CHRISTMAS PARA EL 2001


Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es


Mientras por estas fechas voy recibiendo todo un gesto manufacturado de tarjetas impresas donde, ni la propia firma ya es de puño y letra, intento reflexionar sobre el gesto tan unánime que consiste en desear la felicidad anual condensada en un pocos dias.

Algunas calles de la ciudad se han vetido ya de ese adorno navideño que es una mezcla de villancico repetitivo que se le dona al ciudadano, junto con esa amalgama de luz municipal cuyas bombillas, ay, no todas suelen resistir el trasiego enfebrecido de tanto calor mancomunado.

También ha, en estos dias, un talante casi unánime de consumismo que desboda con creces los bolsillos. Cada cual sala a pasear con un nerviosismo tatuado en el oscuro fondón de su cerebro, y desde sus últimas galerías se aúpa al exterior una cantinela publicitaria que nos pide en subliminal el doble de gasto que en principio nos dictan nuestras propias intenciones. Todo ello mezclado con una injusticia social bien solapada, escondida tras el soniquete de panderetas que nunca han estado en Belén, ni por asomo, lo que no implica que no siga estando ahí un buen puñado de seres o personas, cuyo techo es una intemperie apelando a una ética escrita con mayúsculas que muchos solemos dejar olvidada en el egocéntrico motor de tanta prisa.

La Navidad, pues, debiera ser un talante anual sin precedentes; cómo una forma de estar en el mundo en actitud de entrega, porque como ya queda dicho en otros sitios: apenas somos un parpadeo en los ojos de la vida. Una celebración de existencia con coraje, donde el lenguaje sea un intercambio sincero de gestos y palabras, sin la astucia en grís y tan al uso que consiste en maquillar una vanalidad triste y de moda.

Buen momento, pues, para brindar por un verdadero progreso humano que vaya de la raíz más mineral hasta el resultado fehaciente de laidea, pasando por esa teoría con sustancia que luego ha de hacer un monto coherente de práctica y mejores resultados. Un brindis por una PAZ MUNDIAL, por fin y sin excusas, que pare de una vez el borbotón sanguinario que se cuece en los cerebros más salvajes, al ritmo de un comercio de armas que nunca entendió de sentimientos. Buen momento para la reflexión necesaria que emerge del coraje, al son de un himno mestizo que ize hasta el corazón arpegios de empatía, puesto que tenemos un fondo común para invertir en actos.

Pero hay un sector de niño occidental saturado de juegos solitarios, bombardeado por una publicidad que no suele usar los códigos deontológicos; sino, más bien, el ansia desmedida de este turbocapital que se nos ha colado de rondón por entre el vaivén presupuestario de las casas. Hay un ansia de acapararlo todo cuanto antes, y una intención de felicidad descomunal que parece expenderse en manuales o en libros de hyper con su extraño olor a fiambre de proximidad repercutido. Hay un poso de locura o trasiego que nos ha de llevar a ninguna parte, con la esencia del ser hecha pedazos, cuya radiografía es un compendio de alienación que va en aumento, más la suma de ese pérfido oasis mental, o imitación al bálsamo, que nos deja sumidos en un silencio amaestrado, sin ambajes, por donde nuestra moral de papel da su consentimiento a cualquier hecho. Hay cómo una doblez de perfidia en la palabra; palabra que dice lo que luego jamás ella en el fondo significa, herida de una astucia altamente demoníaca, que no hace sino falsear la realidad que nos circunda. Hay un pulso de civilización en decadencia, o una asepsia mental instaurada en el cerebro, o un todo vale, mayormente, que ha puesto de moda la entropía más salvaje. Hay el factor imagen que cotiza bien en estos dias, tras el cual se amilana otra intención solapada y bien distinta, pasados ya los falsos fastos del amplio circo galería al que, por lo demás, algunos suelen dirigirse. Hay como un intercambio de vanalidades que pudieran ser mercancia de hastío con que, parece ser, ésta líquida realidad mejor se desenvuelve, o una calma chicha abotargada de pereza.

Por eso en estas fechas singulares, en suma, me acostaré temprano, con el estómago ocupado en digerir los alimentos más sencillos, mientras mi mente la dejaré vagar por los versos de César Vallejo inmortal o la dulzura de Neruda que yo suelo utilizar como perfecta biblia. Iniciaré una tranquilidad doméstica sin demasiadas ambiciones, siempre al son de una música clásica que compagine bien con el abrazo del silencio. Me procuraré varios recuerdos de algún gesto sincero varado en la memoria, y tal vez haga con ellos un poema de amor que desemboque en el vértice azul de la utopía. Contaré, también, los últimos amigos que me siguen quedando en ese índice de la amistad que nos suele hacer equivalentes, para luego desearles que sigan acudiendo hasta ellos un buen racimo de instantes exquisitos. Revisaré de nuevo toda la compañía silenciosa de mis libros, en cuyas páginas hay siempre una amalgama de prosa dispuesta para el uso, y posaré mi mirada en esas dedicatorias especiales que volverán a recobrar su actualidad mientras las leo. Caminaré hasta la ventana más próxima ubicada en mi estudio anónimo y humilde, y desde ella me pararé a observar el femenino contorno que la luna quiera mostrarme en esa noche. Andaré sigiloso para no agujerear toda la calma acumulada con un ruido sin sentido, y en medio de esa plenitud que la conciencia es capaz de retener hasta paladear su jugo, volveré a hacer hincapié en toda la esencia que gusta de hilvanarse a las cosas más sencillas. Comprenderé que soy una mera mónada dentro de un universo poblado de aire y opiniones, y en ese mismo momento haré una intención mental de disolverme al lado de un puñado de arena y sueños que siempre llevo conmigo en los bolsillos. Y un poco antes de dormirme, ya bajo los efectos sedantes de un sueño que te aletarga hasta su fondo, pondré una intención bien alta dentro del corazón indómito que yo siempre he querido desgastar de tanto uso...