Por : José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
Hoy que mis cientos y muchos kilos andan jugándole malas pasadas a mi presión arterial (confabulados con el colesterol ingrato que he alimentado tan cariñosamente por largos años) caigo en cuenta del tremendo error que cometí a mis doce años cuando decidí forzar los malestares de mi pie plano acudiendo a mi querido primo Michael, dermatólogo por más señas, quien a fuerza de ruegos y vencido por esa bohonimia que lo caracteriza, me hizo dueño de un certificado médico que dejaba constancia de un impedimento grave me descalificaba para ejecutar cualquier ejercicio físico.
¿Por qué lo hice? Es seguro que arrastrando el pésimo recuerdo de mis clases primariosas de gimnasia. Cómo olvidar los aciagos días en que nos veíamos tiranizados por un infausto profesor que, ahora a la distancia, se me asemeja a la figura cincuentona de Pinochet, la mirada torva, el gesto áspero, los bigotitos negros encaneciéndose y las órdenes cuasi militares con que pretendía poner en línea al medio centenar de chiquillos que recibía una vez a la semana en el patio chico del colegio. No lo recuerdo jamás aconsejando, enseñando o ilustrándonos respecto a las maravillas de trabajar la musculatura y cómo el trotar o la calistenia podrían servirnos en el futuro (este futuro que ya nos alcanzó guatones, fuera de forma, fumadores empedernidos, unos, bebedores peligrosamente sociales, otros; y todos, definitivamente todos, devorando el tiempo -y una hamburguesa rebosante- frente a nuestra sedentarísima computadora y a sólo media cuadra del infarto al miocardio).
El profesor Meza (de quien sólo ayer me dijeron que aún vive, muy avejentado y gruñón como de costumbre) no fue el paradigma que necesitábamos. ¡Pobre él! Teniendo que empeñarse con cincuenta fierecillas incontrolables, con poca paciencia y no mucho amor por sus pupilos. Si Renzo recordaba ayer que para seleccionar a los mejores atletas (que habrían de participar en los campeonatos escolares) no tenía mejor fórmula que reunir a la tropa, desordenada y confusa, en un extremo del patio, tocar un silbato y escoger, como los representantes del curso, a los que llegaban antes al otro lado (claro, sin tomar en cuenta empujones, zancadillas, salidas anticipadas y cuánta cosa podríamos hacer los mocosos que allí pugnábamos por un lugar en el tumulto); Gustavo no podía olvidar una foto del Gladius (la revista anual del colegio) donde se aprecia a una infinidad de muchachos repartiéndose patadas, golpes y porrazos tras lo que parece ser una pelota que todos quisieran capturar, una leyenda bajo la foto rezaba "¿Matagente? No, un partido de fulbito con el profesor Meza...".
Con esos antecedentes llegué a la secundaria vacunado. Dueño de una geografía generosa y descoordinado como cría de jirafa que no sabe qué hacer con sus extremidades (sumado a un falso orgullo ya entonces crecidito), me veía incapacitado para desarrollar correctamente mis clases de física. Así que, abusando de mi pobre primo, obtuve, para mi alegría (y para la cólera del nuevo profesor), el bendito certificado que me exoneró de la gimnasia.
En secundaria, el encargado de desarrollar las aptitudes deportivas de los púberes era el profesor Yáñez, más conocido como "el capataz". Nunca lo vimos mover un solo músculo. Nos esperaba en la cancha de fútbol con su buzo, muy correctito, luciendo un sombrero de ala ancha que lo protegía del inconstante sol limeño. Con un cronómetro colgado al cuello y el registro de notas en la diestra, nos recibía con las órdenes del día. Que salto alto, que gimnasia, que salto largo, que el famoso "test de Cooper" (¿cuánto puedes correr en doce minutos?). Daba las indicaciones, buscaba un lugar cómodo y fresco, empuñaba el libro de calificaciones y, por orden alfabético, empezaban los pruebas.
Cuando se enteró de mis gestiones administrativas que iban a hacer fracasar sus intentos de hacerme correr los cien metros en menos de veinte segundos, se molestó. Fue donde Rosaura, nuestra querida y consentidora directora de estudios, y dejó sentado su amarga queja. "No puede ser señorita, es un abuso, Mejía no sufre de nada, es un haragán sin remedio, me niego a aceptar este certificado, es un engaño, se está burlando de nosotros..." y la paciente Rosaura no perdía la sonrisa y asentía como prestando mucha atención y comprendiendo los lamentos del maestro. Finalmente le dijo, "lo siento, profesor, el certificado es auténtico y no puedo hacer nada, ¿no pretenderá que me ponga a investigar al médico?", "en absoluto, señorita, pero...", "pero nada, señor Yáñez, el alumno Mejía queda exonerado del curso de educación física, vea usted la manera de calificarlo teóricamente...".
Los primeros meses fueron difíciles. El docente me puso el ojo y empezó a exigirme una serie de trabajos escritos sobre la más extrañas disciplinas deportivas; encontrar, en una pequeña librería de mi barrio, manuales resumidos de cuanto deporte hubiera inventado el hombre, fue una revelación. Se me abrieron las puertas de la libertad. Bastaba con copiar los benditos manuales en la vieja máquina mecánica de la casa para salir airoso de las exigencias profesoriles. Como el tiempo todo lo vence, todo lo ablanda y todo lo corrompe, al paso de los meses, don Víctor se dio cuenta que podía serle de mucha utilidad y poco a poco fui asumiendo deberes como su asistente personal. Tomaba el tiempo, llevaba el registro, controlaba la ejecución de las tareas ordenadas y conversaba con él casi como un amigo.
Al paso de los años, su furia se convirtió en comprensión y su comprensión en solidaridad. Nunca más volví a escribir (copiar, claro) largas páginas con las reglas de cada deporte y obtenía, sin dificultad, buenos quinces y dieciséis que superaban largamente los onces y doces que los malos atletas (pero afanosos y valientes) arañaban al final del bimestre. La mayor ironía era exonerarme de la quinta nota. Si al final de los cuatro bimestres uno no obtenía un promedio superior a catorce (dos tercios de la nota vigesimal peruana), tenía que pasar por las orcas caudinas de una prueba resucitada entre los más arcaicos métodos pedagógicos. Yo, como se comprende, siempre superé esa media. Y sin mover un músculo.
Ahora, cargando estos muchos kilos y empeñado en deshacerme de ellos a fuerza de dietas infames, me imagino a Meza y Yáñez, mis queridos y ahora sexagenarios profesores, riéndose a carcajadas de la pastillita que tomo, mañana y noche, cada día, para controlar mi rebelde presión arterial.
-------------------------------------------------
© José Luis Mejía
jlmh@ezperu.com
http://www.buscoeditor.com
pepemejia@hotmail.com
Apartado 18-1319, Lima 18, PERU
ICQ# 24349676
Teléfono (51-1) 894-1926
-------------------------------------------------
Para suscribirse: lima-alta@eListas.net
Para cancelarse: lima-baja@eListas.net
-------------------------------------------------