EN EL CENTENARIO DE GUILLERMO DE TORRE


Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es


EN EL CENTENARIO DE
GUILLERMO DE TORRE
(1900-1971)


“Sin menoscabo de la admiración que en cuanto
creadores podamos tributarles: la inteligencia no
es precisamente el punto fuerte, la cualidad cimera
de los novelistas norteamericanos más notorios.
Guillermo de Torre.


LA VOZ ERUDITA 
DEL ARTE VANGUARDISTA

Guillermo de Torre se preocupa por los movimientos literarios; en lugar de hablar de figuras, prefiere hablar de generaciones; y, en general, cuando trata de acercarse seriamente a un tema acude siempre al “espíritu de la época”, que él gusta llamar “aire del tiempo” o incluso “Zeitgeist”, empleando una expresión que le es grata y que, por lo mismo, repite con frecuencia.
La importancia de Guillermo de Torre es capital en cuanto establece, después de la primera guerra mundial, el puente cultural entre la vanguardia europea (especialmente Francia e Italia) y los jóvenes escritores españoles, y luego entre la vanguardia española e Hispanoamérica. Su labor como promotor del vanguardismo no tiene igual en nuestras letras.

Su obra más representativa quizá sea Literaturas europeas de vanguardia, que constituye uno de los documentos más fieles y apasionantes de los movimientos literarios de aquellos “años veinte” que Guillermo de Torre vivió con absoluta entrega. 

El origen dadaísta de Guillermo de Torre se va incorporando a un ultraísmo consciente y plenamente vivido. El ultraísmo surgió en España en 1919. El 19 de febrero de tal año pudo leerse en algunos periódicos madrileños el ULTRA: Manifiesto a la juventud literaria. Lo firmaban Xavier Bóveda, César A. Comet, Guillermo de Torre, Fernando Iglesias Caballero, Pedro Garfias, Juan Rivas Panedas y José de Aroca. Y decía así: “Los que suscriben, jóvenes que empiezan a realizar su obra, y que por eso creen tener un valor pleno, de afirmación futura, de acuerdo con la orientación señalada por Cansinos-Asséns... proclaman la necesidad de un Ultraísmo para el que invocan la colaboración de toda la juventud literaria española... Nuestra literatura debe renovarse; debe lograr su ultra, y en nuestro credo cabrán todas las tendencias, sin distinción, con tal que expresen un anhelo nuevo”. 

Guillermo de Torre nace en 1900 en Madrid, en la misma casa que San Isidro. Estudió la carrera de Derecho. Quiso ser diplomático pero se lo impidió su sordera. Por lo que su vocación de Exteriores la volcó en la literatura vanguardista internacional. Se le ha definido como “el Menéndez Pelayo de la literatura de vanguardia”. En la revista Cosmópolis inició una serie de artículos sobre las literaturas “novísimas” que constituirían más tarde el eje de un libro crítico capital en su momento Literaturas europeas de vanguardia (1925). Dos años antes había publicado Hélices, libro de poemas que se inscribe perfectamente dentro del ultraísmo, con atisbos dadaístas. Como poeta, Guillermo de Torre, es un cultivador de la imagen y un experimentador de la tipografía poemática. Fue colaborador de las publicaciones Ultra, Revista de Occidente, Sur y El Sol, en 1927 fundó con Giménez Caballero La Gaceta Literaria, y en 1932, con Pedro Salinas, el Indice Literario. Adquiere cada vez mayor seguridad y elegancia de estilo en su residencia en la Argentina (1927-1932) entre experiencias de arte y conferencias en las urbes de Europa, y en especial desde 1937 en Buenos Aires, lugar de su trabajo y ediciones.
Fue catedrático de Literatura en la Universidad de Buenos Aires. Se casó con la pintora Norah Borges, y fue consejero de la editorial Losada, en la que dirigió la colección Poetas de España y América. Se quedó casi ciego como Borges, su cuñado. Hasta el último momento estuvo trabajando en nuevos proyectos literarios. Guillermo de Torre falleció en Buenos Aires, el 14 de enero de 1971.

Su Vida y arte de Picasso marca el fruto de su etapa de actividades en relación con la pintura.
Otro de sus mejores estudios es Menéndez Pelayo y las dos Españas. En este ensayo el erudito madrileño termina por proclamar, acertadamente, “la necesidad de integración”, con voz auténticamente emotiva.

La cadencia de su prosa incisiva y la erudición viva nos ofrecen la enorme calidad de un crítico de los mejores, en su serie de ensayos titulados La aventura y el orden. A tres autores españoles se refiere su Tríptico del sacrificio (1948); Unamuno, García Lorca y Antonio Machado. Tanto los recuerdos personales como los interesantes puntos de vista, o la parte llamada “aire polémico”, unen lo apasionado con la crítica serena del autor. Otras de sus obras magistrales es Guillaume Apollinaire: su vida, su obra, las teorías del cubismo, y también es capital su obra: La problemática de la literatura.

Muy interesante para los estudios de crítica son sus Claves de Literatura hispanoamericana (1959), y muy especialmente su libro El fiel de la balanza (1961), ensayos, en signos de “madurez y cosecha”, como el autor indica acertadamente. Plantea los motivos de la poesía o novela y teatro sociales, la llamada “literatura comprometida”; la erosión o, en la plástica, el “informalismo”. 

Sus últimos libros Minorías y masas en la cultura y el arte contemporáneo (1963), Historia de las literaturas de vanguardia (1965), Al pie de las letras (1967), La metamorfosis de Proteo (1967), Nueva direcciones de la crítica literaria (1970) y la recopilación Doctrina y crítica literaria (1970), acreditan lo ponderado, lo selecto, lo sereno de un crítico literario -modalidad intelectual tradicionalmente desdeñada entre nosotros-, que a su panorama universal de la erudición al día, junta la sensibilidad del poeta que siempre lleva dentro. Y como dijo nuestro vanguardista: “Mientras se esclarecen tantos misterios cósmicos, los misterios de la creación artística sigue sin revelársenos en su mayor parte”. 


Francisco Arias Solis
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