Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Esta tarde estaré caminando con Juan
Vicente Requejo.
A pesar de que él no ha venido a Oregon, ni yo me encuentro en el norte del Perú,
pasearemos por la colina que hay cerca de mi universidad y arribaremos a un
pequeño cementerio que alzaron para dormir en él, hace más de un siglo, los
pioneros de este pueblo del Lejano Oeste.
Con Juan, hemos compartido muchas cosas en la vida, y por eso es posible que
cuando nos encontremos en la otra orilla nos preguntaremos si no ha sido una
broma de alguien de arriba hacer que, por ejemplo, naciéramos el 12 y el 13 del
mismo mes, y eso hiciera que nos encontráramos de formas casi siempre casuales
y celebráramos juntos nuestro cumpleaños en Sullana, Trujillo y Lima, y en
lugares tan distantes como Caracas, Madrid, París y Londres.
Estudiamos juntos en la universidad de Trujillo Literatura y Derecho y, un poco
después convertidos en doctores, haríamos de catedráticos en la universidad
de Cajamarca. Me parece que fue en esos años cuando, en vista de que su padre
ya había fallecido, me rogó que lo acompañara a pedir la mano de Nena Burméster.
Creo que no lo hacía tan sólo por la cercanía de nuestra amistad sino porque,
en aquella época, se me había dado por usar ternos cruzados y corbatas paradójicas,
y seguro que no encontraba a nadie que pudiera asumir con facilidad un papel tan
serio.
En esos días de estudiantes, cuando quería que Vicente se emocionara o me
invitara un café, me bastaba con repetir de memoria alguna frase de Menéndez y
Pelayo: “España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de
herejes, luz de Trento y espada de Roma, cuna de San Ignacio...ésa es nuestra
grandeza y nuestra unidad.”. Como hijo de gallego, que nunca había visto la
patria lejana, esas frases lo tornaban súbitamente en un fanático de España,
presto a ofrecer lo que se le pidiera.
Le hice muchas bromas, y ahora no sé si me arrepiento de ellas. Juan Vicente
Requejo figura unas 12 veces como el nombre de algunos de mis personajes en mis
relatos, y es por ejemplo un brujo, rival del “Tuno” en mi libro
supuestamente testimonial “Habla,Sampedro”. Pero creo que la mayor de todas
no la planeé yo, ni tampoco Julio Ortega que integraba conmigo el jurado de un
concurso de relato. La perpetró la intolerancia.
Era la época del gobierno militar revolucionario, y el general-Jefe de un
“Instituto Nacional de la Administración Pública” me solicitó que
presidiera el jurado de un evento en el que iban a participar los trabajadores
de los entes públicos y que consistía en escribir relatos sobre sus centros de
trabajo.
“Queremos que ustedes premien no tan sólo los que estén bien escritos, sino
los que más cuestionen a nuestra administración revolucionaria. La crítica de
ellos será nuestra autocrítica.”
Requejo, que laboraba en el sistema de “Movilización Social”, ganó el
primer premio. El segundo se lo llevó Eduardo Ruiz Robles, trabajador civil de
Relaciones Exteriores. El tercero lo obtuvo un empleado del Ministerio de
Educación. Los montos iban desde el equivalente de 20 mil dólares hasta el de
5 mil. Al día siguiente, en una emocionante ceremonia, recibieron los
premios pecuniarios. Los relatos fueron publicados el domingo en el diario
“Correo” por Julio, que laboraba allí. El lunes, los tres ganadores fueron
despedidos de su empleo.
Claro que suena, pero no es broma. Ocurre, sencillamente, que por nuestro lugar
de nacimiento y por nuestra generación, nos ha tocado vivir y conocer la
arbitrariedad, el cesarismo, la esperanza, la odisea, el absurdo, toda la
enormidad del destino de la patria. En un país ordenado, como aquél en el que
ahora vivo, un académico es solamente un académico, y su paso por la vida
suele producir equilibradas lecciones de verdad y de moral que las más de las
veces están restringidas a un campus. Nacido en un lugar más indócil del
planeta, Juan Vicente Requejo, fue catedrático en Pekín y profesor principal
durante más de 10 años en la Universidad de Lima, pero también montó en
Rocinante y embistió contra molinos de viento en su rebelde actividad como
periodista, autor de varios libros, ecuánime magistrado y abogado puesto al
servicio de las mejores causas.
Para mí, es el gran amigo que llega esta tarde al pueblo de Oregon donde vivo
para recordarme que el espíritu suele usar diez dedos y cuatro extremidades, y
un rostro y un cuerpo que flota en el aire y camina por el mundo y conoce el día
y la noche, ls estrellas, el amor, el trabajo, la gloria, la adversidad hasta
que se convence de que es sólo una metáfora de la pura luz que realmente es y
que estará ardiendo ayer, hoy y mañana en este mundo que no tiene fin. De un
momento a otro, lo supo ayer Juan Vicente. Hoy lo sepultan en Sullana, el pueblo
donde nació, muy cerca de la línea ecuatorial. Aquí, en el norte del norte
del mundo, mientras camina conmigo, le hablaré de otras cosas, le haré algunas
bromas para que no recuerde.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana