Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
A veces, depender de la prosa, supone quedarse con ella a solas, y con
esas mañanas de lunes que le traen a éste espectador acérrimo grandes cúmulos
de ojeras bien maduras. Mirar, sereno, el transcurrir de esta vida, irónica
y rápida, entre seres competitivos dependientes de su saldo.
Aquí
aguantamos, con la cabeza postrada frente al folio; ese folio blanco vértigo
por donde se nos asoma la prosa y se nos vierte algunas veces. En esta
isla menuda, individual, rotundamente íntima, donde la sangre repercute
en el latido de las sienes, por cortos párrafos.
Permanecemos quietos, a la expectativa del instante, sabuesos del minuto
que acaece, para extraer de él la esencia que lo adorna. En primera línea
de vida, muy próximos a cualquier acontecer, confundiéndonos a veces con
la extrema convulsión de que está abrigada la existencia.
Noches en vela, al pie de silencios sobrecogedores, buscando una y mil
veces el asilo de la página. Esa patria modesta, oculta, frágil, que nos
sirve de apoyo para caminar por tanta realidad espeluznante. Noches de
insomnio, entrecomilladas con café y tabaco, para buscar en su pecho
profundo las justas letras de un himno que nos calme. Noches amplias,
largas, cómplices, que nos traen esa soledad en relieve que solemos tener
de compañera.
Tiene
el escribir un mucho de aventura idílica, acaso religiosa, que transporta
al osado hasta las galerías de la memoria. Esa memoria aún dormida,
hilvanada a la infancia, que tiene un sabor a clorofila de sueños donde
está vetado el paso a lo incontaminado. Esa memoria común, donde la utopía
es un alborear necesario y el poema oportuno inaugura el primer hontanar
que será sendero de la sangre. Este escribir, de loca aventura, que a la
vez que nos va deshilachando la edad en el desgaste, nos va finalizando
con esa esencia última donde tendrá lugar nuestro seguro final
mancomunado.
Pupila
y muñeca, ocultos tras una coraza irónica, que es parapeto necesario
para que nadie nos mal logre nuestra fina piel de escalofrío. Pupila y muñeca,
adheridos al paisaje más íntimo, que luego convertiremos en un intento
de poema a contra luz.
A
veces, depender de la prosa, supone estar a expensas de que nos asista.
Significa esperarla en el parque del instante, tras convocar una cita a
ciegas de la que no tenemos la mínima certeza. A veces, depender de la
prosa, es pernoctar en el hostal de la modestia, acurrucarse entre las
briznas con que están adornados los instantes, y estar dispuestos, tras
tanta osadía, a pagar nuestra cara diferencia...