Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Un viejo pasodoble llamado “El beso en
España” disuade a los turistas románticos de viajar a la Madre Patria cuando
señala lo difícil que resulta obtener allí un beso y advierte que: “la española
cuando besa es que besa de verdad. Le puede usted dar un beso de hermano, o
puede usted besarla en la mano. Así la besará cuando quiera. Pero un beso de
amor no se lo dan a cualquiera…”
En los Estados Unidos, el problema ha sido generalmente mayor. Incluso,los besos
amicales de saludo que solemos darnos entre hombres y mujeres en América del
Sur y Europa podrían tener aquí repercusiones no esperadas. Las rígidas
tradiciones puritanas perduran escondidas bajo la capa de la modernidad, y si
bien son impotentes para evitar los besos y las escenas de alcoba de Hollywood,
impiden, prohiben y condenan que cualquier hijo de vecino y su novia o esposa se
besen en público.
Y, sin embargo, no cualquier hijo de vecino, sino el propio Vicepresidente de
los Estados Unidos, ante los ojos de millones de televidentes, ha dado un paso
adelante que de inmediato ha comenzado a cambiar la historia y las costumbres de
este país. Al paso adelante, se sumaron en la última convención demócrata,
una inclinación de 90 grados y un largo y apasionado beso en la boca de su
esposa Tipper.
Una “locura” como esa podría haberse esperado de algunos otros políticos,
incluido por supuesto el caballero a quien aspira suceder, pero no de Al Gore,
un hombre de apariencia rígida que siempre ha usado sacos cruzados de color
azul marino y propiedades ortopédicas al igual que unos zapatos negros de
charol con los que juega al golf y duerme por las noches.
Es más, como táctica para distanciarse de la imagen de mujeriego de su
predecesor, Gore había designado como su compañero de fórmula a Joseph
Lieberman, una persona conocida por sus sólidas convicciones religiosas y por
su disconformidad con las escenas de sexo en la televisión.
El Beso –aquel beso- tuvo inmediatas y tremendas repercusiones en todo el país.
Robert Novak y algunos comentaristas conservadores lo calificaron de
‘disgusting” y grosero. Otros lo consideraron “cínico” y, por su parte
Matt Lauer, cándido periodista de NBC, le preguntó si estaba tratando de
enviar un mensaje a alguien –los votantes, por supuesto.
-Por supuesto. Estoy tratando de enviarle un mensaje a Tipper-respondió el
candidato de los demócratas a la presidencia de los Estados Unidos.
Y claro, los espectadores de la campaña electoral no tuvimos otra opción que
creerle puesto que solamente que Gore sabe lo que quiso decir con ese beso…Y
únicamente Tipper sabe si lo dijo.
Todo parecería haber terminado allí, y sin embargo El Beso está a punto de
cambiar la historia de Norteamérica, o ya ha comenzado a transformarla, y ya se
puede hablar de una era antes del Beso y otra posterior. AB, usemos esta fórmula,
George Bush aventajaba a Gore en las encuestas por más de 17 puntos, una
distancia que muchos creían insuperable. Y sin embargo, DB, la situación
comenzó a cambiar.
Nada más, inmediatamente, a unas horas del Beso, miles de mujeres comenzaron a
llamar al teléfono de Rush Limbaugh, conductor del más sintonizado talk
show” para decir que la muestra de afecto les había dado una nueva imagen del
vicepresidente. Ahora parecía más humano, más confiable y más real. Y por
supuesto, iban a votar por él en noviembre.
A sólo 7 semanas de las elecciones, el besador más conocido del planeta sigue
a la cabeza de las encuestas, ahora con 7 puntos porcentuales, mientras que sus
contendores han tenido que recurrir a un jueguito sucio que fue inmediatamente
detectado en sus comerciales televisados, la sobreimpresión por unos segundos
de la palabra “Ratas” sobre el rostro del candidato demócrata. Bush y sus
amigos se baten ahora en retirada incluso en estados que suelen votar por el
partido republicano como Florida y otros.
Un periodista europeo me decía ayer por teléfono que ya no gusta mucho de ser
llamado “observador político” en Estados Unidos toda vez que, en las
presentes circunstancias, “observador” puede significar “voyeur”. Por mi
parte, acabo de declinar cortésmente una invitación a un show televisado por
temor a que la conductora del programa de decida a darme un beso en público.
-No, gracias, le he dicho. No quiero llegar a ser presidente de los Estados
Unidos. Es una tarea muy aventurada.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana