Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Ante la fuga, lo primero que sentí fue lástima
y vergüenza. Lo que pensé después fue una reiteración de algo que siempre he
creído, que las dictaduras no aparecen necesariamente como fruto de una
imposición, sino que las más de las veces son populares, o sea deseadas,
requeridas, llamadas, apetecidas, apoyadas y aplaudidas por mucha gente. Y esa
es la primera lección temible de lo que acaba de ocurrir en el Perú.
Ejemplos hay en todas partes. Hitler llegó al poder por elección popular.
Franco y Pinochet, aunque sanguinarios, han sido héroes para por lo menos la
mitad de sus pueblos. La gran sorpresa posterior a la caída de algunos tiranos
feroces – Perón, Odría, Pérez Jiménez, Rojas Pinilla- fue la nostalgia de
ellos que llegó a provocar la aglutinación de enormes masas de desposeídos
que reivindicaban su retorno al poder.
Hace muy poco, un país hermano eligió su propio “hombre fuerte”, y ello
confirma que los autoritarismos en nuestra América no son cosa cosa de museo.
Están a la vuelta de la esquina esperando y su discurso es siempre el mismo. En
el momento de las crisis, aprovechan la generalizada desconfianza por las
tradicionales formas de la estructura jurídica del estado, particularmente en
países en que algunos políticos, arrastrados por la codicia y el desenfreno,
perdieron el aura moral que circundaba a sus partidos y su causa.
Se discute en España si la dictadura fue una ideología o una mentalidad.
Aplicada al Perú de hoy, esa pregunta tiene una respuesta inmediata: el
fujimorismo es una mentalidad, una creencia compartida por gobernantes y
gobernados de que no importan los métodos ni la ética de un gobierno con tal
que sea eficaz: “Oiga usted, necesitamos un general que nos haga caminar a
culatazos, un, dos, un, dos…”: es una especie de “cultura popular” la
que así lo dice.
El presidente que se tomaba fotos de pie sobre una pira de cadáveres o que
bailaba tecnocumbia para exponer sus “ideas” ¿puede ser considerado un ideólogo?…
Hasta el último momento, este hombre que huyó a Japón –pasando en zigzag
por Miami y Brunei- tenía algunas ideas erráticas y muy limitadas acerca de lo
que pretendía hacer con el país. Su accionar político fue siempre el
resultado de un acatamiento absoluto a las políticas neoliberales del Fondo
Monetario Internacional y de la aplicación terminante de los métodos de guerra
sucia, control absoluto, intervención telefónica, intriga, pandillaje,
soplonería, espionaje, tortura y suplicio sugeridos por una cúpula militar y
un tortuoso asesor.
Pero tenía éxito popular. Declarar que eludía impuestos porque no era un
“caído del guabo” le hizo ganar las elecciones frente a los dos peruanos más
universales del siglo XX. Hacer gala de su mano dura, de sus enterrados vivos y
de sus prisiones infernales le dio reputación de hombre firme. Hablar con
embarazo el castellano torturando a la gramática y reiterando simplezas del más
vulgar “sentido común” le dio un aspecto de un hombre del pueblo, sencillo,
candoroso, zafio y no-blanco que por fin les había arrebatado el poder a los
doctores y a los políticos tradicionales.
Cuando la corrupción fue tan evidente que no había cómo ocultarla y cuando se
hizo ostensible que los hombres vulgares, ignaros y simples no son
necesariamente honestos, tampoco bajaron sus “ratings”. Y eso no ocurrió
ayer. Data de comienzos del régimen la venta de la ropa de segunda mano
destinada a los pobres por parte de cacos de su más próxima familia así como
la multimillonaria compra de aviones Migs sobrevaluados a Bielorrusia. Pero la
“cultura popular” esparcida en las barriadas y en los taxis, se encargó de
justificarlo sotto voce porque “todos roban, amigo. Usted que fuera!. Lo
importante es que el Chino está trabajando.”
Sus atrocidades no solamente no fueron criticadas, sino más bien aplaudidas. El
gobierno no se cuidó demasiado de esconder su escuadrón de la muerte, los
estudiantes asesinados y quemados vivos , las mujeres violadas y torturadas, la
agente descuartizada, los miles de inocentes encarcelados, “juzgados” en una
hora y condenados a perpetuidad por unos aberrantes tribunales sin rostro.
De forma disimulada, el gobierno y la cúpula militar habían vendido la idea de
que todas esas barbaridades, o sea la guerra sucia, eran la única forma de
acabar con Sendero. Y la experiencia comprobó que eso era falso. Ahora todos
sabemos que no fueron los bien pagados carniceros- ametrallando restaurantes o
echando la puerta de una casa a medianoche para llevarse al dueño y
desaparecerlo- quienes capturaron al jefe terrorista, sino un grupo de policías
honestos e inteligentes que lograron todo ello sin disparar una bala.
El ahora fugitivo presidente revisó las cuentas de su predecesor y lo enjuició
por sus malos manejos económicos, pero ni siquiera tocó a la escuadra de
asesinos “Rodrigo Franco” que aquel había organizado puesto que ambos
coincidían en la ferocidad como única forma de establecer la paz social. Y
esta mentalidad carnicera, este amor a la muerte, es uno de los elementos
principales de la “cultura popular” que levantó y sostuvo a Fujimori en el
poder.
Otra lección lamentable de la historia que se está terminando es que nuestra
América padece todos los horrores de la globalización, pero ninguna de sus
ventajas una de las cuales podría ser su ideario democratizador. Según
documentos secretos de la inteligencia estadounidense –recién revelados-
Washington “tuvo información temprana y precisa sobre los excesos del poder
del régimen de Fujimori, sobre la forma en que Montesinos se adueñaba
paulatinamente del gobierno y sobre las vinculaciones de la administración con
el narcotráfico.
Y sin embargo, el más importante funcionario de la DEA, el llamado Zar
Antidrogas de los Estados Unidos se reunió en Lima con Montesinos y posó con
él para los fotógrafos en una de las rarísimas apariciones públicas del
tortuoso asesor.
¿Y ahora qué hacemos? Hay que apoyarnos en nuestras propias fuerzas para
emprender este tiempo nuevo. Hay que retornar a las instituciones democráticas,
pero apostando por su eficacia y no simplemente volviendo al pasado del pasado.
Hay que perseguir a los corrompidos. Hay que poner en libertad inmediata a los
inocentes. Hay que hacer una revolución en la educación para aplacar las
liviandades de una “cultura popular” demasiado complaciente y hay que
devolver al muladar los “periódicos” que la alimentan, y para ello bastará
con cortarles el subsidio publicitario con el que la dictadura los amamantó e
hizo sus instrumentos.
Pero no es todo. Las tiranías son populares porque la gente, azuzada por los
Fujimori o los Guzmán, cree que la violencia es la única forma de imponer el
orden. Hay que crear una cultura del amor y de la vida. Hay que recordar que el
hombre es el objetivo supremo de todos los contratos sociales. Como diría Erich
Fromm, la verdadera libertad y la independencia y el fin de todas las formas del
poder explotador son las condiciones para la movilización del amor a la vida,
única fuerza capaz de vencer el amor a la muerte.
(*) Catedrático en Oregon (USA) Se le puede escribir al e-mail:
{ HYPERLINK mailto:Gonzale@wou.edu }Gonzale@wou.edu
Los lectores del Perú están invitados a la presentación del
libro de González Viaña, “Los sueños de América”,
Editorial Alfaguara, 2000
Centro Cultural de España.- Lima.
12 de diciembre, 7 pm.
(*) Catedrático en Oregon, USA.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Los lectores están invitados a visitar su libro electrónico “El
Correo Invisible”:
Geocities.com/egonzalezviana