Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
Mientras por estas fechas voy recibiendo todo un gesto
manufacturado de tarjetas impresas donde, ni la propia firma ya es de puño
y letra, intento reflexionar sobre el gesto tan unánime que consiste en
desear la felicidad anual condensada en un pocos dias.
Algunas calles de la ciudad se han vetido ya de ese adorno navideño que
es una mezcla de villancico repetitivo que se le dona al ciudadano, junto
con esa amalgama de luz municipal cuyas bombillas, ay, no todas suelen
resistir el trasiego enfebrecido de tanto calor mancomunado.
También ha, en estos dias, un talante casi unánime de consumismo que
desboda con creces los bolsillos. Cada cual sala a pasear con un
nerviosismo tatuado en el oscuro fondón de su cerebro, y desde sus últimas
galerías se aúpa al exterior una cantinela publicitaria que nos pide en
subliminal el doble de gasto que en principio nos dictan nuestras propias
intenciones. Todo ello mezclado con una injusticia social bien solapada,
escondida tras el soniquete de panderetas que nunca han estado en Belén,
ni por asomo, lo que no implica que no siga estando ahí un buen puñado
de seres o personas, cuyo techo es una intemperie apelando a una ética
escrita con mayúsculas que muchos solemos dejar olvidada en el egocéntrico
motor de tanta prisa.
La Navidad, pues, debiera ser un talante anual sin precedentes; cómo una
forma de estar en el mundo en actitud de entrega, porque como ya queda
dicho en otros sitios: apenas somos un parpadeo en los ojos de la vida.
Una celebración de existencia con coraje, donde el lenguaje sea un
intercambio sincero de gestos y palabras, sin la astucia en grís y tan al
uso que consiste en maquillar una vanalidad triste y de moda.
Buen momento, pues, para brindar por un verdadero progreso humano que vaya
de la raíz más mineral hasta el resultado fehaciente de laidea, pasando
por esa teoría con sustancia que luego ha de hacer un monto coherente de
práctica y mejores resultados. Un brindis por una PAZ MUNDIAL, por fin y
sin excusas, que pare de una vez el borbotón sanguinario que se cuece en
los cerebros más salvajes, al ritmo de un comercio de armas que nunca
entendió de sentimientos. Buen momento para la reflexión necesaria que
emerge del coraje, al son de un himno mestizo que ize hasta el corazón
arpegios de empatía, puesto que tenemos un fondo común para invertir en
actos.
Pero hay un sector de niño occidental saturado de juegos solitarios,
bombardeado por una publicidad que no suele usar los códigos deontológicos;
sino, más bien, el ansia desmedida de este turbocapital que se nos ha
colado de rondón por entre el vaivén presupuestario de las casas. Hay un
ansia de acapararlo todo cuanto antes, y una intención de felicidad
descomunal que parece expenderse en manuales o en libros de hyper con su
extraño olor a fiambre de proximidad repercutido. Hay un poso de locura o
trasiego que nos ha de llevar a ninguna parte, con la esencia del ser
hecha pedazos, cuya radiografía es un compendio de alienación que va en
aumento, más la suma de ese pérfido oasis mental, o imitación al bálsamo,
que nos deja sumidos en un silencio amaestrado, sin ambajes, por donde
nuestra moral de papel da su consentimiento a cualquier hecho. Hay cómo
una doblez de perfidia en la palabra; palabra que dice lo que luego jamás
ella en el fondo significa, herida de una astucia altamente demoníaca,
que no hace sino falsear la realidad que nos circunda. Hay un pulso de
civilización en decadencia, o una asepsia mental instaurada en el
cerebro, o un todo vale, mayormente, que ha puesto de moda la entropía más
salvaje. Hay el factor imagen que cotiza bien en estos dias, tras el cual
se amilana otra intención solapada y bien distinta, pasados ya los falsos
fastos del amplio circo galería al que, por lo demás, algunos suelen
dirigirse. Hay como un intercambio de vanalidades que pudieran ser
mercancia de hastío con que, parece ser, ésta líquida realidad mejor se
desenvuelve, o una calma chicha abotargada de pereza.
Por eso en estas fechas singulares, en suma, me acostaré temprano, con el
estómago ocupado en digerir los alimentos más sencillos, mientras mi
mente la dejaré vagar por los versos de César Vallejo inmortal o la
dulzura de Neruda que yo suelo utilizar como perfecta biblia. Iniciaré
una tranquilidad doméstica sin demasiadas ambiciones, siempre al son de
una música clásica que compagine bien con el abrazo del silencio. Me
procuraré varios recuerdos de algún gesto sincero varado en la memoria,
y tal vez haga con ellos un poema de amor que desemboque en el vértice
azul de la utopía. Contaré, también, los últimos amigos que me siguen
quedando en ese índice de la amistad que nos suele hacer equivalentes,
para luego desearles que sigan acudiendo hasta ellos un buen racimo de
instantes exquisitos. Revisaré de nuevo toda la compañía silenciosa de
mis libros, en cuyas páginas hay siempre una amalgama de prosa dispuesta
para el uso, y posaré mi mirada en esas dedicatorias especiales que
volverán a recobrar su actualidad mientras las leo. Caminaré hasta la
ventana más próxima ubicada en mi estudio anónimo y humilde, y desde
ella me pararé a observar el femenino contorno que la luna quiera
mostrarme en esa noche. Andaré sigiloso para no agujerear toda la calma
acumulada con un ruido sin sentido, y en medio de esa plenitud que la
conciencia es capaz de retener hasta paladear su jugo, volveré a hacer
hincapié en toda la esencia que gusta de hilvanarse a las cosas más
sencillas. Comprenderé que soy una mera mónada dentro de un universo
poblado de aire y opiniones, y en ese mismo momento haré una intención
mental de disolverme al lado de un puñado de arena y sueños que siempre
llevo conmigo en los bolsillos. Y un poco antes de dormirme, ya bajo los
efectos sedantes de un sueño que te aletarga hasta su fondo, pondré una
intención bien alta dentro del corazón indómito que yo siempre he
querido desgastar de tanto uso...