Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
“Odio a Beethoven. Ese sordo diabólico ha
trastornado la música, ha corrompido el gusto, ha convertido en clásico lo
superfluo, nos ha vendido parámetros falsos para apreciar el arte, se ha
vengado en nosotros de su maldita sordera y, si no quemamos todas sus
partituras, vamos a escucharlas en los violines de los ángeles el día del
Juicio Final.”
No lo digo yo. Se lo escuché a comienzos de los años 70 en Lima a Félix
Puescas, un piurano que, al parecer, había consagrado los mejores años de su
vida a un odio sistemático contra el autor de la Quinta Sinfonía. No hubo
conversación entre nosotros en la que no transitara de alguna forma o de
otra el nombre aborrecido. Así habláramos de temas tan lejanos a la música
como la política, la jardinería o el ajedrez, había siempre un espacio por
donde se colaba el infame. “No te olvides que las ejecuciones y las peores
novelas han sido hechas a los acordes de la Quinta.”
Lo curioso es que Félix no era músico sino pintor, si denominamos así a los
artistas que amplían fotos y las pintan.
Aquello le daba exactamente para vivir, y vivir para él significaba persistir
hasta la muerte en la inquina contra el supuesto genio maldito. Su otra ocupación
era llenar con letra bien dibujada y tinta Carter las páginas de decenas de
gruesos cuadernos que contenían pensamientos, comentarios de música y una
novela inconclusa. No estaban destinados a la publicación sino a una lectura
interminable frente a amigos que lo escuchábamos en una mesa paciente del café
“Versailles”.
Félix podía tener entonces igual 28 que 80 años. La suya era una de esas
cabezas mochicas sin edad, ni señales que pudieran revelarla. Era ascético; sólo
se alimentaba con un café que no parecía concluir jamás. Era célibe, pero
andaba de arriba a abajo con una descomunal rubia argentina. Era piurano. Era
melómano. Era lector de Gurdjeff. Era un novelista secreto. Era apolítico.
Usaba un saco verde, de botánica. Posiblemente, era espiritista, pero por sobre
todas las cosas, era un enemigo de Beethoven. Hará 15 años de su muerte.
El recuerdo me lleva ahora hacia el más joven del grupo que escuchaba a
Puescas, un muchacho proveniente de Chulucanas llamado Miguel Ángel Zapata.
Tendría 17 o 18 años, estudiaba en San Marcos y andaba provisto de una libreta
negra en la que apuntaba las frases más sobresalientes de Puescas.
Prefería no intervenir en las discusiones hasta que lo hubiera hecho su
maestro, y cuando éste había hablado, se limitaba a hacer un gesto de
asentimiento con la cabeza o ensayar una guiño inteligente con el ojo derecho.
Sin embargo, sus ímpetus juveniles lo hicieron proponernos en cierta ocasión
que asaltáramos una tienda de música y prendiéramos fuego a los discos de
LVB. Las excusas que todos dimos de inmediato me revelaron que nadie compartía
el antibeethovenismo de Félix, y que posiblemente todos, excepto el joven discípulo,
lo escuchábamos por algo parecido a la curiosidad literaria. En todo caso, la
respuesta de Félix a su joven seguidor fue sentenciosa: “No te preocupes, un
día volverá a la nada. Como el desierto.”
Lo recuerdo porque hace poco me volví a encontrar con él en la universidad de
El Paso, Texas, adonde yo había acudido para dar unas charlas. Miguel Ángel es
catedrático allí y en los años que no nos hemos visto ha hecho muchas cosas,
entre otras una monumental “Nueva poesía latinoamericana” con los sellos de
la Universidad Autónoma de México y del Universidad Veracruzana.
