Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
-Ubícate en un lugar de tu vida, en
un momento muy grato, en un instante en que acaso sentiste la posibilidad
de volar, y quédate allí. Relájate y entra en ese lugar. Olvida las
preocupaciones, o mejor las pones en una maleta y que la maleta se pierda.
Deja los brazos tendidos y las piernas y las manos. Tus ojos, ciérralos.
Deja tu cuerpo en la arena, y escapa. Escápate hacia ese lugar de tu
vida, hacia el que fue el más hermoso.
Me lo estaba diciendo mi amigo Arturo Vera Farfán quien más de una vez
me ha librado del “stress” o la tristeza con el expediente sencillo de
mandarme a nadar o a contar las nubes. Me lo decía, y mis ojos se estaban
cerrando, mis brazos pesaban muchos kilos y mi cuerpo se hundía en el diván
mientras el recuerdo me llevaba lejos, muy lejos de allí. Tal vez en ese
momento comencé a conocer la ubicación exacta del Paraíso.
El Paraíso, según lo aprendí esa tarde en el consultorio de Arturo, se
halla ubicado exactamente en el camino de la playa que conduce hacia el
extremo sur de la bahía de Pacasmayo. Muy cerca del faro, de la peña
larga y de los restos del barco hundido de Sir Francis Drake.
Allí tiene que estar porque cuando mi amigo me sugirió pensar en un
lugar bello de mi vida, allí me vi.
Me vi con mi padre, caminando a su lado, mientras él me iba explicando cuán
saludable era el aire puro de la playa y qué se puede hacer para que uno
entienda las palabras del mar porque -como todos lo saben- el mar habla a los
que los que lo miran fijamente y saben escucharlo, y a veces también se
comunica con los que viven lejos, pero lo llaman. Los colma de recuerdos, los
trae al pasado, los hace vivir de nuevo el momento más bello de la existencia.
Mi padre contestaba todas mis preguntas con aplomo. Era abogado, el mejor
de la provincia, y su proximidad -antes que sus palabras- bastaba para infundir
seguridad al cliente más preocupado, pero era evidente que también sabía
hablar con los niños. Sus charlas al borde del océano colmaron mi fantasía
infantil y me hicieron saber que hay otro mundo pero está en este mundo.
Un día compró un pescado muy grande y pesado que pensaba obsequiar
a una familia pobre- creo recordar que era una inmensa corvina- y me ordenó
cargarlo. “Tienes que sentirte muy feliz de hacerlo”- me dijo “porque un
hombre que carga un pescado
para llevarlo a otros es la mera imagen del hombre bueno.”
En el fundo de arroz que también poseía, me pidió una vez que sacara un
poco de teirra con las manos y que luego besara el barro.
“Besa la tierra y ámala porque de ella vas a vivir.”
El doctor Eduardo González León, mi padre, nació un 16 de junio del
Novecientos, lo cual significa que este año su sombra amada cumple cien años.
Estudiante de Derecho en las universidades de Trujillo y en San Marcos, vivió
su tiempo con pasión y con verdad.
Administrador del diario “El Norte” de Trujillo, participó de la
bohemia de la maravillosa generación que allí se congregara.
Adhirió después a una fe revolucionaria que nunca abandonaría. Fue
electo diputado por el departamento de Cajamarca el año 36, en comicios que
luego la imposición gubernamental desconocería, y fue el resto de su vida un
abogado dispuesto a defender las mejores causas con la generosidad de quienes
ven en esta profesión un sacerdocio.
Recuerdo que, por las noches, algo cansado del trabajo, compartía conmigo
una función de cine y generalmente se quedaba dormido. Al salir de la sala, me
preguntaba cuál había sido el desenlace de la película, y yo le respondía
adornando los finales o inventado desarrollos sorpresivos si no estaba
satisfecho con lo que realmente se había visto en la pantalla.
Creo que mi padre se había dado cuenta de mis inventos, pero no me lo decía.
De vez en cuando, protestaba con una sonrisa: “Oye, hijo, yo no creo haberme
dormido tanto tiempo como para que hayan ocurrido tantas cosas. ¿No será
que tienes vocación de escritor?”
Cuando escribí mi primer cuento a los 14 años de edad - la historia de
una rebelión campesina- me llevó a su despacho jurídico y habló allí
conmigo como si fuera uno de sus clientes: “Por el texto veo, que te apasionan
la literatura y la lucha social. Quiero advertirte, Eduardo, que de esas cosas
no se vive en el Perú De esas cosas se muere.”
Le respondí que aceptaba ese destino si era el que me esperaba y que
acaso los hombres deben elegir una hermosa forma de morir.
“Esa es la respuesta que esperaba, hijo. Quiero que sepas que siempre
estaré de tu parte”
Y mi padre ha cumplido su promesa. Siempre ha estado conmigo aunque
una tarde de hace varias décadas se quedara dormido. Duerme allí bajo la
tierra que también alberga la sombra adorada de mi madre, y hoy que se
cumplen cien años del inicio de su camino por la tierra, voy a hacer lo
mismo que cuando se quedaba dormido en el cine. Voy a contarle la historia que
se ha perdido y quizás invente un desenlace
diferente.
Por eso me he ubicado en un lugar de mi vida que está junto al mar, y
como todos también lo saben, es en el mar donde se hallan ubicados los
recuerdos. Y aquí en este mar que no me deja, vuelven las memorias más
bellas y también las más tristes de mi vida. Vuelvo a ver y a caminar
con quienes he amado y amaré más que nunca jamás en este planeta como
lo sabe quien debe saberlo, y otra vez aquí dejaré que pasen el viento,
la historia del Perú, las gaviotas migratorias, las nubes, las mañanas y
las tardes y las noches y también las estrellas, y otra vez cien años en
que yo volveré con mi padre y con mi padre y con mis recuerdos y con
todos los que vuelven con todo el amor que derrota a la muerte.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana