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EL AMOR EN TODOS LOS TIEMPOS
Por Nelson González Leal

El mayor enemigo del amor no es el odio, sino el miedo, reza un adagio popular, que una vez encontré escrito en una de esas tarjetas para regalos que comunmente venden en las tiendas de baratijas, y creo que, en cuestiones del amor y sus cuitas, esta es una de las sentencias más ciertas...


El mayor enemigo del amor no es el odio, sino el miedo, reza un adagio popular, que una vez encontré escrito en una de esas tarjetas para regalos que comunmente venden en las tiendas de baratijas, y creo que, en cuestiones del amor y sus cuitas, esta es una de las sentencias más ciertas.
La literatura se ha ocupado de ello, de manera suficiente. Desde el Cyrano de Bergerac al más reciente Amor en los tiempos del cólera, el tratamientto del temor a la revelación inmediata de los sentimientos íntimos –y por ello muy comprometedores-, ha sido asunto constante en los literaros, escritores y poetas. En Venezuela, muchos autores han tocado el tema, de manera más o menos evidente, metafórica algunas, poéticas todas; basta mencionar títulos como Decir como es deseado, Salmos y boleros de la casa, De tanto querer mujeres, etc.
Pero es la situación planteada en el Cyrano de Bergerac, precisamente, la que mejor refleja esta situación contradictoria del amor. Cyrano ante su prima Lucrecia, enamorado con una profundidad casi mística, y digo casi, porque no deja de haber esa condición propia y antagónica, al mismo tiempo, del amor místico: una aguda y delicada pasión, un eros sensual que rebasa, incluso, la presencia física, que se proyecta más allá de la carne, que supera, con mucho, esa cuestión de bordes iracundos que llamamos entrega sexual.
En Cyrano, enamorado de la belleza sutil y, al mismo tiempo intensa, que emana de la manera en que Lucrecia, la prima, asume cada momento de su vida sentimental –y, por lo tanto, cotidiana-, se produce esa manifestación del miedo que reta al amor, de manera aplastante. Cyrano teme revelar su enamoramiento a Lucrecia, pues está seguro de que ésta lo rechazará a causa de su fealdad física. Es, sin duda, una cuestión de prototipos románticos.
La verdad es que la literatura asume y resuelve esta situación emocional mejor que la vida misma, aunque no la supera en el inventario de formas en que se presenta. Pero la realidad del Cyrano es la siguiente: el hombre, el héroe, el paladín -atípico, pues no goza de belleza física, aunque sí de galanura-, es capaz de batirse a duelo con cien espadiches que pretenden malograrlo, aprovechándose de su borrachera, y sale vencedor, con apenas un pequeño rasguño en la mano derecha. Herida que, en todo caso, es más sencilla de tratar y sanar, que la brecha que deja en el corazón la negativa del amor.
Y por esa misma verdad, Cyrano evita el enfrentamiento (el duelo, podrámos decir) con su prima Lucrecia. Cyrano teme que la confesión de su amor a Lucrecia acabe en el desaire –galante y tierno, que sería peor-, pues esto le produciría un dolor mayor que el de cien espadas clavadas sobre su pecho.
El amor, en todos los tiempos, ha tenido sus cuitas. Es, en realidad, una relación hermana. El miedo lo acompaña siempre, en la misma condición del lazarillo, necesario, pero indeseable. En Cyrano de Bergerac la situación está tratada de manera masgistral y vale la pena hacer el esfuerzo por entenderla; después, por supuesto, de haberla disfrutado. Su lectura nos puede dejar, más que una respuesta, una nueva inquietud –que ya es bastante-, ¿será la muerte la mejor amiga y compañera del amor? En todo caso, creo que no será difícil llegar a la conclusión de que el amor en todos los tiempos ha sido casi lo mismo que la muerte.

Por Nelson González Leal
mailto: negole@hotmail.com
Publicado Jueves 15 de Agosto de 2002


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