Y AUN TENGO LA VIDA...


Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com


En mi adolescencia, una de las canciones que más me emocionó, fue aquella que le escuché al músico español Joan Manuel Serrat y que terminaba diciendo: "porque soy como el árbol talado, que retoño, y aún tengo la vida". Cuando crecí e investigué un poco me encontré con que la letra era parte de un poema de ese gigante que se llamó Miguel Hernández, cuyos versos he leído (y leo todavía) cada vez que la existencia se convierte en ese absurdo intermedio entre nuestro primer berrido en la sala de partos y nuestro último suspiro que, con suerte, será en nuestra cama y sin ellas (ni la suerte ni la cama) en la UCI (unidad de cuidado intensivos) de alguna clínica de hielo y espanto.

Salvo algunas tardes amargas, casi siempre he amado la vida y me he maravillado con este mundo que, a pesar de todos los peros que sabemos, merecería haber sido creado por un dios, aunque sea con minúscula. Cuando veo la perfección de la naturaleza, la sincronía matemática de las moléculas y de los astros o las cumbres que alcanza la inteligencia humana, no dejo de sentir, a pesar de mi confesada incredulidad, que contiene algo de cierto aquello que dijo alguien cuyo nombre olvido: "si no existiera Dios, habría que inventarlo...".

Hoy estuve dictando clases a muchachas y muchachos de dieciséis años. ¡Cuánta juventud! ¡Cuánto entusiasmo! Marchan por la vida con la seguridad de ser eternos y con la arrogancia de quienes no han sufrido ninguna enfermedad, más allá de algún torpe resfrío o un vergonzoso sarampión adolescente. Tienen la risa a flor de piel. Son atrevidos, en la mejor acepción del término, y mantienen intactas sus capacidades de emoción y asombro.

Hace mucho, yo fui uno de ellos. Pensaba que tenía todo el tiempo del mundo y vivía con la desfachatez de los elegidos. La muerte no pasaba de ser una palabra vacía y podía darme le lujo de hacerme heridas, seguir jugando y llenarlas de tierra, para llegar a casa, tarde, y echarme un poco de agua oxigenada como toda cura. Hoy, si no me enjabono de inmediato, me rocío alcohol, me aplico algún medicamento y me coloco una venda, seguro que se me infecta, me da fiebre y me arriesgo a un cuadro agudo de septicemia...

Luego, llegó el frío. A mis quince años murió mi abuela paterna (la única, entre mis cuatro abuelos, que conocí) y a esas alturas empecé a formular en voz alta aquellas preguntas que rondan todos los cerebros infantiles pero que encuentran solución en cualquier mágica respuesta que nos brinde el amigo mayor, un libro de aventuras o los dibujos animados donde los malos siempre mueren y los buenos viven felices para siempre.

Claro, mi abuela nonagenaria era una venerable anciana y, aún en el imaginario juvenil, a los viejos (¡qué palabra tan torpe y tan mezquina!), por alguna razón, les ocurre eso que le llaman muerte. Sin embargo, la pena es distinta. Dejar de verlos duele, pero saber que sus huesos hallarán descanso y que "allá" se "encontrarán" con sus contemporáneos más queridos es un consuelo que permite justificarnos el acabamiento.

Los años corren. Ya en mi juventud, sufrí la muerte de mi padre. Entonces, ya no hubo dioses a quienes acudir, y mi lógica laica sólo podía mirar con espanto ese sin sentido de la vida. Un hombre lleno de inteligencia, cuya sabiduría me hacía cada día mejor y cuya honradez se elevaba sobre pequeños y miserables como una marea de dignidad que barría con las bajezas de la canalla; un hombre sólido; caía fulminado porque un músculo en el pecho se negó a seguir andando. Absurdo.

La vida se hizo sombra. Nada parecía tener importancia y la trascendencia se reducía a la mayor o menor suerte que unos pocos, voluntariamente públicos, lograban en libros y enciclopedias. Los silenciosos seres humanos que transitan por el mundo con la única evidencia de su honestidad, sólo gozan de la trascendencia que le otorgan sus hijos y sus discípulos, un brevísimo conjunto de personas que perenniza su acción y pocas veces su nombre.

¿Para qué vivir? Esa ha sido una de las grandes preguntas que me han perseguido. ¿Para qué ser bueno, para qué ser digno, para qué ser noble? ¿Para qué intentarlo?

No lo sé. Y sin embargo escribo estas líneas y desairo al imposible revolver que jamás compré. Inauguro y sostengo vínculos de afecto y solidaridad con otros seres humanos al otro lado del cable. Cuento mis historias, tan propias y tan comunes, y llego con mis sentimientos a decenas de hombres y mujeres que se formulan las mismas desesperantes preguntas. Y no estoy solo. Y no estás solo. Anochece en oriente y en occidente el sol muestra sus alas, porque ninguna noche es completa, porque ninguna oscuridad es definitiva, porque alguien muere esta tarde para que la vida de otro, de quien nunca sabrá nada, sea mejor mañana.

A lo mejor ese es el secreto. No es mirándonos como seres individuales que encontraremos sentido a esta manía de llenarnos los pulmones de aire y la boca de alimentos. Sólo como parte de un todo, como causa y consecuencia de una cadena infinita, como miembros de una comunidad de prójimos próximos (al decir de Benedetti), hallaremos un motivo.

Me gusta vivir, me emociona despertar cada día y reconocerme sujeto único e irrepetible; pero sólo comprendiéndome como uno más de los personajes en el drama de la humanidad, puedo aceptar el beso irrevocable de la muerte, como un acto más que termina, necesariamente, para renovar el infinito y deslumbrante escenario de la existencia.

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