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EL ADIÓS A BEVERLY SILLS
Por Alberto Peyrano

Beverly Sills, una de las más famosas y aplaudidas sopranos de coloratura, nacida en Brooklyn y que era más popular entre el público norteamericano que cualquier cantante de ópera desde Enrico Caruso, aun entre la gente que nunca conoció un teatro de ópera, falleció en su casa de Manhatan, en New York, a causa de un cáncer inoperable de pulmón. Tenía 78 años.


Beverly Sills fue el ideal estadounidense de lo que significa ser una primadonna. Sus modales francos y vitales lograron de ella una celebridad genuina y una digna representante inestimable de las bellas artes. Su vida incorporó una historia arquetípica norteamericana de orígenes humildes, años de lucha, con una tragedia familiar y luego el triunfo artístico.

Mientras los cantantes de ópera estadounidenses, rutinariamente, hacían viajes de ultramar para la educación y el entrenamiento de su voz, como también para tener y conseguir oportunidades profesionales, Beverly fue un producto de su país natal y actuó en Europa recién a los 36 años. Al mismo tiempo, cuando los cantantes de ópera aparecían con regularidad, como invitados, en el show de Johnny Carson, ella fue la única estrella lírica a la que invitaron para que fuera la anfitriona. Así, tuvo frecuentes apariciones en TV con Carol Burnett, Danny Kaye y hasta con los Muppets.

Al retirarse del canto, luego de diez años como directora general de la Ópera de la Ciudad de Nueva York, Sills tuvo pequeñas presentaciones en su propio programa de entrevistas en la televisión neoyorkina. Después de haber dejado su trabajo en la Ópera de la Ciudad, ella siguió una carrera influyente como Administradora de Artes, siendo la presidente primera del Lincoln Center y luego del Metropolitan Ópera House.

Durante su carrera, combinando su brillante canto, su exuberancia y humor, Beverly Sills desmitificó la ópera - y las bellas artes en el general – trazando un camino al cual respondió una gran cantidad de público. Cuando le preguntaron a qué se debía la buena recepción que tuvo cuando ella hizo su tardío debut en La Scala de Milán en 1969, dijo a la prensa que "probablemente porque a los italianos les gustaban las mujeres mayores, de pechos y asentaderas grandes".

Junto con María Callas y Joan Sutherland, ella fue un reconocido exponente del repertorio italiano del bel canto durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aunque esencialmente tenía un registro de soprano ligera, su emisión era robusta y envolvente. Lo principal en ella fue su técnica, que realmente era ejemplar. Ella podía emitir gorgoritos de coloratura y adornos con una fácil agilidad. Cantó con maestría musical escrupulosa, adecuándose incisivamente a la rítmica y dando al texto un sentido vivo. Además, ella dio ejemplos de interpretación asombrosos en sus papeles trágicos principales, tal como en "Lucia di Lammermoor", “Anna Bolena", "La Sonnambula", “I puritani", "Manon" y muchas otras óperas de su extenso repertorio.

A principios de los años 70, muchas de sus grabaciones fueron reprocesadas. Harold C. Schonberg, el principal crítico musica de The New York Times, le dedicó sus columnas a Sills y viéndola como la Lucia de Donizetti, escribió: "Lo asombroso de su Lucia no es tanto el modo como ella la canta, aunque eso tenga momentos de incandescente belleza, sino el modo en que ella logra ganarse la vida, respirando a esa muchacha infeliz." Y añadió que Sills "es quien más se ha entregado a la locura, siendo la escena más real que yo haya visto en cualquier teatro de ópera".

En la misma época, cuando el mismo Schonberg le hizo una crítica negativa por su actuación como la reina Elizabeth I en "Roberto Devereux" de Donizetti, el crítico Alan Rich del New Cork Magazine afirmó que al abandonar el teatro luego de asistir a aquella actuación de Beverly Sills él se sentía en un estado de euforia lindante con la histeria. "Una ópera magnífica –escribió-, ha sido rescatada del olvido y se le ha concedido un tratamiento maravilloso. Siento que esto es sólo un logro extraordinario de Beverly Sills”.

