CASTILLOS EN RUINAS


Por : Orosio Charco
orosio@ole.com


Resulta que en España existe una ingente cantidad de monumentos que por su enorme valor artístico convendría restaurar por aquello de guardar las formas. Tan solo en número de castillos por centímetro cuadrado superamos con creces a Alemania, Francia o cualquier otro país europeo. Pues bien, la mayoría de ellos (en un más que elevado porcentaje) están en ruinas.

Los pocos que han sido restaurados se han convertido en parador y los que no lo han hecho han pasado a ser verdaderos fantasmas o espectros supervivientes de los paisajes de nuestras grandes mesetas españolas. Nada de ello hubiera ocurrido si alguien mínimamente inteligente se hubiera preocupado por su conservación.

De todo esto se extrae que el patrimonio de todos importa poco. Podrán apuntar que se han llevado a cabo restauraciones importantes en las magníficas catedrales españolas o que incluso se han invertido grandes sumas de dinero en reparar nuestros monasterios más señeros. Faltaba más. Estos casos no se pueden comparar con el ejemplo que les expongo, el de los castillos. Vamos, ni de lejos. En un viaje por tierras del interior alicantino me aventuré a recorrer la magnífica ruta de los castillos del Valle de Laguart, el Valle de Ebo y el Valle de Gallinera por indicaciones de la Oficina de Turismo, evidentemente. Pues bien. Resulta que tan sólo el de Lorxa o el de Perputxent se hayan en pie (en ruinas pero en pie) y perfectamente abandonados a su suerte. Sirven de nidos de águilas y otras rapaces que buscan su hábitat en el refugio que les proporcionan los restos de sus, antaño, adustas paredes. Por si no conocen la historia de este valle les diré que en plena era moderna sobrevivían en estas tierras un gran número de moriscos que luchaban por sobrevivir en una España adversa y contraria que pugnaba por arrojarlos de sus tierras.

Estos moriscos se hacinaban en numerosos castillos y fortalezas de estos valles con la sana y única intención de sobrevivir. Pues bien, los castillos se fueron con ellos poco después de su expulsión allá por el año 1609 cuando a Felipe III se le ocurrió echarlos del país. Ahora no queda nada, ni de ellos, ni de su cultura, ni de sus castillos. Lamentable. Pues así resulta con todo.