Por : Diego Cruz
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El Metro tal vez sea una de las mayores bibliotecas de la ciudad pese a que, hasta ahora, aún no ha sido publicitado en los catálogos. Los libros se exhiben a lo largo y ancho de los distintos vagones que van atravesando las entrañas de la tierra, frente a cuyas páginas hay todo un elenco de personajes bien anónimos. Ese ambiente, pues, de lectura social que se ejercita a plazos, no es sino una muestra más de una especie de cultura subterránea.
Pero el Metro, ay, tiene también una tristeza laboral que se prodiga, y corre como la pólvora hasta hacerse casi crónica ya dentro de los túneles. Ciertas miradas reventonas de ojeras que, al trasluz de su astucia, dejan entrever un lastre de quinquenios que han posado así su penosa huella. Olores múltiples, en tiempo de estío, que no son sino un brote insolente que muestra a la dulzura del aire su cabreo. Ojos muy vivos, recorriendo velozmente los recovecos genuinos del espacio, hasta posarse en unas ancas femeninas casi obscenas, cuyo deseo secreto, en propiedad del ojeador, guardará recelosamente en el cerebro.
El Metro es un racimo de anécdotas bien perceptibles; como un humor social muy variopinto, inmerso entre railes y megafonías rutinarias que anuncian retrasos con sus disculpas tan amables. Existe el lector de periódicos ajenos, que de reojo se impregna la noticia abrazada al disimulo; o los ojos que buscan su sutil escapatoria, ante el acto en bruto del mendigo que de repente suplica su limosna. Existe el que exibe su palmito; el que se cuela impulsado por un brinco de olimpiada, o el del vigilante tipo rambo que reta a la concurrencia con su mirada sintomática. Toda una jungla de acontencer en vivo, incluida la taquillera que se queda pegada al teléfono de la empresa, tan tentador por gratuito, desde donde en otra orilla lejana siempre suele charlar un novio inagotable...