AGOSTO


Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es


En agosto una manada de seres enlatados participan de una procesión clonada que lleva el sello propagandístico de cualquier agencia de viajes y por eso el metro, que se vuelve más lento, recorta sus vagones. 

Familias enteras van en busca del maná, o de la felicidad completa, mientras el asfalto en ebullición es fácil de confundir con el infierno. 

En agosto, estar moreno, ya es pura obligación, y bañarse a solas mientras la música del mar cabalga tus sentidos, más bien puede tratarse de un milagro. Todo el mundo busca un nirvana particular para su ocio, aunque la prisa de la ciudad es una cáscara bien tallada, que no se consigue disolver tan fácilmente. 

En éste mes habría que buscar un pueblo perdido que no viniera en los catálogos, el cual tuviera aún una antigua fábrica de pan que, debido a su olor, perfumase al completo la travesía de sus calles.

 También una taberna en sombra con una persiana de tirillas a colores, y en su interior unos abuelos bebiendo vino que estuvo ya su tiempo en las barricas, mientras juegan al dominó desgastando el centro de mármol de una mesa. 

Un botijo de barro rojo podía servir como primer refresco al acalorado viajero, y ese chorrillo de agua alta se escanciaría en los labios como un buen presagio natural que sabe a bienvenida. 

Pero hoy, agosto es un mes de procesiones clónicas donde manadas de buscadores de felicidad llevan siempre un móvil acariciándoles el hígado, y un catálogo publicitario de la agencia de viajes pertrechado en el sobaco.