Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“... y yo iba sólo no sé por qué avenida
envuelta en la niebla de noviembre
y rayé con una tiza el muro de mi hastío
como una pizarra de un escolar
y volví a recomenzar mi vida
por el poder de una palabra
escrita en silencio.
Libertad.”
Blas de Otero.
LA LIBERTAD TIENE FUTURO
La libertad está amenazada de mil maneras. Hay muchos pueblos del mundo
que no poseen libertad; otros la invocan y tampoco la poseen; en otros la
libertad está mediatizada y disminuida; en algunos, relativamente pocos,
la libertad tiene un lugar adecuado; siempre insuficiente, porque yo
imagino la historia como un incremento de la libertad, es decir, como una
progresiva humanización del hombre. Pero lo más grave, y esto me parece
el síntoma verdaderamente inquietante de muchas sociedades, es que la
libertad no interese. Hay gentes que quieren orden a cualquier precio, que
quieren prosperidad económica a cualquier precio, que quieren privilegios
a cualquier precio; hay quienes desean el poder para sí, para su grupo
político o para su país, a cualquier precio. Y entretanto la libertad se
pierde. Hay pocas personas en el mundo a quienes de verdad interese la
libertad, porque a aquellos a quienes les interese la suya sólo, no les
interesa la libertad, porque la libertad es de todos. Nadie puede ser
libre en una sociedad de esclavos. Es un espejismo pensar que el tirano es
libre. No se puede ser libre más que entre libres, no se es libre más
que con ellos.
Lo grave, pues, es el desinterés por la libertad. Un desinterés que a
veces procede de la atrofia de su uso. Hay países en que puede advertirse
la diferencia entre las distintas generaciones: hay generaciones que han
tenido el uso de la libertad -lo mismo que se habla del uso de la razón,
habría que hablar del uso de la libertad-; pero hay gentes que han nacido
en condiciones que no han permitido el uso pleno de la libertad. Estas
gentes tienen atrofiado un sentido espiritual, y desde luego no tienen
libertad; pero no es esto lo más grave, sino que no la echan de menos,
que se encuentran a gusto y felices sin ella.
A mí me interesa mucho que haya libertad. Y me interesa todavía más que
los hombres sean libres. La opresión es una atroz realidad que agobia a
muchos hombres y que ha agobiado a enormes porciones de la humanidad en
toda la historia universal. Pero la opresión inevitable es siempre momentánea.
La libertad puede ser sorprendida y subyugada, pero la esclavitud
duradera, la esclavitud permanente, es siempre aceptada.
La sociedad actual es tan compleja, los intereses son tan dispares, que es
muy fácil buscar la tentación de buscar la libertad solamente en un
aspecto, renunciando a los demás. A pesar de todo esto, de cuantas
amenazas, y bien reales y enérgicas, se ciernen sobre la libertad, yo
tengo muchos motivos de esperanza. Creo que la libertad tiene futuro. Por
lo pronto, la abundancia de medios, el enorme desarrollo de la economía
en la época actual, me parece algo decisivo, a lo que, paradójicamente,
no prestan demasiada atención aquellos que están interesados por la
libertad. En esto fío yo una de mis mayores esperanzas de que haya
libertad: en la elevación de la vida, en el acceso real de enorme número
de hombres a ciertas posibilidades que antes estaban reservada a muy
pocos.
Por otra parte, esta ampliación vital está llevando a una liberación
del tiempo. A medida que el hombre tiene que enajenar menos porción de su
tiempo, a medida que tiene que invertir menos en esos menesteres, en esas
faenas que ejecuta simplemente porque hay que hacerlas, le va quedando un
poco de vida suya, que puede tener cierto contenido personal. Y tan pronto
como en algunos países ese nuevo ocio se ha consolidado, han empezado a
surgir los proyectos y la vida más rica y con más sentido, la efectiva
elevación del nivel de vida, lo cual quiere decir sobre todo un
incremento de la imaginación.
Pero hay otros motivos, de distinto orden, de mi esperanza en la libertad.
Uno de ellos es su vigencia en gran parte del mundo. Una de las pocas
palabras sacras de esta época, es la palabra democracia. Naturalmente,
las realidades sacras son profanadas muchas veces, y la democracia es
profanada a cada paso; muchas veces se toma su nombre en falso, otras se
lo toma en vano, y casi siempre se añaden adjetivos. Pero al fin y al
cabo resulta que en el mundo actual casi nadie se atreve a decir que no es
demócrata. Y esto quiere decir que hay un imperio mudo de ciertos
principios con los cuales hay que contar, y es lo que se llama vigencia.
La democracia es vigente.
“Nunca he creído -decía Rousseau- que la libertad del hombre consista
en poder hacer lo que quiere, sino en no tener que hacer lo que no
quiere”. El hombre siempre puede decir: “No”. Los pícaros en
tiempos de Cervantes y Quevedo, cuando lo sometían al tormento, decían
que las mismas letras tiene un “sí” que un “no”. Yo creo que hay
que descubrir el No como gran potencia salvadora y liberadora. Hay que
saber decir “no”.
La vida humana tiene siempre varias posibilidades y el hombre tiene que
elegir, tiene que optar libremente entre ellas. Ortega, que investigó con
sin igual hondura esta condición libre del hombre, advertía que siempre
queda una posibilidad más: salir de la vida, dejar de vivir. Es decir,
que mientras el hombre vive, elige, y por consiguiente no tiene más
remedio que vivir en forma de libertad. Y como dijo el poeta: “Para la
libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos,
/ como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos”.
Francisco Arias Solis
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