Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
No te asustes, compañera,
de los hombres como yo,
si lloran, es de alegría,
si ríen, es de dolor.”
Augusto Ferrán.
NO HAY MASCARA TRAGICA
SIN LAGRIMAS
NI MASCARA COMICA SIN RISA
Digámoslo francamente. Todos nosotros somos tan sensibles al llanto como a la risa. Con
frecuencia prorrumpimos en estrepitosas carcajadas viendo representar una comedia de un
humorista que consideramos, sin embargo, perfectamente estúpido.
-¡Que majadería! -exclamamos-. ¡Qué animal debe ser el autor!
Y seguimos riéndonos a mandíbula batiente, sin el menor disimulo, dando por sobreentendido
que no es nuestro “yo” actual quien realmente se ríe sino más bien, mi “yo” anterior a nosotros;
mi “yo” ancestral.
-Nosotros estamos por encima de esa categoría de ingenio -parecemos decir-; pero nuestros
abuelos ¡se hubiesen divertido aquí tanto!
Y, no obstante, cuando un drama, como no sea de Shakespeare, hace asomar las lágrimas a
nuestros párpados, ¡qué esfuerzos los que realizamos para ocultar tales muestras de emoción!
¿Por qué hemos de ser tan pudorosos de nuestras lágrimas si lo somos tan poco de nuestra risa?
Generalmente se cree que las lágrimas demuestran ternura, bondad, amor al prójimo, y, si esta
creencia fuese exacta, convengo que sería prudente disimularla, porque, de no hacerlo así, lo
menos malo, que nos podría ocurrir al final del espectáculo, sería el tener que irnos a pie hasta
casa, desposeídos de nuestra última moneda pro algún amigo con aficiones psicológicas. Pero yo
no creo que la lágrima del filántropo sea más fácil que la del misántropo. Quizá la risa revele,
mejor que el llanto, cierta pureza de sentimientos, aunque lo probable es que, el llanto lo mismo
que la risa, no se produzcan casi nunca en el teatro más que a causa de excitaciones tan
artificiales como el jugo de cebolla o las cosquillas. ¿O es que la acción de un grito destemplado
sobre nuestro tímpano tiene un carácter menos mecánico que la de un ácido en contacto con
nuestras glándulas lacrimales?
Afirmaba Descartes que “el verdadero dolor no tiene lágrimas como la verdadera alegría no
tiene risa”. Y, sin embargo, nos dice el dicho popular que “la cara es el espejo del alma”. Y nos
parece adivinar en la expresión de un rostro el dolor o la alegría que afecta el alma. Descartes
nos dice, que ese dolor que llora o esa alegría que ríe no son el dolor y alegría verdaderos, de lo
cual parecería deducirse que son sólo su máscara expresiva. No hay máscara trágica sin lágrimas
ni máscara cómica sin risa.
Indudablemente no hay mayor deshonra en llorar que en reír, y siendo esto así, ¿por qué no
hemos de llorar públicamente con la misma facilidad con que reímos? Un amigo contaría algo
gracioso en la tertulia, y, como de costumbre, todos celebraríamos su ingenio con grandes
carcajadas. Luego, otro amigo nos haría un relato patético, y, durante cinco minutos, la reunión
entera lloraría a lágrima viva sobre las tazas de café. La vida sería entonces mucho más diversa
que ahora, y ciertos hombres y mujeres de humor melancólico, que actualmente se encuentran
postergados en sociedad, podrían hacer en ella un papel brillantísimo. No en vano, dijo el poeta:
“Te ríes cuando te digo / que eres causa de mis males: / ¡Pobre mujer!, ni siquiera / a tiempo
reírte sabes”.
Francisco Arias Solis
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