Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Hay una buena razón para escribirles esta
cartas desde Salem, y es que a veces me paso más de una semana sin hablar otro
castellano que el que uso en mis clases sobre novela latinoamericana o el que me
escucho cuando canto a solas, o cuando prendo la radio hispana mientras conduzco
en la tarde los 25 kilómetros de pinos y de recuerdos que separan la
universidad de mi casa.
EL locutor ha dejado de gritar por un momento, y para descansar - como es usual-
pone una tanda de corridos que me van a acompañar todo el camino. El mundo se
desvanece entonces, y una voz o un rebaño de palabras se desparraman sobre los
montes de Oregon y me devuelven el don secreto de hablar en español. Las más
de las veces no presto atención a lo que cuentan las canciones pero me basta su
sonido para volver al tiempo en que aprendí a decir mamá y papá, mar y
candela, rayo y bosque, amor y amparo, y luego a la época en que las frases se
armaron solas, y casa, puerta, luna invisible, gracia, extensa se convirtieron
en la puerta invisible de la casa del sueño por donde vaga la extensa Luna
mientras me ilumina la gracia de hablar un idioma que tiene gracia por la gracia
de Dios.
Se me han ido corriendo las palabras, y podría haber perdido el control de mi
carro pero eso felizmente no ocurrió, y ahora para que no se me vaya de las
manos el artículo debo decirles que es un homenaje al idioma con ocasión de
ser ésta la semana en que se conmemora a Cervantes. Es bueno anotar, desde
ahora, que el idioma oral y la literatura llegaron de la mano el mismo día al
Nuevo Mundo pues la primera palabra que aquí resonara -¡¡¡Tierra, tierra!!!-
fue seguida esa misma noche, en la cabina de la nave capitana, por el diario del
Almirante, un documento en el que los hechos reales son menos importantes que
las palabras y la imaginación de un escritor desaforado que ha surcado toda la
Mar Océana y que -en busca del ritmo de la prosa- describe las islas del Caribe
como si fueran las del Asia, identifica esta tierra con aquella de donde
llegaban los tesoros del rey Salomón, quiere enviar una embajada ante el Gran
Khan y esta dispuesto a escalar las montañas del Paraíso Terrenal.
Se nos cuenta que el castellano hablado de entonces tenía un sistema de
consonantes distinto del actual, pero en vez de describirlo, me importa recordar
que la primera gramática de la lengua, la de Nebrija, aparecerá tan sólo unos
días después de que la última caravela hubo partido del Puerto de Palos de
Moguer, y quizás la siguió como una nave fantasma por toda la Mar Tenebrosa
hasta llegar a la tierra donde se produciría la más formidable inundación de
palabras que se haya dado en la historia, un fenómeno tan sólo comparable al
que ocurriera cuando alguien abrió la misteriosa caja de Pandora, y todos los
males y los bienes se desparramaron por el mundo.
"España" significa "tierra de conejos", y ese nombre le fue
dado, en el idioma cartaginés, por sus descubridores de ese origen. El
gentilicio que corresponde a sus habitantes normalmente sería el de "españuelos",
pero se salvaron de ese nombre gracias a los vecinos occitanos del sur francés
que inventaron la palabra "espagnol" o "español" . Pero lo
que ellos trajeron no fue un idioma que perteneciera únicamente a esa tierra de
conejos sino que había sido el producto de guerras y pasiones que durante más
de un milenio habían convocado sobre la península a fenicios, griegos,
romanos, celtas, suevos, árabes y a todas las razas fantásticas del planeta.
Esa es la razón por la cual Barcelona viene de Amilcar Barca, Zaragoza de César
Augusto, Guadalajara y Guadalupe significan en mozárabe Río de las Piedras y
Rio del Lobo, y los mexicanos no saben que cuando llaman a Lupita hablan con
Lobita o Lobezna ni la mayoría de nosotros sabemos que al decir "Ojalá"
estamos pronunciando, más que una palabra, toda una frase en árabe:
Quiera Dios: Oj-Alá.
Siempre he pensado que, en vez de no sé cuántos países con peligrosas
fronteras, hay en nuestra tierra dos Américas: la de las costas y la de las
montañas y mesetas. Lo primero que separa a la América de las alturas (Cusco,
México, Quito, La Paz, Bogotá, el Norte argentino) de aquella bañada por los
mares (Cartagena, La Habana, Veracruz, Puerto Rico, Lima, Buenos Aires) son dos
sonidos, el de la erre que raspa, rueda y se descarrila en las sierras y en la
cashne del cashnero goshdo, y el de la elle que se produce de forma inimitable
en las alturas y que transforma la calle en caye y en cae en las más de estas
ciudades cercanas al mar, o que hace asolearnos en alguna placha amaricha próxima
al Buenos Aires.
Como diría Vallejo, son cosas de españoles. Los castellanos, vecinos de una
tierra levantisca pero trágica y triste se aposentaron en las alturas andinas
tan parecidas a las de su tierra natal, y allí se quedaron a conservar el
idioma como quien apacienta sus ovejas. En cambio, los andaluces buscaron costas
calientes como las suyas, y allí nos han dejado el seseo, el ustedes, el yeísmo,
la desaparición de la "d" intervocálica en "ado" e
"ido" y la aspiración de la "r", y por eso Puerto Rico es
ahora Puetolico, telefoneado es telefoneao, y yo vivo es Estaos Unios y pienso
que tu amó mevamatá.
Desde 1493 hasta 1510, el 60 por ciento de los españoles en América eran
andaluces y el 90 por ciento de las mujeres eran andaluzas. Con la incontinencia
verbal de éstos y aquéllas, podemos suponer que bastaban 4 andaluzas para
andaluzar al continente.
Las lenguas indígenas hicieron su parte. Pese al exterminio de la mayor parte
de la población nativa que se produjera en los primeros diez años del
descubrimiento y la conquista, en ese mismo plazo el castellano era ya otro
idioma, y había atesorado casi tanta riqueza de léxico como la que había
ganado durante todos los siglos de la dominación musulmana. Por su parte, yorúbas,
caravelís y congos, los dioses vencidos llegados en cadenas desde el África le
imprimieron desde entonces a la lengua de las costas un ritmo y un misterio que
sólo cambiarán cuando se acabe el mundo.
Este es el castellano de América cuyas resonancias entraron también en el inglés
de entonces con el caimán, el jaguar y el chocolate, e incluso en la escena de
Shakespeare, cuyo Calibán debe su nombre a una alteración de Caníbal, y esta
palabra proviene de Calibe y de Caribe. Entre este castellano y el de España en
el siglo veinte hay una demarcación que marcan César Vallejo, Octavio Paz,
Pablo Neruda, García Márquez y Jorge Luis Borges, entre muchos otros. Una
alumna me preguntó ayer si en América latina hablamos mejor o peor que en España,
y yo recordé a Borges quien decía que:
"No he observado que los españoles hablaran mejor que nosotros. Hablan en
voz más alta, eso sí". Y según mis amigos de Lima, usuarios de la compañía
telefónica, hacen todo lo posible para que la gente se quede muda.
Ahora será mejor que deje el artículo porque los recuerdos se enredan con las
palabras, y estrella, colina, pinos, pajaros, noche, madera, esperanza, pereza,
calor, sueño, amor, vida, vino, papas, tomate y ensalada son ahora las señas
de un idioma maravillosos en el que inventaré que por fin he llegado a casa.
(*) Se le puede escribir al e-mail: Gonzale@wou.edu
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