Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
EL CINTURON DE MISERIA
El domingo pasado se inauguró en Lima el Estadio Monumental del Club
Universitario de Deportes, la "U", uno de los más importantes del Perú.
Esta construcción es impresionante y se calcula que se gastó en ella más de
cuarenta millones de dólares (hasta en esto hay polémica, porque los socios
andan peleados por un "sencillo" de diez millones de diferencia). Según
dicen los conocedores, es uno de los complejos futbolísticos más importantes
de América y se encuentra entre los más modernos del mundo. Hasta ahí, polémicas
aparte, todo bien.
El problema surgió el día de la ceremonia inaugural. La "U" (que ya
había obtenido el título nacional la semana anterior) se enfrentaba al Cristal
(otro de los equipos llamados "grandes" en mi país) y, al parecer, la
fiesta iba a ser grandiosa. Lo cierto fue que la ceremonia empezó como una hora
después debido al congestionamiento vehicular que se formó. Sólo una avenida,
la Javier Prado, da acceso al "coloso" y, como comprenderán, todos
querían ir en su auto porque una de las tragedias de Lima es que nadie tiene la
inteligencia de formar grupos, ("pools" dicen los huachafos alienados)
para acudir en un solo carro a determinados lugares, cada cual quiere llevar y
lucir su coche. Allí el origen de la tragedia.
Superado el problema de tránsito (y mientras más de cinco mil frustrados
espectadores se quedaban, boleto en mano, sin poder ingresar al recinto, con el
escándalo consiguiente), comenzó la ceremonia y posteriormente el partido de fútbol.
Al parecer el encuentro fue bastante soso y sólo se vio animado ante la
presencia de varios cientos (algunos hablaron de miles y las mujeres, siempre
exageradas, de millones) de ciudadanos que se apoderaron del cerro aledaño al
estadio y decidieron utilizar la altura natural de lugar para superar, con
facilidad, el muro de contención que los constructores habían colocado allí,
suponiendo que a nadie se le ocurriría treparse en el bendito accidente
natural.
Cuando las autoridades se dieron cuenta del peligro, enviaron a la policía a
desalojar el lugar. Los uniformados no encontraron mejor solución que disparar
sus fusiles de granadas con gases lacrimógenos y, acto seguido, oleadas de
personas, intoxicadas, enardecidas, violentas y exacerbadas, enrumbaron a las
faldas del cerro, colindantes, ya se ha dicho, con el recién inaugurado recinto
deportivo.
Así, de pronto, decenas de sujetos (unos hablan de "hinchas
desadaptados", otros del "populacho" y hasta de "la
chusma") ingresaron a los lujosos palcos que coronan la construcción y que
han sido adquiridos por aquellos que pueden pagar más de 30,000 dólares para
tener, a perpetuidad, un lugar preferencial y liberado de otros cargos donde
apreciar los prometidos partidos y espectáculos internacionales.
Se armó la pelea. Los propietarios defendieron sus "suites"
ardorosamente y los invasores retrocedieron cuando la policía llegó en auxilio
de las víctimas. Mientras tanto, sólo a unos metros, en el estacionamiento,
otro grupo de revoltosos había conseguido hacerse del lugar y se empeñaba en
destruir lunas, espejos y demás accesorios de los lindos automóviles que
hallaron a su paso. Otro contingente de gendarmes los dispersó.
Como es de suponer, muchos de los espectadores se espantaron frente a las
escenas de violencia y, aún antes de finalizar el aburrido encuentro pelotero,
abandonaron el lugar. Otra locura. El caos vehicular fue nuevamente de rigor y
las maldiciones no se hicieron esperar. Por último, grandes grupos de
enfurecidos ciudadanos se lanzaron a las calles y destruyeron lunas y
pintarrajearon paredes. Según me informaron, un grupo llegó hasta el
"shopping center" de la ciudad y atacó a las afligidas señoras que
perdieron sus carteras.
Uno se pregunta, ¿cómo es posible tanta violencia? Y la respuesta es sencilla.
Vivimos en un país escindido, con una pirámide social absolutamente injusta
que tiene a unos pocos en los puestos privilegiados a otros muchos en la base de
la miseria. Existe un descontento generalizado y estos brotes de furia popular
son síntomas de un mal mayor. En los noventa, la violencia de los grupos
armados y la represión, apagaron en el pueblo cualquier atisbo de protesta y lo
paralizaron. Un acto como el del estadio hubiera sido calificado
"sedicioso" o "terrorista" y hubiera acabado con los huesos
de muchos de ellos en la cárcel condenados por un tribunal militar sin rostro.
Ahora, cuando la violencia política ha menguado sus fuerzas, surge la
delincuencia común amenazante, por un lado, y, por el otro, el pueblo encuentra
en estas convocatorias masivas una oportunidad para expresar su cólera. Si a
eso le sumamos la crisis política e institucional que vivimos, con un
presidente electo por tercera vez en cuestionados comicios y con una mayoría
parlamentaria forjada a fuerza de corrupción y clientelaje, aceptaremos que
todo esto tiende a descomponerse peligrosamente.
Finalmente, hay que decirlo, mientras disfrutamos de nuestra comodidad
clasemediera y pequeñoburguesa, deberíamos reconocer que de nada sirve la
limosna que le damos a los niños harapientos en los semáforos ni la caja de
regalos que entregamos a las paupérrimas familias en navidad. Hemos alimentado
nuestro egoísmo. Defendemos nuestras propiedades con cercos eléctricos, perros
feroces y centinelas (mal pagados). Nos horroriza la violencia popular y los
mendigos nos malogran el almuerzo. ¿Adónde vamos? ¿Se han preguntado que
pasaría si los miles de miserables se dieran cuenta de su poder estando unidos?
¿Han reflexionado sobre las exigencias de un pueblo que fuera culto y
civilizado y que conociera sus derechos como ciudadanos del mundo y dueños,
como cualquiera de nosotros, de su porción de pan y dignidad?
Humanicémonos antes de que el pueblo nos prodigue sobredosis de humanidad con
los puños cerrados.
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