Por: Mariano Arnal
edilxx@infonegocio.com
NÓMINA RERUM
CÍNICO
KunikoV (kynikós), transcrito en nuestra lengua como “cínico”, es un
derivado de kuwn (kýon; gen. kunoV / kynós), que significa perro y
perra. Cuando alguien dice que hablará y actuará “a cara de perro”,
es inevitable exclamar: “¡qué perro!”; o “¡qué cínico!”, si
conoce que esta palabra significa precisamente propio del perro, parecido
al perro; y más si se abona a la etimología según la cual se trata de
una palabra compuesta, cuyo segundo elemento es eikwn (eikón; gen.
eikonoV / eikónos; de ahí icono), que significa imagen, cara, aspecto.
“Cara de perro” sería, pues, una traducción muy ajustada de cínico;
de modo que al prometer alguien que irá “a cara de perro”, está
diciendo, aunque no se lo proponga, que su conducta estará regida por el
cinismo. Las palabras hablan por su cuenta. Los griegos usaron el término
kunikoV (kynikós) asociado a spasmoV (spasmós), para referirse a la
convulsión canina y a los espasmos convulsivos de la boca. La otra
asociación de esta palabra era con airesiV (áiresis) o jilosojia
(filosofía): opción, doctrina o filosofía. “Propio de la canícula”
(palabra derivada de canis = perro) es un último significado que daban
los griegos al término cínico.
¿Quiénes eran los filósofos cínicos y qué sostenían? Dos datos
previos indican por dónde van los tiros del cinismo filosófico; porque
se trata de una filosofía. Primero: los cínicos son una astilla del palo
de los sofistas. Tal para cual. Y segundo: la sofística, que es más un
estilo que una doctrina, se sintetizó en el sofisma, que se define como
razonamiento falso, de correcto aspecto formal, con el objeto de engañar.
Antístenes fue el fundador de esta escuela; y lo hizo en el gimnasio de
un tal Kynó-sarges, que acogía a los semi-atenienses, uno de los cuales
era Antístenes, por ser su padre ateniense, y su madre una esclava
tracia. Es probable que el hecho de vivir a caballo entre los atenienses
(ciudadanos de pleno derecho) y los metecos (habitantes no ciudadanos, sin
derechos civiles por tanto), influyese de manera decisiva en su forma de
pensar: tanto podían defender unos intereses como otros, unas
legitimidades como otras, según el momento; y siendo así, tampoco tenía
mucho sentido que se preocupasen de respetar las convenciones sociales: lo
que hoy era decente, mañana se convertía en indecoroso; así que iban a
la suya sin miramientos. Si además los atenienses veían este
comportamiento como propio de perros (en el sentido más peyorativo),
dispusieron de doble motivo para llamarles cínicos, es decir entregados a
toda clase de perrerías: el nombre del gimnasio-escuela que frecuentaban,
y su conducta. Y en cuanto a doctrina, es esencial señalar que eran puros
nominalistas: creían que el nombre hacía la realidad, por lo que una vez
asignado el nombre, no había nada que definir; y si la realidad era
compleja, se resolvía mediante la simple yuxtaposición de sus nombres.
Creían en un concepto de virtud que les llevaba a ser autosuficientes,
prescindiendo de todo su entorno. Y el placer era para ellos algo
peligroso, porque les podía apartar de la virtud. Cuando veo a políticos
que se mueven siempre en la ambigüedad: que son semidemócratas,
seminacionalistas, semicristianos, semiterroristas, semi de todo; que
tienen puesto un pie en una parte de la frontera, y el otro en la otra, de
manera que puedan andar en cada momento por donde les convenga; cuando veo
eso, me digo: he ahí el cínico cabal, el que va de verdad a cara de
perro y miente sin vergüenza ni sonrojo.
Mariano Arnal