Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
A Rosa Navío, desde mi callada manera.
Esta noche es necesario, lo admito, entregarse por completo a la fértil tarea
de escribir; y de este modo, humildemente, pedir completamente a gritos auxilio
a la palabra. Coger con fruición la dulce liana de las letras, en viaje hasta
la misma raíz mineral que nos queda de equipaje; cómo una nostalgia de
branquias bien asidua, y desde esa ubicación sentir quizá una felicidad casi
doméstica que sin embargo nos sirve y nos invita a paladaear la plena sencillez
de los instantes. Es por ello que hoy te escribo; hay que admitirlo, con el alma
derramada por las páginas, con su anónimo llanto que mana de las habitaciones
de la sangre, principiando un himno sutil que se inmiscuye con el aire.
Sin ti no sé ser, y esa es una certeza que viste de luto este corazón tan
desgastado por el uso, amante pasional donde los haya, siempre embebido en el
aroma frutal que pende de los sueños. No sé pasear por las ciudades que se me
antojan con un ritmo casi insolente, siempre al compás del amasijo de mi
sombra, rodeado de esta inmensa soledad tan conmovida.
Por eso me he puesto una vez más a escribir en mi diario, depositando en el
temblor de tantos párrafos una incansable fe sin garantías. En este remanso de
silencio tan profundo, vértice crucial de la hora en la que habito, para
escarbar en tu dramático no estar, una brizna de gesto o de sonrisa.
Hoy he sentido un prófugo aullido escapar de mis entrañas y tatuar con él el
compendio sencillo de mis cosas. Era cómo una pena cariada y sin declive,
habitando esta desolación nocturna que indaga en la edad con fiero ahínco.
Algo que no logro jamás significar con el lenguaje, ante el que me arrodillo
pidiéndole una vez más sus frases en limosna, por si acaso él comprendiese
esta cabeza mía poblada de rarezas, cuyo centro tú habitas al son de un
arpegio inextinguible.
Sepas que te extraño en esa hora puntual donde la noche rompe aguas para parir
amanecer y el horizonte es una invitación para reinventar de nuevo el universo,
y yo vuelvo a albergar esa ilusión de paz mundial con los ojos utópicos bañados
en infancia. Te extraño cuando cae la tarde lentamente, con su luz de sosiego
pesada de vivencias, néctar que el instante chorrea para paladear sin prisas, y
tus ojos ausentes no posan su curiosidad por el lomo varado de mis libros. Te
extraño, sí, como un niño indefenso que ha perdido su patria y allá donde
vaya es forastero, con su neutra mirada que ya no se proyecta y tristemente ha
dejado de equivaler en otros ojos. Te extraño y me escondo en el ritmo convulso
de mis lágrimas, donde soy un naufrago que va y viene a la isla empecinada del
desasosiego.
Y me queda tu recuerdo, o ese tiempo pasado que es cómo una rúbrica irónica
que vamos amalgamando en la memoria hasta irnos finalizando sin hacer apenas
ruido, abrazando los racimos irrepetibles de la edad ya desgastada. Aquél beso
tatuado en otros labios, junto al silencio tan cómplice que a veces arrima más
dulzura, mientras los ojos se cierran para que campe a sus anchas el lado
sensitivo. Me queda tu estela de sueño o de nostalgia, el arrullo silente de
tus sílabas, y ese gesto esparcido por el rostro perfilando una sonrisa capaz
tan infinita.
Transeúnte, en fin, de estas noches que duelen hasta mermar el ánimo,
letraherido de autores y prosa metafórica, siempre buscando la bohemia creativa
de este leve parpadeo que apenas somos en los ojos de la vida. Viajero hasta los
instantes que la pasión nos pone inminente como premio, a pesar del máximo
desgaste que todo hontanar de semejante dicha trae consigo.
Y aquí me quedo hoy, niña del aire que ya no sé si algún día fuiste o he
terminado por reinventarte a mi manera. Me quedo en este humilde espacio de párrafos
y libros, sintiendo cada mónada sensible rozar mi piel hasta ensancharla, en
vivencia sutil que pretende encaramarse hasta el poema. Entre estas orillas de
palabras de sándalo y nostalgia suprema del beso apetecible, al compás
afianzado de este arte sutil al que investigo su misterio. Me quedo aquí,
varado en el abismo apetecible de la página, en busca de un exilio musical que
me lleve hacia otras residencias. Me quedo aquí, como una Penélope incansable,
esperando el idílico laúd de tu regreso...