Por : Diego Cruz
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Hata mi lírico rincón viene un trino musical que es el himno que la mañana me regala, creado por un grupo de pájaros en alborozo. Esa música se impregna muy bien en el paraje de mis sienes y con ella suelo hacer un prólogo de auténtica meditación que me conduce al desayuno. Sé que durante esos dulces minutos en mi soliloquio interior nace un mensaje muy puro con intención de cambiar el mundo, de ahí que retrase con parsimonia toda la acritud que al poner luego la radio lleva implícito cualquier salvaje noticiario. No quiero renunciar por nada a una felicidad doméstica que en esos momentos se ofre casi obscena en medio del transcurso, y con mi mirada; que aún no se ha colgado, para ir por la ciudad, el arma de la astucia, recorro embebido en un silencio monacal el lomo de mis libros. Para cuando ya se extiende un denso aroma de café por las paredes de este cuarto, yo he solido hacer un pormenorizado balance de todas mis miserias, contrarestándolo con un acto lírico que consiste en hacer el primer poema de amor que auno sinceramente se le ocurre. Luego vuelvo a mirar este lírico rincón desde la perspectiva desnuda que me regala la conciencia, hasta que termino por salir a la ciudad que me mezcla con un pastoso gentío que se mueve al son de su prisa más unánime. Pero; eso sí... antes de semejante hazaña, como un profundo manual o salvavidas, siempre me llevo puesto un aforismo rescatado de algún libro, cuyo significado más rotundo va fermentando en mi cerebro. Es la única manera que yo tengo de sobrevivir con dignidad y, después de tanta competitividad, regresar meridianamente sano y salvo a la humilde paz de casa.