Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Sentía los cuatro vientos
en la encrucijada
de su pensamiento.”
Antonio Machado.
LA GLORIA DEL PENSAMIENTO.
Las lagunas o “agujeros negros” que sobre todo, a partir de los
treinta años, nos hacen de pronto un nudo en la garganta, se producen
porque hemos dejado el cerebro en barbecho. Como cualquier músculo que no
se utiliza el cerebro de muchas personas que adolecen de rutina
intelectual, acaba atrofiado, dormido. El proceso suele ser típico y se
produce a menudo por simple desmotivación. Los que algunos denominan
“falta de moral”. En los momentos de estrés, depresión, ansiedad,
tristeza, nos aislamos de todo y dejamos de utilizar grandes zonas del
cerebro que, progresivamente, se van durmiendo, a veces hasta entrar en
una especie de letargo crónico.
Es un problema de dejadez. El cerebro es efectivamente un músculo, y como
todos los músculos hay que ejercitarlo. Sabedora de nuestra desidia, la
naturaleza dotó al más personal de los ordenadores de unas capacidades
enormes: ¡nada menos que 14.000 millones de neuronas! Y si bien perdemos
la escalofriante cifra de 100.000 neuronas al día, esa pérdida supone
apenas algo más de 1.800 millones de neuronas entre los 30 y los 80 años,
es decir, sólo el 13% del total.
Todos los individuos poseemos lo que se denomina una población de
neuronas base, que es la que utilizamos simplemente en nuestra vida
cotidiana. Hay otra segunda población que se va conformando poco a poco,
según el oficio o la actividad que se realiza. Finalmente, hay una
tercera “población neuronal” que varía de acuerdo con las
actividades que practicamos en nuestros momentos de ocio.
Esta triada de neuronas está prácticamente moldeada desde los 25 a los
30 años. El problema surge justo a partir de este momento; cuando creemos
que ya disponemos del bagaje suficiente para desenvolvernos en la vida y
nos instalamos cómodamente en lo que se conoce como la “respuesta autómata”.
A problemas similares damos la respuesta ya vivida y aprendida, sin
molestarnos en pensar para dar otra solución distinta.
Y sencillamente lo que ocurre con el tiempo es que el cerebro se
“endurece”, le falta entrenamiento y flexibilidad. ¿El remedio? Una
gimnasia adecuada que devuelva a ese músculo vital el tono y la capacidad
de respuesta de los mejores días.
Un individuo que reniega de utilizar el cerebro, no pierde su
inteligencia, la atrofia. Lo que pierde es la animación de su espíritu:
su conciencia.
“El hombre no es un animal racional”, afirma Merleau-Ponty. Exacto.
Porque no puede ser animal por más que quiera. Esta frase es ingeniosa y
veraz y nos encanta, no en vano, procede de una cabeza encantada del
pensamiento: Las palabras que mentirosamente nos desencantan son las de
las cabezas vacías o atrofiadas.
“Si al hombre se le quita su vanidad, ¿qué le queda?”, preguntaba
Goethe a su propia cabeza encantada. Le queda el amor a lo pasajero. Y
para quien el amor no es nada, la vanidad lo es todo. “¿Qué vanidad tu
pensamiento mueve?”, pregunta Lope, una de las cabezas más encantadas
de nuestra literatura.
La vanidad, ¿es un llenarse de vacío? Pues lo más profundo del hombre ,
¿no es su vanidad? El hombre, mientras más profundo, más vacío; más
vano. La muerte es lo más intelectual, exclusivamente más racional, de
todo. Por ello debe evitarse llegar a ciertos extremos. Porque parece
inevitable que llegando a ciertos extremos, para tener razón hay que
perderla. Ya nos advirtió el poeta: “La verdad del corazón / es una
verdad que tiene / miedo de tener razón”.
De ahí que no se debe tener más razón que la suficiente para no perder
la razón del pensamiento y para que éste no se duerma, pues como dijo el
poeta. “Si queda dormido el pensamiento / el alma que lo sueña le
parece / que está muerto de sueño”. ¡Bienaventurados los que siempre
tienen despierto su cerebro! ¡Bienaventurados los que piensan porque de
ellos será la gloria del pensamiento!
Francisco Arias Solis
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