Durante toda su carrera de canto, nuestra artista obtuvo reacciones muy opuestas y divergentes de los críticos pero el público, en general, la adoró. Aunque la mayor parte de sus admiradores sabían que su ascenso a la cima había sido largo y resistente, pocos de ellos comprendieron cuánto y cómo.

Beverly Sills nació como Belle Silverman el 25 de mayo de 1929, en Brooklyn. Su padre, Morris, era un agente de bolsa de seguros cuya familia había emigrado de Bucarest, Rumania. Su madre, Shirley, cuyo verdadero nombre era Sonia Markovna provenía de la ciudad rusa de Odesa. Beverly fue llamada Bubbles (Burbujas) al nacer, porque su madre contó que había nacido con burbujas en su boca, y así le quedó ese apodo.

Como su padre trabajaba a porcentaje sobre sus tareas, los ingresos de la familia eran bastante desordenados, por lo cual también tuvieron frecuentes mudanzas. Beverly recordaba su primer apartamento, de dos ambientes, donde ella compartía el dormitorio con los padres mientras sus hermanos mayores, Sidney y Stanley, dormían en un sofá-cama en el living.

Shirley Silverman fue una madre consecuente quien pensó que su niña, talentosa, con rizos de oro, podría ser la Shirley Temple judía. Así, en su etapa de “Bubble”, fue empujada hacia la radio. A los cuatro años hizo su debut un sábado por la mañana en el show infantil "La Casa del Arco Iris del Tío Roberto" logrando así ser contratada para una performance semanal. A los siete años comenzó en "La Hora del Major Bowers" en donde danzaba y llegó a cantar arias de coloratura que había aprendido fonéticamente de unos discos de Amelita Galli-Curci que su madre tenía. Así, logró un papel en una radionovela, "Our Gal Sunday” donde en sus treinta y seis capítulos personificó a un ruiseñor de las montañas.

Pero su padre puso punto final a su carrera de estrella infantil cuando tenía doce años pues quería que se concentrara en su educación en la High School Erasmus Hall de Brooklyn y en la Escuela Profesional de Niños en Manhattan. Por lo tanto, dejó la radió y tomó clases de canto con Estelle Liebling, quien había dado lecciones a Galli-Curci y fue la única maestra vocal de Beverly Sills.

Cuando Sills se graduó en la escuela profesional en 1945, a los dieciséis años, comenzaron para ella diez años de duro trabajo incluyendo algunas giras operísticas con un repertorio que incluía operetas de Gilbert y Sullivan y un poco más tarde algunos protagónicos operísticos como Violetta de "La Traviata" de Verdi. Relatando estos viajes para una entrevista de Newsweek en 1969, declaró: "yo usaba ya mis primeros tacos altos, mi primer peinado de moda, mi primer vestido de fiesta, y no sabía qué mantener firme primero".

En 1955, después de ocho audiciones fracasadas en un período de tres años seguidos, Beverly Sills fue aceptada en la Ópera de la ciudad de Nueva York. Su debut allí fue como Rosalinde en "El Murciélago" y fue recibida con mucho entusiasmo por crítica y público.

De gira con la Ópera de la Ciudad en Cleveland, en 1955, Sills conoció a Peter B. Greenough quien era un redactor asociado en el periódico The Plain Dealer de Cleveland. En ese tiempo él estaba terminando su juicio de divorcio y ocho semanas después se casó con Beverly en una pequeña ceremonia civil en Nueva York.

De repente Beverly Sills se encontró siendo la madrastra de tres hijas y la dueña de una casa de más de veinte cuartos en Cleveland. Ella no gustó de esa ciudad, como lo reconoció en su libro "Beverly: una autobiografía", de 1987: "Peter fue condenado al ostracismo por la versión rinky-dink de la alta sociedad de Cleveland porque tenía carácter y fuerza para luchar por la custodia de sus niños".

Durante este período, realizaba frecuentes viajes a Nueva York para actuar en la Ópera de Ciudad, que en ese momento pasaba por duros momentos. El problema había comenzado en 1956 cuando el conductor Joseph Rosenstock, el director general de la compañía, había renunciado. Beverly fue una de las cantantes que tuvo empuje para salvar ese teatro. Esto la condujo a sugerir el nombre de Julius Rudel, quien logró un renacimiento del establecimiento como su director general, en 1957.

