Por : Diego Cruz
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Un día que buscaba la felicidad, sólo tuve que
esperar sentado en mi mesa de trabajo, hasta que transcurrieron por allí
unos instantes muy puros. Para ello aderecé el silencio con el concierto
de coronación de Morzart, no sin antes entretenerme en mirar un óleo
sobre lienzo de Vicent van Gogh, nominado "Les Vessenots en
Auvers".
Fue entonces, mirando aquella obra, cuando se produjo el milagro. La
techumbre rojo intenso de una de las casas se me fue filtrando por los
ojos, hasta que su brillo se iba licuando poco a poco en mi cerebro. Una
vez absorvida toda aquella tonalidad, hasta interiorizarla por completo,
las mucosas de la imaginación se pusieron a trabajar activamente, y por
aquél paraje de niebla yo sentí que un sueño incontaminado era en ese
momento el acto más importante que te llevaba a ser feliz.
Desde una barcarola ya fundida con el pensamiento, mi mejor amiga me
invitaba a cebar mate en su piso de Pozuelo, y tras aquellas palabras se
fue quedando en el complejo entramado de las neuronas un halo de espuma
muy literario y marítimo. Así las cosas, preparé algunos versos de
Neruda por si mi amor quedaba a poca altura; me vestí para ocasión tan
esperada y sobre las sienes coloqué un equipaje muy lustroso de amistad.
De tal forma que aquella tarde trajo hasta nosotros un lance de amor muy
poco cotidiano, cuyos minutos esmerilaron cientos de horas muy mohosas, de
las cuales, de vez en cuando, es necesario desprenderse. También hubo
besos eminentemente líricos, con humedades de melocotón y mar, que por
peldaños de labios querían ascender en aquellos momentos hasta la
atalaya más elevada del espíritu. Y nuestros nombres fueron una
significación poética trenzadao a la penumbra.
Un dia que busaba la felicidad, sólo tuve que esperar sentado en mi mesa
de trabajo, hasta que transcurrieron por allí unos instantes muy puros.
Desde entonces, ante demanda tan espiritual y metafísica, yo suelo
condimentarla con briznas de instantes que no son, sino, perlas de tiempo
que a veces nos pasan desapercibidas. La felicidad, pues, puede comenzar a
sentirse cuando principia el concierto de coronación de Mozart, brillar más
aún en el tejado rojo que un dia pintase Vicent van Gogh, hasta llegar a
ser un todo en tu imaginación que, si acaso eres creyente, te haga
entonar un tedéum muy puro de agradecimiento. Todo es cuestión de vivir,
y estar atentos.