Por: Raúl González Ramírez
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- Pásale, contador, siéntate...
La jovial y cantarina voz del Secretario alcanzó a escucharse con claridad en la recepción, pese a las extraordinarias dimensiones del despacho oficial y el adormecedor par de horas de antesala que hasta él, responsable absoluto de las finanzas de la Secretaría y uno de los allegados de mayor confianza del personaje, estaba obligado a hacer cuando solicitaba audiencia.
Nada mas cruzar las puertas de la oficina, pudo darse cuenta que no estarían solos: en uno de los sillones pudo distinguir la atildada figura del Licenciado Salas, secretario particular del funcionario, cuya fingida delicadeza apenas alcanzaba para disimular su tortuosidad. "En fin
- suspiró, ya sabía que esto no iba a ser fácil..."
Avanzó nerviosamente por la vasta extensión de mullida alfombra, y dejó caer su voluminoso cuerpo en el sillón que su jefe le ofrecía, depositando con un bufido en la elegante mesa el legajo que llevaba bajo el brazo.
- Lamento molestarlo, señor Secretario, pero este asunto que le traigo me tiene muy preocupado.
- No es molestia, Rodríguez; ya sabes que siempre encontraré un momento para atenderte. Adelante, dime de qué se trata.
- Se trata de los auditores que mandaron los diputados de la Comisión, señor. Resulta que me están objetando algunas notas de sus últimas comprobaciones, y que aquí traigo para mostrarle.
Visiblemente nervioso, el contador Rodríguez repasó varias veces los papeles del legajo hasta que al fin encontró los documentos que buscaba, y con mano temblorosa se los acercó a su jefe, quien con sonriente desdén los rechazó.
- Seguramente será mas fácil que me lo expliques. Ya ves que yo no soy muy amigo de los papeles.
- Claro, señor. Disculpe. Se trata de esto: tengo aquí unas notas de viáticos del viaje que hizo usted la semana antepasada a Huatulco, para aquella convención que organizó la Cámara. Todo está bien, pero me dicen que si la convención duró dos días, ¿por qué aparecen gastos de cinco?
- Tu sabes que se juntó con el puente del 21. Todos nos quedamos allá.
- Eso fue lo que les dije. Entonces preguntaron por qué había gastos de siete habitaciones y dieciocho personas.
- Tonterías. No esperarán aquellos tipos que vaya a un evento así sin algunos de mis asesores. Además están los de seguridad. Antes te digo que dieciocho fuimos pocos. Si quieren hacer ruido con eso, se van a quemar feo. ¿Ese es el problema?
- No, señor. Apenas es el principio. La bronca empieza con estas notas de comidas aquí en la ciudad, que me pasó el Licenciado Salas. Casi catorce mil pesos en dos de ellas, veintitrés mil entre las siete notas, y todas son de ese mismo fin de semana...
Una súbita tensión se sintió en el ambiente mientras la estereotipada sonrisa desaparecía del semblante del encumbrado funcionario. Rodríguez sintió también la dura mirada del secretario particular, a quien no agradó en lo mas mínimo la mención de su nombre.
- ...les dije que aunque usted no estaba, esos días habíamos tenido que atender al agregado comercial de la embajada de Portugal, pero me la mataron porque los vouchers llevan la firma de su yerno, y ya ve que él está como Director de Recursos Humanos.
- Continúa, dijo el Secretario, ahora con ceño adusto.
- También me rechazan estas notas de compras de ropa y accesorios personales. Dicen que trescientos mil es muchísimo hasta para vestir al Presidente. Y no se lo imaginan a usted usando los brasieres de dos mil pesos y el perfume Paloma Picasso que aparecen en esta factura.
- Algo mas?
- La pregunta rasgó el aire como el chasquido de una cascabel haciendo brincar de su asiento a Rodríguez.
- Desgraciadamente sí, señor, dijo el contador en un apesadumbrado susurro. No me aceptan la factura de la Klasse A de su esposa, ni esta otra factura de sus hijos...
- Pero si son útiles escolares!
- ¿Cinco computadoras? Nada mas pude decirles que lo iba a investigar, pero objetaron que debía hacerlo al firmar la autorización. Y tienen razón; ya ve que yo firmo todo, y me preocupa que me quieran armar pleito.
- Me decepciona usted, Rodríguez. La aflautada voz de Salas se oyó por primera vez, haciendo el efecto de un mazazo.
- Parece mentira que alguien con su experiencia se haya dejado acorralar por esa banda de principiantes. Quiero recordarle que su función aquí es justamente evitar este tipo de contratiempos, y debemos ser especialmente cuidadosos ahora que la política está tan difícil. ¡Imagínese la bronca para el Candidato si esos buitres llevan este asunto a la prensa!
- Calma, Roberto, no hay por qué ser tan duro, dijo el Secretario esbozando nuevamente su magnética sonrisa, lo que de inmediato calmó los temores de Rodríguez. -Mira, contador: es cierto que la regaste; pero qué bueno que viniste a consultarme. Déjame estos papeles para estudiarlos, y estoy seguro que podemos arreglarlo. Vete tranquilo y yo te llamo en unos días para decirte cómo le vamos a hacer.
El Secretario se levantó y estrechó la mano del contador, que salió de la oficina visiblemente aliviado por las alentadoras palabras de su jefe. Las dudas que ensombrecían el rostro del Licenciado Salas comenzaron a disiparse cuando el Secretario pidió línea con Bucareli, y unos minutos después saludaba ruidosa y efusivamente a su interlocutor; después de la intrascendente charla que se acostumbra en estos casos, pasó a tratar su asunto:
- Fíjate que tengo un problema. Resulta que mi contador metió la pata y estoy seguro que aquellos infelices de San Lázaro están cocinando todo un festín. Puedo pararlos arreglando unos papeles y sembrando algunas cositas aquí y allá, pero necesito organizar un pequeño incidente. Te acuerdas del asunto del Oficial Mayor de la Procu?...