Además de publicar seis libros de poesía y cinco de crítica literaria, ha
dado que hablar a Alvaro Mutis quien señala que la suya “es una poesía
profundamente personal que se mueve en un mundo autónomo en extremo rico en
posibilidades y en imaginación, un rigor y una continuidad en su trabajo poético
que no son comunes en nuestro continente.” Por su parte, Antonio Cisneros lo
considera “una de las voces literarias más importantes de la nueva poesía
latinoamericana.”
“Supongo que ahora ya no querrás prender fuego a los discos de Beethoven”-
le dije bromeando a Miguel Angel en el aeropuerto de El Paso adonde
generosamente había ido a recibirme, pero pareció no haberme escuchado. Repetí
la frase y me contestó con una sonrisa de compromiso como si ignorara a lo que
me refería, o como si no supiera quién era Beethoven.
Entonces, preferí no tocar el tema durante los cuatro días de mi permanencia
en la universidad. De todas maneras, en las tardes cuando un sol rojo se metía
en los cerros y en los cactus del gran desierto tejano, recordaba la frase de Félix
y me parecía una coincidencia algo extraña que Miguel Ángel hubiera terminado
justamente por vivir en el desolado yermo.
El desierto tenía que ver con la inminente desaparición de Beethoven, pero
también con una novela que secretamente había ido creciendo en los cuadernos
de Puescas. Era la novela de su vida. Discurría en un pueblo cerca a Sechura,
que era periódicamente tragado por la arena.
Johann Sebastian Baca, el protagonista, llegaba con su familia a fundarlo y,
entre otras hazañas suyas, se peleaba con un león y lo vendía a un circo para
financiar la escuela, pero cuando estaba terminando de edificar la
municipalidad, el pueblo era borrado por el desierto. Le escuché unos 15 capítulos
al final de los cuales, casi siempre, “unos monstruos de arena comenzaron a
juntarse en el viento. Una hora más tarde, ya no existíamos. No nos acordábamos
siquiera que habíamos existido.”
Ahora, en El Paso, se me ocurría pensar que tal vez Beethoven y su música se
habían evaporado, y por eso era que Zapata no recordaba, o quizás el propio
Puescas se le había ido de la memoria.
El tercer día, mi charla fue en la sala del famoso hotel “Real”, un
suntuoso edificio de fines del siglo XIX donde Miguel me iba a preceder con la
lectura de algunos poemas suyos. A la entrada, me sorprendió una fotografía de
Pancho Villa a cuerpo entero. Debajo, una leyenda contaba que el famoso bandido
solía visitar el hotel y citaba una frase suya: “Morderá el polvo y la nada,
quien me enfrente.”
Cuando Zapata leía sus poemas, recordé la frase de Julio Ortega sobre ellos:
“una poesía que se expande como un registro emocional inmediato”. Esa
frase, que antes no había comprendido del todo, me explicaba bien lo que estaba
escuchando:
“Las palabras son islas en el mar de la nada/ La nada es también una isla en
la desconocido/ La música ha dejado de existir/ Tal vez nunca existió/ Nada.
Tan sólo existes en medio de la nada…”
La poesía de Zapata parecía en efecto expandirse para nadificar el mundo. Tuve
la impresión de que, por eso, Beethoven ya no habitaba su memoria; el planeta
entero se había disuelto y el poeta había ido a vivir en el desierto. Luego de
la cena y conferencia, no hubo fondo musical alguno. No lo hubo tampoco en el
aeropuerto donde fui apresuradamente al día siguiente, acortando en un día mi
permanencia.
Nada, si siquiera esas melodías de ascensor y de aeropuerto. Nada sino un
silencio absoluto que solo podía ser el de la nada llegando hasta nosotros. Se
me ocurrió que el viento corría como un conejo asustado. Desde la ventanilla
del avión, la ciudad de El Paso, y todo el planeta, desaparecían
constantemente de mi vista. No me despedí de Zapata. Tan solo le dejé una
tarjeta y ahora le escribo este correo para saber si se acuerda de Beethoven o
de Félix Puescas.
(*) Se le puede escribir al e-mail Gonzale@wou.edu
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