Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Ese paisaje se hiela menos sobre el espejo
que sobre las uñas de los muertos
que han de resucitar
con los dedos convertidos en flores
en flores de agonía y de salvación.”
Luis Buñuel.
LA VOZ DE UN SURREALISTA.
El surrealismo gozó durante un tiempo buena salud y aun cuando oportunamente comenzó a
flaquear, todavía se le atribuían secretas virtudes: cuando algo no quedaba del todo claro siempre
cabía alegar que no había por qué entenderlo. Buñuel se benefició a menudo de sus ribetes
surrealistas. Sin embargo, Buñuel es uno de los grandes cineastas de todos los tiempos, no por
haber insistentemente simbolizado la realidad, sino casi por lo contrario: por haber hecho tan
reales -tan cercanos, humanos, terrenales- los símbolos.
Luis Buñuel nace en Calanda, provincia de Teruel, el 22 de febrero de 1900. A los tres años, su
familia se instaló en Zaragoza y sólo en épocas de vacaciones residieron en Calanda, alternando
desde 1915 con estancias veraniegas en San Sebastián. Muy aficionado a la música, en estos
años aprendió a tocar el violín y el piano. Terminado el bachillerato, cursado en los jesuitas, el
joven Luis Buñuel marcha a Madrid para cursar la carrera de ingeniero agrónomo e ingresa en la
Residencia de Estudiantes. Buñuel cambia al poco tiempo de estudios, encaminándose hacia la
Ingeniería Industrial y posteriormente, allá por 1920, se decide cursar Ciencias Naturales. Un
año después, cuando sabe por Américo Castro que la carrera exigida para los lectorados de
español en las universidades extranjeras es Filosofía y Letras, inicia la rama de Historia, en la
que se licenciará en 1924. De este período cabe retener la dedicación de Buñuel al boxeo
amateur (campeón de España en 1921), sus actuaciones como actor teatral aficionado y, sobre
todo, su creciente interés hacia el cine, que fue uno de los polos de atracción cultural de la
“generación del 27”.
Muy pronto Buñuel se convierte en uno de los estudiantes más famosos de la Residencia.
Federico García Lorca, que llegará a la Residencia un año después que él, le solía repetir: “Tú
eres muy bruto”. ”Y era verdad”, nos decía Buñuel. “Y, sin embargo -añadía Buñuel-, a Federico
se lo debo todo. Es decir, sin él yo no habría sabido lo que era la poesía.” Dalí llega a la
Residencia tres años después de haber entrado Buñuel, pero pronto se convierten en grandes
amigos, no es ni mucho menos casual que su primera película, Un chien andalou (1929), fuera
escrita al alimón con Salvador Dalí. En 1925 Buñuel marchó a París. En 1926 dirigió en
Amsterdam una escenificación de El retablo de Maese Pedro, de Falla. Se integró en la
Académie de Cinéma, un taller de iniciación y práctica cinematográfica dirigido por el
realizador franco-polaco Jean Epstein, el nombre más relevante del cine de vanguardia francés
en aquellos años. De 1927 datan los primeros proyectos de realización cinematográfica de
Buñuel. Desde París, dirigió la sección de cine de la fundamental Gaceta Literaria
Hispanoamericana, publicación dirigida por Ernesto Giménez Caballero. De esta relación con
Giménez Caballero surgió el proyecto de organizar un cineclub en Madrid, que se crearía
efectivamente en el otoño de 1928 -el primero en España-, con el título de “Cineclub Español”.
Un chien andalou es un filme que se presta a continuas exégesis -tanto a nivel poético, simbólico
o psicoanalítico-. Al ser presentado en el Studio des Ursulines de París, los surrealistas la
aclamaron como una obra propia, con la alta aprobación de André Breton (Buñuel había asistido
a la proyección con guijarros en los bolsillos, para atacar -o defenderse de- a los espectadores
malevolentes, pero no hubo de usarlos). Un chien andalou determinó la adopción de Buñuel por
el grupo surrealista de París y ello facilitó la realización de su siguiente, L’Age d’or, que es tal
vez el filme más importante de su autor y de toda la producción cinematográfica surrealista.
Rafael Alberti nos contaba: “Después de Un perro andaluz y La edad de oro -las dos obras
maestras de un surrealista- saldría Luis Buñuel a Tierra sin pan, su magnífico documental sobre
la mísera región de las Hurdes”. La máxima figura del exilio cinematográfico español abandona
España en septiembre de 1936 en misión oficial, cuando su nombre gozaba ya de prestigio
mundial, no entre el gran público, sino entre las élites intelectuales. En 1949 Buñuel obtiene la
nacionalidad mexicana. Luis Buñuel fallece en México el 29 de julio de 1983.
En 1962 -el mismo año de la presentación de Viridiana- Buñuel manifiesta en una entrevista con
el crítico japonés Kenji Kanesaka, que las películas propias que más recomendaba eran El y
Nazarín (hasta entonces las más “interiores”), que Los Olvidados no es un documental y que el
cine es un medio maravilloso para expresar el mundo interno del creador. Buñuel sabía lo que
traía entre manos. Sabía que no siempre había podido, ni había logrado, hacer lo que hubiese
querido hacer. Que reproducir documentalmente la realidad y escapar simbólicamente de ella
son el anverso y reverso de la misma medalla. Que para entender la realidad humana no hay más
remedio que profundizar imaginativamente en ella, al modo de los grandes novelistas.
De todo ello se encuentran fuertes trazas en Los Olvidados, El, Nazarín y Viridiana, pero se
acusa vigorosamente sólo en El Angel exterminador (1962) y resplandece gloriosamente -o
crudamente- en las cuatro obras maestras que le sucedieron: Simón del desierto (1965), Belle de
Your (1967), La Vida Láctea (1969) y Tristana (1970).
Lo esencial para Buñuel es expresar por medio del cine una visión de la vida humana. Buñuel no
simboliza la realidad, y menos que nada la realidad humana, sino que en todo caso humaniza los
símbolos. Lo que escandaliza y asusta a los mojigatos, en las películas de Buñuel, es su
autenticidad, su independencia fabulosa, su pureza natural, luminosa y sombría, su salvaje
invención poética... Buñuel guardó fidelidad a dos cosas durante toda su vida: a la libertad y a
las vanguardias.
En los primeros intentos literarios de Luis Buñuel se nota la influencia del ultraísmo, y sobre
todo, de la literatura de Gómez de la Serna, una de las fuentes buñuelianas más claras. La
libertad metafórica de las greguerías de Ramón, su ingeniosa fantasía, su humorismo, la atención
que el escritor pone en el tratamiento de los objetos, que en sus textos cobran verdadera vida,
constituirán rasgos decisivos de lo que luego será el cine de Buñuel. Max Aub nos decía: ”La
greguería era y es una forma de no tomar la vida en serio. No se trata de
simbolismos; quien diga que el cine de Buñuel está lleno de símbolos no sabe lo que dice; si dijera que está lleno de
greguerías, estaría en lo cierto”.
Buñuel publica en las revistas Ultra y Horizonte, cuentos y poemas que no le satisfacen del todo.
Algunos de sus textos literarios posteriores son realmente valiosos, como la originalísima pieza
dramática Hamlet o sus poemas de Un perro andaluz, o sus interesantes trabajos
cinematográficos La duquesa de Alba y Goya e Ilegible, hijo de flauta, obra esta última
fundamental dentro del surrealismo español. En 1982 publica sus memorias Mi último suspiro,
obra de gran importancia sobre su actividad literaria y cinematográfica.
Buñuel, que siempre quiso ser escritor y que durante toda su vida envidiará el ligero equipaje de
la escritura frente al complejo tinglado material que conlleva el cine, abandonará la idea de ser
escritor a regañadientes, en parte por los enormes esfuerzos que paradójicamente le suponía la
creación literaria. “Hoy -escribía en 1980- yo puedo tener alguna importancia como cineasta,
pero hubiera dado todo a cambio de poder ser escritor. Es lo que realmente me hubiera gustado
ser”.
Francisco Arias Solis
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