Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
Creo que las personas pueden quedar hondamente definidas por
una acertada expresión que hayan formulado alguna vez a lo largo de su vida.
Una frase pronunciada dentro del marco fugaz de un instante que, por ende, si
rescatamos con la memoria de su contenido implícito, de alguna manera estamos
trayendo a colación una forma de decir que, intencionadamente, tratamos de
convertir en imperecedera. Eso es, pues, lo que voy a tratar de hacer a lo largo
de estos párrafos.
En el pasado número de la revista “Temas para el debate”, a lo largo de una
entrevista realizada a Matilde Fernández, ella misma pronuncia una frase que, a
mi juicio, es todo un aforismo que parece rotular perfectamente el fondo de un
talante verdaderamente progresista. Cuando le preguntan que defina el socialismo
en dos palabras, ella contesta lo siguiente: “para mí el socialismo es básicamente
un corazón solidario”. Y es ahí, en ese corazón solidario, donde
verdaderamente se ubica el punto de partida para afrontar los retos de este
siglo recién estrenado.
Si recaemos en lo que late tras la frase, nos damos cuenta que, principalmente,
hay una humanidad de fondo, vital y conmovida, por cuyos derroteros uno
enseguida siente imperiosas ganas de afiliarse. Está hablando de sentimientos y
valores esenciales, enteramente humanos, sin los cuales es imposible hacer
crecer sociedades sanas que más tarde sepan transmitir esa supremacía de la
existencia con mayúsculas.
Desde luego que, la frase en cuestión, aun sacada de contexto de la propia
entrevista, no tiene desperdicio. Hay en ella una rotundidad que invita a una
somera reflexión, puesto que semejante ejercicio no viene sino a dignificar a
la persona humana. Reflexionar cada cual, desde su particularísima
circunstancia, qué mundo queremos habitar y dejar en herencia a nuestras próximas
generaciones para, acto seguido, crear un mestizaje de inquietudes para
llevarlas a la práctica, desde ese compromiso esencial que cada cual debería
hacer crecer en las penumbras de su intimidad más absoluta. Se trata, pues, de
un aporte leal de sinceras inquietudes para sumarlo al ejercicio de un gran
proyecto mancomunado donde primen la solidaridad y el hecho de, entre todos,
irnos unos a otros equivaliendo.
Los tiempos actuales, influidos por las nuevas tecnologías y lo que se ha dado
en llamar la sociedad de la información, vienen cargados de unos retos
eminentemente sugestivos que no debemos pasar por alto. Y uno de esos retos
primordiales es impulsar el progreso humano; el trabajo de acabar con las
injusticias sociales, las desigualdades, las explotaciones infantiles y tantas y
tantas lacras que forman parte de esa radiografía cancerígena de nuestras
sociedades avanzadas. Por eso, de aquí en adelante, se necesita un gran coraje
político para abordar ese ejercicio, mas una concienciación a gran escala que
nos compete a todos, cuya rebeldía ha de estar tatuada por un latido perenne de
inconformismo y unas ganas de hacer frente, con creativo afán neuronal, al
pensamiento único. De ahí que, la frase aforismo de Matilde pueda ser un buen
punto de partida para iniciar nuestra andadura. Hagamos, primordialmente, de
nuestro ideal socialista un talante ético de estar en la vida; de ser, en sí,
ejercitando esa bella simbiosis que traduce las buenas ideas en actos
constructivos. Tomemos como referente un corazón repartido y solidario, siempre
lleno de significación y de ideales. Sólo una cosa podemos perder; esto es,
nuestro propio egocentrismo...