Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Supere a nuestro mundo en caos.
El orden de nuestra palabra
firme para que se nos abra
la hora a más luz. Expresaos.”
Jorge Guillén.
LA ORATORIA POLITICA DEBE VOLVER POR SUS FUEROS
En una ocasión hablaron en las Cortes, el mismo día Miguel de Unamuno,
José Ortega y Gasset, Indalecio Prieto y Manuel Azaña. Uno de los más
respetados diarios -”órganos de prensa”, como se les llamaba- de la
época, El Sol, dio cuenta de la sesión de Cortes donde se habían
pronunciado los discursos indicados con un titular, en grandes letras, que
rezaba: Tarde de ases.
Bien, aunque los españoles poco amigos de retóricas no pudieron negar la
alta calidad de lo que llamaron “justas oratorias”, sintieron, de
todos modos, cierta incomodidad por lo que consideraban excesiva
importancia otorgada a “discursos”, aun siendo éstos sólidos, bien
repletos de ideas y perfectamente trabados. Parecía como si los
discursos, la oratoria, y, en general, la “retórica” fuesen algo así
como obstáculos para el progreso. El hablar, incluyendo el buen hablar,
parecía ser un modo de evitar actuar o hacer.
Aunque lo último ocurre algunas veces, no es absolutamente indispensable.
Y, como reza el título de un filósofo contemporáneo nada retórico, se
“puede hacer algo con palabras”.
Superados los temores que he reseñado, se ha ido viendo que la oratoria
cumple una función política importante. Desde Pericles hasta Winston
Churchill, pasando por Emilio Castelar, la oratoria -la buena oratoria- ha
marcado momentos decisivos en la historia de los pueblos. No hay razón
por la que una “tarde de ases” haya de ser considerada como una mera
“justa”, o por lo que un buen discurso haya de ser equiparado (salvo
metafóricamente) con una buena “faena”. En los momentos actuales, y
gracias a la influencia de los medios de comunicación de masas, la
oratoria política ha de volver por sus fueros. No basta embutir un
discurso político con cifras o con tesis; es menester asimismo que haya
en él algo que se encuentra en las más distinguidas piezas oratorias de
todos los tiempos: claridad, elegancia, capacidad de persuasión.
La oratoria -la buena- como la retórica -la buena- no es ( o no es
siempre, o necesariamente) el modo cómo en los países considerados, con
razón o, como sucede hartas veces, sin ella, “retrógrados”, los políticos
tratan de esquivar problemas “reales”: es una manera perfectamente legítima,
de dirigirse a los ciudadanos para persuadirles o convencerles de que tal
o cual doctrina o tal cual medida son las más deseables. Ni que decir
tiene que la buena oratoria son incompatibles con argumentos defectuosos,
datos falsos y, sobre todo, puros alaridos viscerales.
El buen orador no es el que levanta pasiones incontrolables a base de
halagar instintos; es simplemente el que usa un instrumento muy noble y
delicado -el lenguaje- para destacar los aspectos más favorables de la
idea que se ha propuesto defender. Con ello, por supuesto, lleva agua a su
molino, pero esto es perfectamente aceptable dentro de las reglas del
juego. La buena oratoria y la buena retórica, además, contribuyen al
desarrollo y esplendor del lenguaje, que es uno de los más preciados
bienes de una comunidad.
Hay cosas que no pueden ser buenas en ningún sentido: no hay “buenos crímenes”
o “buenos atropellos”. Hay otras que no pueden ser en ningún sentido
malas: no hay “malos actos justos” y, como San Agustín diría, no hay
“amor malo”: “ama”, dijo el teólogo, “y haz lo que quieras”.
Muchas cosas pueden ser malas o buenas: la oratoria y la retórica son
ejemplos de ellas. No estaría del todo mal que algún día un diario
pudiera reseñar una sesión de las Cortes, usando aquel título de antaño:
Tarde de ases.
Francisco Arias Solis
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