Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
La semana pasada estuve haciendo una estadística de mis
actividades empresariales durante la década que ha terminado. Según mis cálculos,
he concedido 21 mil 500 créditos en ese período a uno 3 mil clientes que los
solicitaron en las empresas donde he trabajado en Berkeley, California y
Monmouth, Oregon, en los Estados Unidos.
No soy, sin embargo, un banquero ni presto servicios en alguna entidad
crediticia ni mucho menos vendo casas, zapatos, software, salchichas, acciones
en la bolsa o hamburguesas. Tal vez mi única conexión con la economía sean
las ficciones que de vez en cuando vendo, pero ellas no provienen precisamente
de mi actividad más lucrativa sino de mi terca vocación literaria.
Los créditos a los que aludo en el párrafo anterior los he concedido en mi
condición de catedrático en las universidades
arriba mencionadas.
“Crédito”... Dios mío!... es la palabra en inglés con la que ahora se
debe llamar a los que antes eran notas o grados.
Diseñado en Norteamérica y metido por la ventana de la imitación en nuestros
centros académicos, ese vocablo trata de equiparar en el maestro la noble función
de transmitir la sabiduría de una generación a otra con los meneos y regateos
de un traficante de bienes y servicios. En el otro lado, el estudiante deja de
ser un desinteresado buscador de la verdad para convertirse en un desconfiado
“cliente” y en un ávido y roñoso acumulador de créditos.
Se trata, por supuesto, de un típico producto linguístico norteamericano
(aunque haya maestros brillantes y generosos aquí, y sean ellos los primeros
disidentes). La ingenuidad “americana”, el afán por ser exactos y por
cuantificar en dólares cualquier acontecimiento de la vida humana han producido
confusiones tan aberantes como ésta y brutales reducciones del mundo físico
como aquella filosófica proclama de que “time is money”. Por desgracia, el
vocablo ya pasó las barreras aduaneras de la otra América y de diversos países
europeos entre los que también se cuenta España.
Pero hay más. La era de la globalización y la supuesta victoria del mercado
sobre la filosofía está significando un diluvio de palabras tomadas de ese
dominio y aplicadas a campos - concretamente, el de la educación- que ni
remotamente les corresponden. En este hecho, como en todo en la vida, lo malo no
son las palabras sino la intención que traen. Al lobo hay que mirarle los
colmillos en vez de alabarle su bello vestido de abuelita.
En décadas pasadas, expresiones como “aperturar” en vez de abrir y “al
interior” por no decir “dentro” o “en el interior” eran solamente
muestras de cursilería honesta. En nuestro tiempo, las palabras traídas del
mercado no son una sólo una tontería sino el anuncio tétrico de un futuro
regido por la economía en el que la existencia del hombre, controlada y
aritmetizada, se halle al servicio de un nuevo totalitarismo.
Al lado de los “créditos” se encuentran ya en el léxico de nuestra educación
vocablos como empresa, cliente, marketing, reingeniería y productividad. Aparte
de pronunciarlas para ganar estatus o prestigio, los nuevos teóricos de la
educación deberían mostrar al público el real contenido de ese
“producto-palabra” que tan empeñados están en vender.
Definir a la universidad como a una empresa y al estudiante como a un cliente es
uno de esos tantos despropósitos y-en dos frases- todo el contenido de las
charlas que hacen ganar miles de dólares a engolados conferencistas y
propagandistas de una supuesta nueva educación para el milenio.
Una universidad o un hospital no son “empresas” como sí lo es, por ejemplo,
la industria del calzado. Una fábrica de zapatos es creada para buscar un
normal beneficio económico y no, precisamente, para beneficiar a las plantas de
los pies de los seres humanos.
Por supuesto, los aplicados discípulos de Adam Smith pueden probar que la búsqueda
individual del beneficio supondrá indirectamente un mayor bienestar colectivo
y, por lo tanto, la nueva fábrica de zapatos será recibida con un suspiro de
alivio por las planats de los pies. La primera meta de un hospital o de una
universidad no es, sin embargo esa, y no debería serlo.
Claro que la universidad y el hospital deben ser administrados con rigor económico
y sin asumir riesgos que pongan en peligro su existencia, pero sus fines son la
salud y la educación en vez del lucro o del apetito primario del beneficio.
Aunque los teólogos de la libre empresa y los charlatanes de la
“excelencia” lo hagan, no hay que confundir el momento económico presente
en toda actividad humana con una empresarialización universal que ve en todo
una empresa.
Mantener a los hijos cuesta mucho dinero y los padres tienen que hacer maromas
con el sueldo, pero una familia no es una empresa. Una pareja de enamorados
tiene que buscar el sustento porque de lo contrario mueren y no pueden hacer el
amor, pero Romeo y Julieta no son de ningun modo Romeo& Julieta S.A.
Pensar en el estudiante como un “cliente” implica asumir que el cliente
siempre tiene la razón, y si mi alumno me dice que Caracas, Lima, Quito, Río
de Janeiro y Buenos Aires son ciudades de México, tendría yo que responderle:
“Digamos que tiene usted razón, pero mejor pasemos a otro punto.”
Hasta hace poco un estudiante era evaluado en base a lo que demostraba saber,
sobre todo durante los exámenes, de una determinada disciplina y en base a la
inteligencia y capacidad crítica con la que demostraba saber interpretar y
reelaborar dichas nociones.
Ahora, en cambio, más que esas destrezas, importa la cuantificación de los créditos
que directamente se refieren a la cantidad de dólares que el alumno
supuestamente “invirtió” en nuestras universidades.
Lo que hay detrás de todas estas nuevas palabras no es un contenido más
sublime ni más eficaz sino el decidido intento de capturar la educación y
transformarla en instrumento de un capitalismo cada vez más salvaje ys in
reglas, provisto de un despiadado mecanismo selectivo -la universidad- que deja
en el basurero cualqueir tipo de solidaridad con los más pobres y
desafortunados. Una aritmetización de la existencia. Una nueva forma de vivir
en el planeta Tierra.
(*) Se le puede escribir al e-mail: Gonzale@wou.edu
Los lectores están invitado a visitar su libro electrónico “El Correo
Invisible”:
http://www.geocities.com/egonzalezviana