DE LA CHACRA A LA MESA


Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com


No había ingresado todavía a la adolescencia, cuando las circunstancias me arrebataron del parque rebosante de amigos y juegos frente al cual estaba mi casa y llegué, casi sin quererlo, a la vieja casona que unas legendarias tías, empedernidamente solteras, dejaran como parte de una suculenta herencia que terminaría, años después, disuelta entre las decenas de herederos dilapidadores y empobrecidos.

Luego de una histórica mudanza (ya estaba en edad de reconocer lo faraónico de llevar algunos miles de libros de la biblioteca familiar, de un lado al otro de la ciudad, amén de los bártulos comunes a todos los hogares), terminamos habitando una construcción reparada a medias, gracias a la boda de la hija del contratista, que invirtió en bizcotelas y champán barato casi todo el dinero que mi padre, ingenuo y confiado en la honradez humana, le entregara semanas atrás para hacer habitable una casa que ya evidenciaba las inclemencias de los años.

En medio de tanto descalabro, hubo un descubrimiento que marcó mi solitaria adolescencia, distanciada de mi entorno cotidiano por la lejanía de mi nueva vivienda y mi condición de forastero en el barrio. Un inmenso jardín (que de tal sólo tenía el nombre aquel terral deshabitado) se abría ante mis ojos como una enorme tentación. Hacer de todo ese mar de desperdicios, desmonte y malahierba, un pequeño huerto familiar, se convirtió en una más de las obsesiones que han regido mi existencia.

La motivación inicial surgió de uno de los tantos relatos con que mi padre abonó mi imaginación infantil. Él contaba que esa casa la habitaron, en su mejor época, las tres tías solteronas y pudientes (Eva, Racha y Teté) e infinidad de sobrinos avenidos en medio de pobrezas y pellejerías. De las tres, Teté poseía ese don especial que la hacía la administradora del pequeño criadero de aves, y esa mano milagrosa que germinaba cuánta hortaliza, árbol o arbusto, sembrara en esas fértiles tierras. "Años atrás estas fueron chacras; grandes y prósperas haciendas...", agregaba mi padre, como añadiéndole valor a la tierra seca donde sólo sobrevivía, atemporal e infinita, una solemne higuera.

El trabajo fue arduo. Limpiar el terreno se convirtió en una fatigosa labor que desarrollaba en las tardes al volver del colegio o los fines de semana. Llevar de acá para allá el desmonte de la reciente reconstrucción, liberar el suelo de la basura que vecinos insulsos y malcriados arrojaran durante los meses que duraron las obras de reparación antes de nuestra llegada y, por último, quitar la maleza que brotaba espontánea e interminable a cada gota de agua, fueron la cuota de fastidio que hube de cancelar sin regateos ni reducciones.

Una vez limpio el terreno, empecé a escarbar y arar la tierra con un viejo y desvencijado pico que encontré abandonado por los albañiles, y una oxidada pala de construcción que me facilitó el inconfundible ingeniero Colmenares, antiguo y amable amigo de la familia, que jamás abandonaría San Miguel y cuyos perros eran famosos varias cuadras a la redonda.

La primera siembra, sin más asesoramiento que mi terquedad, algún consejo materno y las indicaciones del sobrecito de semillas, fue un desastre. Los vientos salinos (mi casa quedaba en el que fuera, medio siglo atrás, un socorrido malecón veraniego de la aristocracia limeña) quemaron los brotes de las hortalizas sin piedad alguna. Descorazonado, le comenté mis desdichas a Michael, que años después fuera mi padrino de cristiana Confirmación, y el pausado y amable dermatólogo me recomendó sacar algunos brotes de la enredadera de su casa y sembrarlos al pie de la reja de madera que se elevaba como cerco perimetral entre el terreno de mi familia y la calle. "Son campanillas", afirmó, "sus brotes son muy resistentes, antes crecían en la costa verde, frente al mar...".

Dicho y hecho, me llevó varios meses de cuidados, pero al cabo de ese tiempo, una elegante y, sobre todo, frondosa enredadera se erguía como muralla natural entre los devaneos de los vientos marinos y mi plantacioncita. Ya con esa pared verde todo fue mejor. Además, al paso de las semanas, mi padre marcaba y recortaba cuánta información sobre viveros, semillas, chacras y biohuertos aparecía en los diarios de Lima que él leía religiosamente cada mañana. Poco a poco fui aprendiendo de mis propios errores y, empírico heredero de la mano germinadora de Teté, logré armar un huertito que fue la envidia del barrio.

Hubo de todo, desde el humildísimo tomate (ese hermoso, grande, redondo y jugoso; no ese otro bautizado “italiano”, feúcho, alargado, insulso y seco), pasando por infinidad de hortalizas; hasta una frondosa y abundante mini-plantación de plátano, un fruto muy socorrido y estimado en el Perú, del cual logré reunir media docena de variedades. La cosecha de maíz prometía ser espectacular, pero la noche anterior se la robaron. La de camote (un delicioso y dulce tubérculo) fue sorprendente; unos cien kilos inundaron el patio de mi casa. La maracuyá (una fruta amazónica) rendía anualmente una fatigante cantidad de sacos que acababan regalados entre los vecinos. Y la higuera, la fiel higuera de las tías, comenzó a regalarnos con un sabrosísimo higo verde que destilaba miel.

Y pasó el tiempo, terminé el colegio y una absurda decisión me llevó a la Facultad de Derecho y me alejó para siempre de mis plantas. Hoy sólo siembro palabras.

Sólo aquellos que lo han experimentado, pueden explicarse la emoción de ver germinar la semilla que sembramos y de observar cómo se va convirtiendo en árbol la ramita aquella que nos prestamos de algún jardín descuidado. Porque mirar cómo las flores de colores variados se transforman en alimento y degustar un fruto recién arrebatado a la planta generosa, son parte de las pequeñas cosas que nos regala la vida, sin las cuales sería insoportable el tiempo que trascurre entre el vientre de la madre y el de la tierra.

Para COMUNICARTE con José Luis Mejía: jlmh@ezperu.com
Para SUSCRIBIRTE: cronicas-desde-lima-subscribe@eGroups.com

============================
José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
http://www.buscoeditor.com
http://www.francachela.org
pepemejia@hotmail.com
Apartado 18-1319, Lima 18, PERU
ICQ# 24349676
Teléfono
(51-1) 894-1926
============================