Por : José Luis Mejía
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Hace unos días, obligado por circunstancias extrañas al fondo de estas líneas, di con mis huesos en los pasillos de una entidad pública. Antes de las ocho de la mañana, según pude verificar en mi magullado reloj al cinto, me encontraba rodeado de un mundo ajeno, de un alrededor que alguna vez fue mío y que los años, de la mano del inevitable apoltronamiento clasemediero, han ido alienando. Los corredores estaban colmados de personas de las más variadas pintas y aspectos. Abundaban, ciertamente, aquellos de condición sencilla que soportaban estoicos la desidia de la burocracia y el sectarismo infame que significa esa horrenda división entre "pagantes" y "subvencionados". Eso sí, donde hay pueblo, por más denso que sea el ambiente, hay frescura y naturalidad. Y hay comida.
En el Perú (y, a decir de mis amigos viajantes, en toda nuestra América Morena), es una institución, con prosapia y alcurnia, la venta de alimentos en la calle. Herederos de los tradicionales pregoneros, que desde tiempos de la colonia recorrían los jirones de la ciudad cantando y anunciando sus productos (“revolución caliente / música para los dientes / azúcar, clavo y canela / para rechinar las muelas”), los ambulantes de hoy ya no deambulan, se asientan en un determinado lugar del barrio y allí se quedan hasta que algún “reordenamiento municipal” los desaloja.
En la institución aquella donde me encontraba, decenas de señoras, entradas en carnes y en años, expedían los más variados potajes. Como el día empezaba, la especialidad de esa mañana eran los sánguches (hijos acriollados de ese maravilloso experimento que hiciera inmortal a Lord Sandwich, que la RAE rebautizó con el cacofónico y latoso nombre de “emparedados”). Los había de todo tipo, pero sobre todo destacaban los triples (que en su versión original consistían en tres rodajas de pan con huevo, tomate, palta y mayonesa); manjar fresco y contundente, sencillo de manejar, que hoy soporta la más increíble variedad de combinaciones. Sin embargo, para mi sorpresa, y a pesar del hambre que galopaba por mis intestinos, me resistí a probar esos alimentos de dudosa procedencia y envasado artesanal. Y me di cuenta que he envejecido.
En mis mocedades, cuando vivía en San Miguel, ese decadente y hermoso barrio a donde nos devolvió la crisis de los ochenta, era un placer disfrutar de las papas rellenas, en miniatura, que la señora aquella vendía a la puerta del “Imperio del Japón”, imponente construcción que albergaba a uno de los centros educativos estatales más grandes de la zona y que años atrás, cuando el distrito era lugar de veraneo para los señorones limeños, fuera la sede de la “Piscina Municipal”. Jamás pregunté el origen del producto ni me preocupé de las manchas de grasa que quedaban impregnadas en el papel manteca donde envolvían el manjar, en aquella época “colesterol” no era una mala palabra y mi estómago parecía blindado.
Yo estudiaba en el “Carmelitas” y tenía que tomar dos microbuses para acudir a clases. Uno, el del trayecto más corto, me llevaba desde el malecón Bertolotto hasta la avenida Brasil; y el otro, el más extenso, era el tramo que unía Magdalena y Miraflores, pasando por el señorial San Isidro.
Mis hermanos y yo, salíamos temprano de la casa, tomábamos ambos coches y, cuarenta o cincuenta minutos después, llegábamos al colegio. Con el paso de los años, fui quedándome sólo en la ruta. Ellos, mayores, terminaron su instrucción escolar y enrumbaron a distintos derroteros. Yo, mantuve ese recorrido un tiempo más. Levantarse al alba tenía sus réditos. Al tener la hora a favor y sobrarme los minutos, podía darme el lujo de caminar la docena de cuadras que separaban el 468 del malecón de mi segundo paradero. Regresaba, ya mocetón y adolescente, al término de mi vida colegial, cuando la noche caía. Alguna visita a la parentela, acompañar a alguna ingrata que se quedaba entrenando, una tarde entera poniendo al día a algún ocioso y querido amigo, o el simple placer de una conversación infinita, demoraban siempre mi llegada.
Cuando el microbús me dejaba en la penúltima cuadra de la avenida Brasil, ya muriendo el día, había que tomar una gran decisión. Abordar el micro de regreso o, si era muy tarde, gastarse también el pasaje ahorrado y utilizar los servicios del colectivo. Claro, siempre quedaba la posibilidad de desandar la ruta matinal y volver caminando. Esta última alternativa era la más peligrosa y la más preciada. Debía atravesar varias cuadras mal iluminadas donde no era extraño encontrarse con los fumones y borrachines del barrio. No obstante, ahorrarse dos pasajes permitía que mi lacónica economía tuviera un superávit que me daba acceso a los manjares que un carrito destartalado de comida ofrecía, desde las seis, a todos aquellos que, como yo, esperábamos la conexión vehicular.
Las monedas alcanzaban perfectamente para adquirir un vaso de emoliente (una bebida caliente fabricada con la mezcla de una serie de líquidos de los más diversos colores, que sirve para aliviar las molestias del húmedo invierno limeño) y un huevo duro (entregado con cáscara y todo en una especie de autoservicio que adelantaba en varios años a la famosa “fast food” que hoy inunda la capital). Si ahorraba un pasaje más o me caía una propina extra, podía cambiar el huevo por un sánguche de pollo y eso ya era una fiesta.
Cierto, los años nos vuelven más exigentes y el progreso económico nos permite acceder a manjares que nuestra niñez ignoró; sin embargo, pocas veces he sido más natural y más feliz que con mi viejo uniforme plomo, mi mochila gastada y el banquete magnífico, de emoliente y huevo duro, que me despachaba un rato antes de caminar las calles hacia la calidez de ese hogar sin mancha donde mi madre me esperaba.
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