Por: Carmen Ramos
carmenramos@teleline.es
SOBRE LA OBRA: MEMORIAS DE ADRIANO
de Marguerite Yourcenar
La sabiduría del hombre que ocupa
un lugar en la historia de los hombres. (C. Ramos)
Afrontar el reto de escribir sobre un ser humano con título de
emperador y fuerza de un nombre como Adriano, debió ser para Marguerite
una labor de libertad de pensamiento, porque así lo requería este
personaje del siglo II cuya sabiduría y espíritu libre cerraron las
puertas a un espacio de la historia. Evidentemente esto no era fácil de
vivenciar, pero ella lo consigue con una sutileza de variados matices.
Abandona su tiempo y se sumerge en el pasado definido por vidas distintas
que se desarrollan en espacios acotados pero amorosamente compartibles.
Comentaba ella sobre su personaje: "He pasado una gran parte de mi
vida tratando de definir y luego de describir a este hombre solo y por
otra parte en relación con todo".
Ciertamente Adriano era el romano perfecto: fuerte, elegante, deportista
infatigable, administrador extraordinario, de cultura elevadísima,
adorado por su pueble e incluso admirado por sus enemigos, con los que
agotaba siempre todos los recursos pacíficos.
Ante este perfil de semidiós, Marguerite opta por el hombre que
comentaba: "Mis primeras patrias fueron los libres" o...
"No estoy seguro que el descubrimiento del amor sea más delicioso
que el de la poesía".
Así gustó el emperador de poetas imaginativos como Virgilio:
"Magno misceri murmure
pontum ..."
"El mar se mezcla con un
gran murmullo..."
Luego buscó Adriano la rudeza del verso de Ennio; y a la fluidez de
Homero antepuso la humilde parsimonia de Hesíodo.
Sigue el rastro a poetas oscuros y complicados que sometieran su
pensamiento a un difícil ejercicio gimnástico . Alimentó su espíritu
con los más antiguos o los más nuevos, absorbiendo de ellos las
consignas que le abrían nuevos caminos o le dejaban retomar huellas
perdidas.
Cuando Adriano descubrió Atenas, hacia el final de su adolescencia, la
ciudad lo conquistó por completo. Aquel joven de impetuoso corazón
saboreaba por primera vez ese aire intenso, esas conversaciones rápidas,
esos vagabundeos en los demorados atardeceres rosados que lo envolvían
con voluptuosidad.
Y yo me pregunto:
-¿Por qué Marguerite?, ¿por qué este hombre?.
Seguramente (sus notas manuscritas fueron destruidas en su totalidad) ella
encontró una tremenda humanidad debajo de la toga o del rico manto del
emperador.
En los últimos pensamientos de Adriano queda resumida la intención de su
vida:"Hasta el fin Adriano habrá sido amado humanamente".
Surgen éstos al ver llorar a Diótimo y sentir como sus lágrimas caían
deliciosamente sobre sus dedos. Y, mirando las riberas familiares, los
objetos amados, que sin duda no volvería a ver, Yourcenar coloca en la
mente del emperador un último pensamiento: "Tratemos (se refiere a
él y a su alma) de entrar en la muerte con los ojos abiertos..."
El libro fue concebido en su totalidad o en partes, bajo diversas formas
en el espacio que va desde 1924 a 1929, entre los veinte y los veinticinco
años de edad de Marguerite.
Entre su correspondencia con Flaubert se encuentra subrayada y releída
una frase inolvidable para ella: "Cuando los dioses no existían y
Cristo no había aparecido aún hubo un momento único, desde Cicerón a
Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre".
Su trabajo de investigación, sus proyectos, son retomados y abandonados
por la escritora entre 1934 y 1937.
Al principio Marguerite imaginó la obra como una serie de diálogos donde
todas las voces se oyeran al mismo tiempo, pero a pesar de su intento la
voz de Adriano se perdía enmedio de esos gritos; las partes comprometían
el equilibrio del todo.
Esta es la única frase manuscrita que subsiste de la redacción de 1934
:"Empiezo a percibir el perfil de mi muerte". Así la escritora
se transforma en pintor que trata de encontrar, trasladando su caballete,
el punto de vista del libro.
Se reprocha Marguerite tras unas lecturas del libro en la universidad de
Yale, su excesiva juventud al escribirlo. Según ella : "Hay ciertos
libros que no deben escribirse hasta no haber cumplido los cuarenta años,
porque hasta no haber rebasado esa edad se corre el riesgo de desconocer
las fronteras naturales que separan, de persona a persona de siglo a siglo
la infinita variedad de los seres, o por el contrario dar demasiada
importancia a las simples dimensiones administrativas o burocráticas.
Hubiera necesitado esos años para aprender a calcular exactamente las
distancias entre el emperador y yo".
A veces Marguerite se hundía en una inmensa depresión y se avergonzaba
de haber intentado alguna vez este libro imposible. En estos momentos de
desaliento y atonía la escritora iba al Museo de Hartford (Connecticut)
donde se exponía una hermosa tela romana de Canaletto: el Panteón ocre y
dorado recortándose contra un cielo azul al final de una tarde de verano.
Después de su visión se sentía serena y reconfortada.
Cuando vuelve a su libro dice: "Es para mí reconstruir desde dentro
lo que los arqueólogos del siglo XIX han hecho desde fuera".
Lo que Marguerite era capaz de decir de Adriano ya está dicho, la obra
acabada; lo que tenía que aprender está aprendido. Recorramos con ella y
en silencio su vida y sus palabras: "Todo ser que haya vivido la
aventura humana vive en mí".
CARMEN RAMOS
carmenramos@teleline.es
http://www.cajamagica.net