Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir.”
Jorge Manrique.
NO SE VUELVE ATRAS EN EL TIEMPO
Medimos el tiempo con perspectivas espaciales y le llamamos largo o corto proyectándolo en
extensiones de distancia. El historiador Toynbee nos habituó a limitar el horizonte hasta donde
se pierde de vista a la mirada; a la mirada del pensamiento, los que algunos llaman “los ojos del
alma”. A la fe se le dice ciega porque es visión de lo invisible. Y vulgarmente al que ve lo que
no se ve, como suele también decirse, “con los ojos de la cara” al que ve de ese modo se le dice
que ve visiones; que ve lo que no ve, o, al menos, lo que solamente él está viendo y no tiene, por
tanto, para los demás, realidad alguna.
Los “ojos de la cara” no parecen que sean los mismos que los “ojos del alma”, al menos a
primera vista. Con los ojos de la cara sólo vemos, naturalmente, todo lo que tenemos delante.
Con los ojos no podemos mirar y ver el tiempo. El correr del tiempo, que también decimos de
los tiempos; del tiempo que decimos que corre y también que vuela; con nosotros para nosotros.
Los poetas, desde Heráclito, no se cansaron de comparar el tiempo metafóricamente con los ríos,
y a los ríos se les ve correr con los ojos de la cara.
Nuestras vidas nos dice el poeta que son como esos ríos porque son vidas temporales. Y lo que
más claramente tienen de temporalidad pasajera es justamente su imposibilidad de volver atrás.
En la letra de una preciosa canción americana se nos dice melancólicamente: “Tú que puedes,
vuélvete, / me dijo el río llorando...”
Es el río, el tiempo, el que no puede volver atrás: el hombre sí. Puede volver a la tierra en que
nació, volver a poderla mirar con los ojos de la cara; ojos que se ha de comer la tierra; esa tierra
que digo mía porque en ella nací, o cualquier otra tierra como ésa; volver a ella, a la tierra del
nacimiento propio, no es, aunque pueda parecerlo, volver atrás. Y esto es lo que sabe, no puede
saber, el río: que se puede volver sin volver atrás.
Todo lo que dejamos atrás nos mira sin ojos como si nos mirase en el tiempo con las órbitas
vacías de una calavera espectral, de un vano fantasma. Los ojos de esa cara de lo pasado se los
ha comido la tierra. Pero esa tierra nos está mirando a nosotros con sus ojos nuevos. Y entonces,
si así la miramos nuevamente, su presencia será una realidad distinta de aquella que
guardábamos en el recuerdo y veíamos tan sólo con los “ojos del alma”.
También decimos que debemos mirar la realidad a la cara, o cara a cara, para no engañarnos. Y
no solamente mirarla con el recuerdo o la esperanza (o con ambos a la vez, que no cabe lo uno
sin lo otro), sino con los ojos temporales que no pueden mirar atrás; con los ojos que tenemos en
la cara; con nuestros ojos propios y apropiados para mirarla de ese modo, a esa realidad que
volvemos a ver, a mirar, mirándola a la cara.
No se vuelve atrás en el tiempo. Y volver a los sitios o lugares que decimos que dejamos atrás, al
tenerlos nuevamente delante, aunque sean los mismos que dejamos, aunque nos parezca que lo
son, pues también en el tiempo y con el tiempo variaron, su presencia viva revive en nosotros un
recuerdo que, por serlo, es, más que añoranza, esperanza. Por eso la vida siempre le pone buena
cara al mal tiempo; a los malos tiempos. Y es hermosísimo ese rostro. A mis ojos vivos, los de
mi cara, los que “se ha de comer la tierra”, esa misma tierra le parece cada vez más hermosa,
más pura. Y es que, como dijo el poeta: “El tiempo lo hace todo / y todo lo deshace. / Porque el
tiempo no deja / de andar un solo instante”.
Francisco Arias Solis
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