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| Febrero es el mes mocho, ese que siempre necesita un día cada día para estar completo, y es por eso que es un mes donde casi nunca se concluyen los compromisos. Fue en febrero, por ejemplo, que me sucedió lo de la dependienta del restaurante chino. Me enamoré de ella desde el primer momento; es decir, desde que entré con la intención de comerme una carne picada con jengibre y cebollín... |
| Febrero es el mes mocho, ese que siempre necesita un día cada día para estar completo, y es por eso que es un mes donde casi nunca se concluyen los compromisos. Fue en febrero, por ejemplo, que me sucedió lo de la dependienta del restaurante chino. Me enamoré de ella desde el primer momento; es decir, desde que entré con la intención de comerme una carne picada con jengibre y cebollín (el jengibre es mi debilidad, mucho más fuerte que el amor, lo confieso). Recuerdo bien cómo sucedió todo. Fue el bestia de Héctor –le decíamos bestia por lo tosco y por esa manía de romper todo cuanto tocaba; es decir, Héctor era la perfecta antítesis del rey Midas, todo cuanto tocaban sus manos, se hacía mierda-. Fue el bestia de Héctor, decía, el que me llevó al restaurante, con la promesa de que allí degustaría el mejor Wanton de mi vida (En realidad yo nunca había probado el Wanton, ni tenía la más mínima idea de la diferencia entre un plato típico de la gastronomía Cantonesa y una lumpia. Pero al fin y al cabo tenía hambre y era lo que me urgía e importaba, y como era febrero no estaba seguro de poder comer completo, así que decidí aceptar la sugerencia, por aquello de que la comida china siempre es abundante y llena mucho. Yo intuía que aunque no alcanzara a comerlo todo, lo poco que ingiriera me iba a resultar suficiente para contentar al estómago). No alcancé a preguntar mucho a Héctor, pues el tiempo para las preguntas se había acortado, porque el mesero urgía la demanda del servicio. Yo realmente no prestaba atención al hombrecillo, y a su cantadito reclamante, embelesado como estaba en la cabellera larga y azabache de la dependienta. No recuerdo, eso sí, que ordené ese día, tal vez el Wanton o una lumpia. Lo cierto es que lo que comí me supo a Gloria, que era el nombre castellano de la musa (Y esa fue la única respuesta que pude obtener de Héctor, antes de que destrozara con su mano izquierda el salero y el frasco de la salsa de soya). Ella se llamaba Gloria, o Li Cheng Go, o María Carey, qué importa. De todas maneras, tampoco tendría tiempo para pronunciar su nombre completo, ni mucho menos para escuchar en extenso alguno de sus orgasmo, si acaso llegaba a seducirla y conseguía hacerle el amor. Pensaba, sí, que debía hacerle el amor con jengibre). Lo cierto es que regresé desde entonces todos los días al restaurante, la mayoría de las veces solo. Y siempre me quedaba con la ganas de que no apareciese el mesero, para poder llamar a la chica y hacerle el pedido. Y ese día se dio, justo al final de febrero, y yo no pude, cuando la tuve enfrente, pensar en otra cosa que no fuera confesarle mi enamoramiento. Entonces lo hice. Pero a febrero le faltaba un día ese día, en que estaba más mocho que nunca, y hasta sordo diría yo, porque cuando le expresé a la dependienta todos los sentimientos que turbaban mi ánimo, esta se apresuró a garabatear unos ideogramas en la libretita que guardaba en el bolsillo frontal de su jean, dio la espalda con un violento movimiento de cadera y gritó hacia la cocina, ¡poollo laaqueado con jenjible y cebollín! Y desapareció en el acto, como lo hizo entonces todo el mes de febrero, que es el mes mocho, ese que siempre necesita un día cada día para estar completo. Por Nelson González Leal mailto: negole@hotmail.com Publicado Sábado 15 de Febrero de 2003 Escribe artículos en esta revista, si deseas publicar algún texto acorde con los temas de esta web envíalo que con gusto le publicaremos. Si deseas convertirte en editor o co-autor de esta revista infórmate aquí. |