En 1959 Beverly dio a luz a una hija, Meredith Holden Greenough. Dos años más tarde tuvo al segundo hijo, Peter Bulkeley Greenough junior. En ese tiempo Meredith, llamada Muffy, de 22 meses, no podía hablar y los exámenes médicos revelaron que tenía un profundo deterioro auditivo. Mientras ella y su esposo trataban de paliar el problema de su hija, su hijo, llamado Bucky, de seis meses, fue considerado mentalmente retardado y con complicaciones adicionales que eludían cualquier diagnóstico. “Los médicos no sabían nada sobre el autismo en ese tiempo", escribiría Sills años más tarde. Con mucha ayuda, su hija salió adelante y fue superando el problema. Pero el niño se deterioró mucho y tuvo que ser internado en una institución especializada.

Al principio, los diagnósticos e informes sobre la salud de Bucky los hacían cada seis semanas así que durante mucho tiempo Sills rechazó contratos y permaneció en su hogar. Su esposo fue quien la convenció para que volviera a cantar pues eso la ayudaría anímicamente y apeló al humor: le enviaba cartas dirigidas a la “Querida Bubbala” sugiriéndole cantar papeles inverosímiles como por ejemplo el masculino de “Boris Godunov” y al mismo tiempo le hablaba sobre los chismes del mundillo operístico. Insistió tanto de esta manera que al final Beverly firmó un contrato y cuando nuevamente subió a un escenario se sintió una artista totalmente diferente.

“Creo que siempre fui buena cantante”, dijo en una entrevista a Newsweek, "aunque siempre me preocupaban mucho el director, el regisseur y el tenor, pero cuando volví dejó de preocuparme eso y me liberé de la amargura. Yo sentía que si sobrevivía a mi pena, podría seguir viviendo y como yo era tan desinhibida en escena, me empecé a sentir mejor”.

La cadena Newhouse de periódicos compró al The Plain Dealer en 1967 en 58 millones de dólares, por lo cual una parte sustancial le correspondió a su esposo. La familia, por lo tanto, se volvió sumamente solvente y se fueron a vivir a Milton, en las afueras de Boston. Mr. Greenough pasó a ser entonces un importante columnista financiero en The Boston Globe, entre 1961 y 1969.

En Boston Beverly Sills se asoció laboralmente con la conductora y directora escénica Sarah Caldwell, quien entonces regenteaba la Compañía de Ópera de esa ciudad. Así, nuestra artista actuó en óperas como "Hippolyte et Aricie" de Rameau o interpretando a las tres heroínas de “Los cuentos de Hoffmann” de Offenbach. Pero su gran éxito vino cuando ayudó a inaugurar el Teatro de Ópera de la Ciudad de New York, el nuevo Lincoln Center, interpretando en esa oportunidad a Cleopatra en la ópera “Julio César” de Händel. Así, Beverly Sills se demostró a sí misma que podía contar con una valiente y fuerte determinación surgida de una larga y sufrida frustración. El director Rudel había concebido a la producción como un vehículo de promoción para el bajo Norman Treigle, quien debía cantar el papel principal. Y para el rol de Cleopatra había seleccionado a la soprano Phyllis Curtin quien actuaba en la Ópera de la Ciudad desde hacía dos años pero que había estado cantando en la Ópera Metropolitana desde 1963. A Beverly Sills le satisfacía enormemente el papel de Cleopatra y pensó que llevarlo a escena la catapultaría al estrellato. Por otro lado, sentía que la oportunidad le correspondía a ella por su lealtad como miembro de la empresa. Después de muchas conversaciones improductivas con Rudel, Sills amenazó con dejar su lugar en la empresa y que su marido le aseguraría el Carnegie Hall donde cantaría cinco de las arias de Cleopatra. “...y usted parecerá realmente un enfermo.”, le dijo a Rudell, con lo cual lo aflojó. Beverly Sills no estaba desacertada al pensar en “Julio César” como el hito fundamental de su carrera. Para lo que los puristas de Händel considerarían un sacrilegio, Rudel y el director escénico Capobianco cortaron la duración de la ópera a tres horas e inauguraron con ella el nuevo Metropolitan Opera House.

