Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Esta mañana llamé por teléfono a una amiga para proponerle que me
acompañara a una manifestación política del Partido Demócrata en la que debía hablar Tipper Gore, la esposa del candidato de ese partido a la
presidencia de este país.
Un silencio acogió mi propuesta. Me pareció también percibir un suspiro. Tal vez incluso una duda y una lágrima, pero esas no son las
reacciones habituales a un tema de naturaleza política, y, por lo tanto pensé que mi inglés me estaba fallando y decidí repetir la invitación.
-No pensaba que fueras tan romántico- me contestó una voz entrecortada. – Tú, un hombre tan frío, tan serio, tan circunspecto.
Nunca pensé que sintieras algo por mí…Voy a tener que pensarlo. Todo ha sido tan rápido, tan apasionado, tan violento!!!…
Les decía en nota anterior que el beso aplicado por Al Gore en la boca de su esposa ante millones de telespectadores ha cambiado la
política y la vida norteamericana. Y me quedé corto. Antes del beso (AB) y después (DB), o sus iniciales en inglés (BK) y (AK) son la realidad
dramática de una era en la que cualquier referencia política parece tener ahora una connotación amorosa.
Del “beso” no ha podido sustraerse ni siquiera el candidato que se opone a Gore, George W. Bush. Para no ser menos que su contendor,
el republicano aprovechó de un “talk show” con Oprah Wimphrey para perseguir por todo el escenario a la morena animadora del programa,
hacerle un gancho de judoka y clavarle un beso que también está destinado a hacer historia.
Si el beso de Gore provocó airadas reacciones de los puritanos y de los guardianes de las buenas costumbres, el ósculo del Sr. Bush no se
queda en menos. En primer lugar, es muy posible que esta semana reciba una carta de protesta proveniente de la Universidad Jones en cuyo
campus jurara en marzo de este año defender los “valores americanos”. Esa ultraconservadora casa de estudios mantiene una prohibición contra
los intercambios amorosos entre personas de raza diferente, y por eso no se sabe cómo podrá George Vedoble defender ante sus partidarios ese
apasionado arranque.
No sería raro tampoco que las asociaciones de gays y lesbianas, muy poderosas en los Estados Unidos, dejen a un lado por el momento su
lucha contra los Boy Scouts por no admitirlos en su seno, y arremetan contra los dos candidatos por estar haciendo tan desaforada propaganda
del amor entre hombres y mujeres.
Por fin, cuando pensábamos que otra posible queja podría venir de la señora Bush, el candidato republicano decidió incluirla en todas sus
giras para no ser menos que Al Gore, quien en Chicago, acaba de rendir homenaje a la ciudad de los automóviles por ser aquella el romántico
lugar en que declaró su amor y fue aceptado por Tipper.
Como Blanca Nieves, a quien un beso despertara de un profundo sueño, Al Gore ha dejado de ser el robótico personaje de los ternos y
zapatos cuadrados para convertirse en un lánguido aspirante a poeta que aprovecha de cualquier ciudad, parque, granja o taller de mecánica para
recordar que en este sitio la pareja celebró el primer mes de enamorados, tuvo la primera riña o decidió estar junta para toda la vida.
El beso y el amor están de moda en los Estados Unidos y, si tenemos en cuenta el poder de la propaganda, pronto llegarán a todo el planeta.
“Ahora los gringos van a patentar el beso”-se queja en un artículo, Efraín Díaz Horna, un sociólogo peruano experto en erotismo que reside
en Oregon desde hace varias décadas.
“Siempre pasa lo mismo”-dice Efraín. “Los latinoamericanos besamos todos los días y a toda hora hasta el punto de que ya ni siquiera le
damos bola a los besos. Pero aparecen los gringos y los convierten en una moda industrial.”
Nos recuerda además que, antes de los años 60, no había en el mundo quien bailara como la gente del sur del continente. Pérez Prado
estremecía al mundo, y las pestañas eran lo único que no se movía en los bailes de Anakaona, Tongolele y las Dolly Sisters. “Pero resulta que
aparece Elvis Presley, un gringo tembleque, y patenta la tembladera. Y eso también puede ocurrir con el beso”
Orgullos nacionalistas aparte, el “beso” es una realidad que debemos estar preparados a afrontar como lo hacemos ante la inminente
crisis del petróleo. En los Estados Unidos, Stephen King y John Greshan, los autores más leídos del país por sus violentas historias de espionaje,
están viendo una súbita baja en la venta de sus libros en tanto que ayer presencié una cola de lectores en la librería “Powells” reclamando el
último libro de la romántica Danielle Steel.
Pero volviendo a la anécdota inicial, mi seriedad me impidió acudir al programado mitin demócrata, y no estoy muy seguro de que me atreva a
ir a los próximos. Además, estoy tomando muy en cuenta el ejemplo de algunos amigos que, en vista del peligro, ahora solamente salen a la calle
provistos de una mascarillade dentista sobre la boca.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana