Por : José Luis Mejía
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¿Han viajado últimamente en taxi? Cuando se tiene uno de esos carros franceses, conseguir un buen taller y originales repuestos, se convierte en una suplicio. El martes pasado llamó al celular de don Modesto Alegría la secretaria de “Le Marchand” y le dijo con una voz aflautada, medio sensual y coquetona de chiquilla de barrio pobretón jugando a seducir al cliente elegantoso y, en apariencia, solvente. “Estimado señor, lo llamo porque, lamentablemente, aún no nos llegan las fajas del motor desde París, ¿podría recoger su carro el jueves?”. “¿El jueves...?”, repitió el pobre hombre y cuando aún no terminaba de salir de su asombro, la niña lo cortó con un amabilísimo “sí, entonces hasta el jueves...” y le colgó. ¿Qué le queda a Modesto? La mujercita le parecía encantadora y se olvidó del tema. Paciencia, buen humor y taxi...
Por la tarde, estaba revisando las facturas recién pagadas (y pensando en las pendientes) cuando los movimientos, breves y secos, del taxi que lo llevaba del banco a la oficina, llamaron su atención. Se encontraba en una de las tantas transversales de la San Borja Sur (sí, una de esas “rutas alternas” que todos los que vienen de Surco rumbo a San Isidro toman “por que está menos congestionada” y terminan más atoradas que la Javier Prado un lunes a las ocho de la mañana) y una fila inmensa de automóviles amenazaba con mantenerlo el resto de la tarde en la masoquista labor de seguir comparando sus robustas cuentas por pagar (de clasemediero venido a menos y en plena resistencia) con la famélica esbeltez de sus ingresos en plena recesión. El taxi (por más señas, camioneta, blanca, petrolera, con timón cambiado, traída directamente de Tacna y llegada en barco al Perú desde algún impronunciable puerto japonés de donde salió como chatarra para convertirse en parte del parque automotor de servicio público nacional y, como todas las de su clase, en franco e inevitable proceso de deterioro) fue detenido por otro vehículo (taxi también, pero este de tamaño bolsillo, Tico le llaman, traído desde Corea o de algún otro lugar igual de extraviado para el conocimiento de la mayoría de los ciudadanos, donde, según se dice, son utilizados por los estudiantes como motocicletas con puertas y no como ataúdes rodantes religiosamente pintados de amarillo, tal su uso en esta tierra del Inti a donde llegan “cero kilómetros”), cuyo conductor no se animaba a “meter la nariz” (eufemismo que sirve para designar la acción de embestir con el coche, por la diestra, al próximo aparato de la fila que interrumpe el paso, cuyo chofer muestre el primer indicio de “temor choferíl”, también llamado “indecisión”).
El conductor de la camioneta parecía un tipo sereno. Joven, unos treinta años, parco (no como esos que se ponen a contar sus mil historias o empiezan a investigar la vida y milagros de uno), no cruzó más palabras con don Modesto que las exclusivamente necesarias para ser contratado (“a la once de Petit Thouars” / “seis” / “pago cinco” / “suba” / y luego, silencio).
El del taxi de adelante se le parecía bastante (por su apariencia, otro joven desempleado que seguramente habrá sido víctima de uno de esos cursos de “estudie seis meses y obtenga trabajo fijo”), aunque su auto, mejor pintado y más moderno (por más pequeño que fuera), le otorgaba esa mayor categoría que, según le contara después Pepe, el voluminoso asistente de nuestro querido Modesto, sólo saben descifrar los conductores profesionales y los habituales y consuetudinarios pasajeros.
La fila no avanzaba, el sereno conductor de la destartalada camioneta empezaba a perder los papeles e inició un avezado y nada precavido avance, hasta colocarse a escasos centímetros del otro. Soltando y poniendo el freno, sacando la cabeza por la ventana, mascullando palabras ininteligibles, desgastando las pastillas, llegó a topar los respectivos parachoques.
Luego del primer golpecito, no pasó nada. Al segundo, vimos la cara del oponente que, aún confundido, volteaba a averiguar lo que ocurría. Al tercero, el rostro del otro se desencajó por completo mientras el taxista de don Modesto sonreía como poseído por el espíritu maligno de “Vegueta” (el malvado que se enfrenta a “Gokú” en ese periodo de nuestra historia que, según mi sobrino Víctor, se llama “Drangon Ball-Z”).
El chofer-vengador, sin mediar más topes, bajó raudo de su carro y dejó atónita a la pasajera que en él llevaba. Se acercó como mordido por la cólera de una serpiente y le recordó al del vehículo agresor a alguno de sus familiares más cercanos y queridos. “Vegueta”, entonces, inesperadamente, abrió de un tirón la puerta de su taxi y ahora fue don Modes (más Modesto que nunca) quien se quedó boquiabierto y sorprendido frente al espectáculo de dos individuos encabritados lanzándose golpes (que como en las luchas de “cachascán” nunca impactaron en nadie, ni produjeron sangre ni rompieron huesos) y recitándose la más infinita, sabrosa, variada y original, lista de insultos nunca reproducibles en estas líneas.
Tras cinco minutos de público escándalo, llegó la policía.
Lo que sucedió después nunca lo supo el buen Modesto. Raudo cambió de movilidad (“sorry chochera pero estoy apurado”, intentó un lenguaje acorde a las circunstancias y el chofer le respondió: “no se preocupe tío, así es la chamba”). Mientras el nuevo taxi atravesaba a toda velocidad, y con el semáforo en rojo, la avenida Guardia Civil (aprovechando el descuido del policía que andaba componiendo el altercado), el chofer decía, con los ojos desorbitados y el alucinante tono de “Zero” el malvado de “Fantasmagórico” (esa etapa de nuestra historia no la conoce mi sobrino), “es que no puede ser, señor, estos taxistas son unos salvajes, no tienen cultura, se comportan como cro-magnones...”.
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