Fue un éxito indudable, tanto de público como de la crítica. Se elogiaron al extremo su diestro manejo en las fiorituras, sus trinos perfectos y sus exquisitos pianissimos. Pero más allá de su acrobacia vocal, desde la parte actoral, otorgó a su personaje una verdadera y carismática realeza. A partir de allí, Beverly Sills se convirtió en una sorprendente estrella del género lírico.

En 1968 tuvo otro gran suceso interpretando "Manon" de Massenet. Al año siguiente, cuando la producción fue repuesta, el crítico Winthrop Sergeant del New Yorkerde escribió: " Si tuviera que recomendar las maravillas de la Ciudad de Nueva York a un turista, debería colocar a Beverly Sills como Manon a la cabeza de la lista, siguiendo luego con la Estatua de Libertad y el Empire State Building".

En abril del 69 hace su debut en La Scala de Milán con la ópera era Rossini "El Sitio de Corinto" que no había sido representada allí desde 1853. Newsweek publicó su foto en la portada como “la diva favorita de América y su triunfo europeo”. Un importante crítico italiano, Franco Abbiati del Corriere della Serra de Milán, comentó: "En mucho me recuerda a Callas –su buena presencia, su bello rostro y, por encima de todo, por su hermosa voz. Es un ángel del fraseo lírico, con gran dulzura, delicadeza y perfección técnica".

También fue aclamado su paso por Londres en el Covent Garden con “Lucia di Lammermoor" de Donizetti, en diciembre de 1973. En 1975 repite su éxito italiano en el Metropilitan, “El sitio de Corinto” y en el 76, también en el Metropolitan interpreta a Violetta en “La traviata” de Verdi

Aun con todos estos éxitos ella comenzó a sentir problemas con su voz pero continuó cantando siempre con su presencia tan comunicativa y con ese carisma que envolvía al público. Pero en 1978 anunció que se retiraría en 1980, cuando cumpliera los 51 años de edad. "Pondré mi voz a descansar y me iré silenciosamente y con orgullo" dijo para una entrevista del New York Times. Y también, al mismo tiempo, anunció que sería la codirectora de la Ópera de la Ciudad.

Su plan consistía en aliviar en parte el trabajo del director general, Rudel. Pero en 1979 él abandonó su puesto y Beverly Sills asumió la dirección total. Se vio así, al frente de una empresa cargada de deudas y con muchas inseguridades para su futuro.

Su visión para revivir a la Ópera de la Ciudad incluyó un repertorio bastante inusual y dio cabida a nuevos jóvenes talentos norteamericanos. Así, pudieron conocerse rarezas como la temprana ópera de Wagner “Die Feen”, “Atila” de Verdi o el “Hamlet” de Thomas, y también óperas contemporáneas como “X” de Anthony Davis, basada en la vida de Malcolm X. Para atraer al público más joven, bajó las localidades en un 20%. Con un crédito de cinco millones de dólares que le concedió el Estado de Nueva York, este teatro mejoró en su concepto popular y se remozaron partes del edificio, pero no su problema de acústica. No obstante, su déficit creció y todo se agravó con un incendio que destruyó diez mil trajes de setenta y cuatro producciones.

No obstante, Beverly Sills no se entregó y siguió luchando desde su puesto, transformándose en una prodigiosa recaudadora de fondos. Cuando en 1989 se retiró de la dirección, el presupuesto ya tenía un superávit de 26 millones de dólares. Siguió trabajando luego en las tareas empresariales de financiación del teatro y realizó también numerosos programas de televisión en vivo, desde el Lincoln Center. Ya en su retiro definitivo, ella continuó con actividades solidarias y caritativas

En una nota que le hizo el Times en 2005, reflexionando sobre su vida y su exitosa carrera, dijo, "el Hombre planifica y Dios se ríe". Y añadió: "A veces he dicho que nunca me he considerado una mujer feliz. Y cómo podría serlo, con todo lo que me ha pasado. Pero soy una mujer alegre y el trabajo me mantuvo viva y en pie".


Por Alberto Peyrano
albertopeyrano@gmail.com
Publicado Martes 10 de Julio de 2007


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