Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno
en cualquier sazón, en todo tiempo.”
Miguel de Cervantes.
LA QUINTA EDAD DEL HOMBRE
“Nos dice Cervantes que frisaba el hidalgo en los cincuenta y nos hacemos a la idea de que a esa
edad nació”. Esto escribía Unamuno, preguntándose por la niñez de Don Quijote, preguntándose
si pudo Don Quijote tener niñez, no si pudo tenerla Alonso Quijano. ¿Puede ser infantil el
quijotismo?, pregunta Unamuno. Y añade: “¿Es que no se propusieron los atormentados
comentadores de las Sagradas Escrituras la cuestión, para nosotros absurda, de la edad a que
creó Dios a Adán? O dicho en luminosa paradoja: ¿de que edad nació Adán?” Así, como
Unamuno, en “luminosa paradoja”, preguntamos ¿de qué edad nació don Quijote? Y dejando
aparte la idea “que hirió” a don Miguel, como él nos dice, sobre la niñez imposible del
quijotismo, nos respondemos, con Cervantes, que nació a la edad o con la edad de su creador
imaginativo, que también frisaba en los cincuenta cuando lo engendró “en una cárcel”, en la de
Sevilla, según nos afirman los eruditos (Rodríguez Marín: “La cárcel en que se engendró el
Quijote.”). Incomodidad y ruido fueron sus padrinos, según Cervantes.
A Unamuno le preocupaba la ausencia de infancia, de niños, en el arte y la literatura españoles.
El olvido de la niñez. Y, sin embargo, además de los lienzos de Murillo, pensamos nosotros en
Lazarillo, en Rinconete y Cortadillo, en el Santo Niño de la Guarda de Lope... Excepciones, y
dolorosamente significativas, que confirman esa misma ausencia. Pero volvamos a la edad en
que nació don Quijote: los cincuenta años. Edad inicial de la madurez. En las edades de la vida,
como nos lo enseña la sabiduría antigua y prevalece en la Edad Media por san Isidoro de Sevilla,
esta edad de cincuenta años es la que pone fin a la juventud. Es la quinta edad del hombre, según
nos dice el santo sevillano. La primera es infancia, y dura hasta los siete años; la segunda
puericia -”es pura y no apta para la generación”-, llega hasta los catorce; la tercera edad es la
adolescencia, desde los catorce hasta los veintiocho años; la cuarta, juventud: “edad firmísima”,
que termina a los cincuenta. “La quinta edad, madurez, es la edad de los señores”, o del señorío,
del dominio de sí, “en la cual declina la juventud y tiende a la senectud; todavía no viejo, pero ya
no joven”, -escribe san Isidoro; y añade: “es la edad a la que los griegos llamaban presbicia”;
señor, pero no anciano: y empieza a los cincuenta años y termina a los setenta. La sexta edad,
vejez, dura hasta la muerte: empezando a los setenta.
La edad de don Quijote, la edad de Cervantes al concebirlo o imaginarlo, según esta cuenta que
nos hizo san Isidoro, es justamente aquel límite, o edad fronteriza, en que acaba la juventud y
comienza la madurez; no la vejez. La edad -”todavía no viejo pero ya no joven”- que se extiende
desde los cincuenta a los setenta. La edad del señorío. Según esta cuenta, Cervantes no llegó a la
vejez: murió en sus umbrales. Y su obra poética es creación madura que pertenece a esa edad de
dominio humano de las cosas, de las ideas, de los sentimientos y pensamientos. Cuando don
Quijote se da a la luz, o lo da a luz su autor -1605-, don Quijote sigue teniendo cincuenta años;
es más joven que Cervantes, que alcanza ya los cincuenta y ocho. Pero ambos han terminado la
juventud, empezando, con la madurez, a enseñorearse del mundo que les rodea. La locura errante
del caballero espeja la seriedad, el sosiego, la sabiduría o sensatez madura de su autor. A éste
parece que se le alegra el corazón escribiendo las desdichadas aventuras de su héroe. A sí mismo
se dice Cervantes: “el corazón más alegre del mundo”. Y es notable cosa que esa alegría de
corazón parece brotarnos como un manantial de cordura, de sosiego, de calma y paz con todo, de
unidad y sentido ajustado a su propia vida desdichadísima, de estas páginas del libro burlesco, en
las que, desde un principio, nos dice su autor de esa madurez humana, dominio, señorío de la
vida y del pensamiento.
La enteca criatura de ficción, su “triste figura” deslabazada, seca, escueta, como endurecida en
su fuerte contextura viva por la arboladura visible del esqueleto, se ofrecerá a nuestros ojos
sorprendidos, rodando por los suelos, y apaleado, o dando cabriolas y zapatetas, grotescamente
semidesnudo, por los aires. Por los aires beltenebrosos de Sierra Morena. No sin haber fijado
antes nuestra mirada en la todavía firmísima fisonomía -viene de dejar los linderos últimos de la
juventud- del hidalgo manchego a quien acaba de apagársele en el corazón, con una sonrisa, una
hermosa figura de mujer, cuya sana imagen de amor, dejará limpios sus sentidos. Una palabra
nos parece que va siempre unida en Cervantes al amor, una palabra que significa tanto para él,
moral como estéticamente: castidad. El Quijote es un libro casto y virginal. Porque es libro de
amor. De señorío de amor. Por eso su hondísima, inagotable alegría, que brota, salta, manantial
perenne, inagotable, en su lectura, de un corazón maduro, fruto de triste juventud.
Si don Quijote encendió de amor su encarnación viva, descarnándola, paradójicamente, hasta sus
huesos, nos reveló, con esa tristísima figura burlesca, la alegre verdad de un esqueleto simbólico,
por el que, si danza la muerte, es para negarse mejor a sí misma, para afirmar la inmortalidad, la
supervivencia, de una encarnación del espíritu en la que palpita, en Cervantes, por su viva fe, “el
corazón más alegre del mundo”. Que por eso tal vez nació tan maduro su Quijote, el libro y el
héroe que lo representa; tan en carne y hueso de verdad; porque adolece, como el hombre mismo
que lo crea, o con su lectura lo recrea, de presencia divina: de espiritual perduración. Y como
dijo el poeta: “Don Quijote en su locura / tiene razón que le sobra / más que el barbero y el
cura”.
Francisco Arias Solis
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