Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
Nada hay más gélido que el diagnóstico de un médico insensible. Recuerdo que Willy, uno de los doctores más acertados que conozco, me dijo alguna vez (tratando de justificar a sus colegas) que es imposible para un galeno hacer suyo cada drama que se desenvuelve a su alrededor. Si cada paciente fuera un asunto personal, se perdería esa objetividad científica con la que el profesional puede decidir, en frío, sin pasiones ni culpas, el mejor tratamiento a seguir, aún cuando éste represente una riesgosa operación o la discapacitación permanente del enfermo. Este argumento es lógico, pero rara vez puede consolar a quienes se ven ingresando a un hospital y experimentan, en esas circunstancias, una pérdida absoluta del control.
Una película protagonizada por Robin Williams, el melodramático cómico yanqui, narraba la historia de "Patch" Adams, un médico norteamericano, aún vivo, que ha desarrollado una técnica revolucionaria de tratamiento hospitalario, convirtiendo los marmóreos centros de curación en lugares de reposo donde el paciente deja de ser un número y se convierte en un ser humano individualizado para quien existe una particular atención e interés. Pero, desgraciadamente, las grandes clínicas tienen escasas posibilidades de desarrollar este sistema y se ven sumergidas en la rigidez de los trámites burocráticos y protocolares, con documentos y papeles, autorizaciones y permisos, que firman pacientes y familiares desesperados, liberando de responsabilidad a los responsables...
Debo decir que he caído varias veces en manos de médicos excelentes y que tengo el gusto y la seguridad de conocer a Carmen, la última opinión que escucharé cuando tengan que abrirme el pecho para colocarme los inevitables "by pass" que mi colesterol anuncia y pronostica, amén de ser la más linda doctora que han visto mis ojos. Hay en el Perú profesionales impecables como un Baracco, un Morote o un Rabí, que honran notablemente a Hipócrates, pero también abundan carniceros y oportunistas, ¡cuidado con caer en sus manos!
No sé cuándo nació mi aversión a las clínicas y hospitales y no recuerdo ningún acontecimiento notable en mi infancia. Más bien, ya adolescente, vi cómo mi abuela nonagenaria moría desangrada porque un inepto no se dio cuenta de la úlcera infame. Para colmo, justo por esos días, mi padre era operado del cerebro y las visitas al Hospital del Empleado (del seguro social peruano) eran tortuosas sesiones de filas frente al ascensor, congestionamiento humano, tristeza y ansiedad en los rostros, y pasividad en las enfermeras. Estuvo internado como tres meses "haciendo cola" para operarse y cuando se programó la intervención ya había cogido un resfriado lo que motivó, ante la solicitud de mi madre de remedios para la gripe, la cruda respuesta de un burocrático y cuadriculado médico: "acá la gente viene a operarse del cerebro, no a curarse resfríos...". Y se postergó la cirugía. Finalmente todo salió bien gracias a la capacidad del neurólogo, pero el trato de los empleados dejó mucho que desear. Era tal la mafia que existía que la anestesia (que mi madre tuvo que mandar traer del extranjero) hubo que recuperarla como si se tratara de un artículo de lujo extraviado. El frasco contenía varias dosis (más de las necesitadas por mi padre) y tras la cirugía desapareció misteriosamente (para ser vendido, luego, por las enfermeras y dependientes). Si no fuera por una enérgica intervención del médico en jefe, los pacientes a los que mi madre obsequió la anestesia hubieran tenido que pagar precios exorbitantes en el mercado negro o estarían esperando todavía.
Años después, vi a una querida tía consumirse con un cáncer feroz al estómago en la clínica de Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, ese sexto piso se me quedó grabado en la retina. Tanto como los consultorios del primer piso, donde vi, entre cientos de desesperanzados, a un ex alcalde de Lima, luchando sin demasiado entusiasmo por su vida. Allí decenas de niños rapados lloran su dolor y no comprenden la muerte que ronda sus cunas. No deja de ser un espectáculo macabro el brillo de los pisos oliendo a desinfectante frente a las caras desoladas de los enfermos y sus parientes.
Por operaciones de mi madre, he estado, que recuerde, dos veces en la clínica. Nada hay más desesperante que las dos o tres horas que se prolongan infinitas en los incómodos sillones junto a la sala de operaciones. Y qué angustiante ver cómo pasan los minutos y una operación que el médico estimó en tanto tiempo empieza a demorar y nadie da razón de nada. Sólo hace unos días, otro achaque la convirtió en "la paciente del 403" y empezó otra espera que felizmente la trajo saludable pero cansada junto a nosotros.
Cuando mi padre sufrió un infarto, lo llevamos, torpemente atendido en nuestra inexperiencia, a la clínica. Allí, durante inacabables minutos, fue sometido a cuánto ejercicio de resucitación conocía la ciencia. Nadie nos decía nada. Los médicos salían y entraban de emergencia sin expresión en los labios. Una cruda doctora empezó a preguntarle a mi madre una serie de tonterías y se negaba a decirnos el estado de nuestro padre; o no respondía o nos llenaba de formulas y frases hechas: "estamos reanimándolo...", "tratamos de estabilizarlo...", "el paciente llegó sin signos vitales...". Finalmente, mi hermana la encaró con la pregunta impronunciable: "¿Está muerto?" Y gélida la curadora contestó: "Según los procedimientos debemos tratar de reanimarlo por una hora y ya han pasado..." Y la interrumpió nuevamente la pregunta desesperada: "¿está muerto?" Y la respuesta llegó de un rostro inmutable: "Tiene muerte cerebral". La noche que cae sólo pueden conocerla quienes han visto el horror de la rigidez de un cadáver.
Seguramente de allí nace mi cólera. De allí nace mi espanto. Cuando estuve internado hace un año, con una neumonía galopante, me negué a vestir esa macabra vestimenta hospitalaria, esa tela indignamente blanca que humilla nuestra humanidad. Me resistí a ser tratado como un expediente más, me largué lo más pronto posible y comprendí, en sólo un gesto, a mi padre y todos los que quieren morir en sus casas, rodeados de su familia, como seres humanos.
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