisimetana. Él deseaba adentrarse en el dominio de la noche para tentar sus promesas y fue así como, impulsado por su apremio, decidí acompañarlo a un recorrido pesquisante, indagador de los olores y los sabores de las hembras que se divertían en los locales nocturnos. Poco hicimos en realidad; a lo que más alcanzamos fue a divertirnos con un par de chicas que nos creyeron extranjeros desde el principio, sobre todo porque Víctor y yo, sea por chanza o por llamar la atención, nos pusimos a hablar en portugués desde que entramos al local donde ellas estaban. Creo que él quedó un tanto decepcionado con mi actitud. Esperaba más. Quería verme convertido en un guía resuelto, astuto y absolutamente mundano. Me necesitaba como un émulo de aquel Mario que conduce a la bella y expectante Emmanuelle al Sam-Lo. Pero yo no podía dejar de pensar en mi responsabilidad como coorganizador del evento. Juan Carlos Méndez Guédez y yo debíamos cuidar cada detalle de la organización y no podíamos darnos el lujo de una farra, a riesgo de perder la orientación. Pero bien, ellos supieron resolver sus apremios. De allí, precisamente, surge el relato de Antognazzi, dedicado a Álamo y al ecuatoriano Leonardo Valencia Assogna. El trío supo hacerse de un guía más resuelto y menos comprometido, y llegaron a donde tenían que hacerlo, al Siete Rojo: "Alguien había dicho que era el más conocido del Caribe. Que era lo más excitante de toda Venezuela, aseguraron otros con insospechado sentimiento patriótico. Que por unos pocos bolívares no había que hacer tantas vainas, que valía la pena y el viaje y el miedo en esa ruta que se alejaba de la ciudad con todo lo que decían del país en los últimos años, que la violencia, los robos, que un crimen por un par de zapatos de goma o zapatillas a secas, como decimos nosotros, los sureños del sur mas austral del mundo, con una economía que no se condice con la lujuria verbal del resto del continente. Cierto que no era la única ruptura que ostentábamos." Qué vaina tan puta, mi querido amigo Antognazzi. Qué vaina tan puta la imagen de nuestro país, ¿no es cierto? Extraña combinación esta, que intentamos invertir para quedarnos con un sabor distinto en la memoria. Por Nelson González Leal mailto: negole@hotmail.com Publicado Miércoles 5 de Junio de 2002 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |