Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
Cuando quiero vivir, pienso en la muerte.
Y cuando quiero ver, cierro los ojos.”
Manuel Machado.
NO HAY NADA MEJOR PARA MORIRSE EN PAZ
QUE VIVIR EN PAZ
Para algunos filósofos el sinsentido de la muerte es la muestra más contundente del absurdo de
la vida. Para otros filósofos y para muchos creyentes la muerte es un trámite, más o menos
importante, para el acceso a la otra vida. Y para otros, la muerte es un hecho. Ante el hecho de la
muerte no hay más posibilidad, ni más remedio: no podemos dejar de morirnos, somos humanos
y eso implica que somos mortales por naturaleza.
Si quisiéramos vislumbrar alguna característica positiva en el hecho de la muerte, creo que la
única sería la de que morirse es algo que todo el mundo hacemos impecablemente a la primera,
y este trato igualitario introduce una justicia en este mundo, aunque sólo sea al final de la
estancia en él. En efecto, no hay posibilidad de trampa ni excepción para las reglas del juego que
rigen: aquí nos morimos todos.
Así pues, la muerte es el fin de la vida, entendiendo este complemento “de la vida” como
genitivo objetivo, a saber, la vida se acaba con ese hecho. Mas si la muerte es un hecho, no deja
intacto el sentido de la vida: al estar ésta limitada por ese final que es la muerte, adquiere unos
rasgos que no tendrá la de un ser que pudiera vivir eternamente. No estoy diciendo que el sentido
a la vida se lo concede el hecho de la muerte, pero lo que es innegable es que sí le cambia la
perspectiva.
Desde esta posición no tenemos mucho interés en aprender a morir, sí, en cambio, y mucho por
la cuenta que nos trae -no hay alternativa-, en aprender a vivir; ante esta panorámica la muerte
convierte al hombre en un ser “para la vida”. De modo que lo único que podemos hacer es lo que
los hechos irrebatibles como el de la muerte permiten: aceptarlo y aprender cómo aceptarlo de
manera que nos ayude a vivir mejor, que es de lo que se trata una vez que estamos aquí.
Ahora bien, eso de vivir mejor supone una vertiente física de bienestar y salud y una vertiente
moral. El final de la salud es la muerte, de ahí que sean convenientes, en aras de potenciar la
calidad de vida, el cuidado y la prevención. No obstante, lo terrible de la muerte no es tanto ella
misma, en tanto que final, como el proceso previo, siempre lento, que es el morirse. el mal de
morirse radica en el dolor físico y desasosiego espiritual. Con el primero, el dolor físico, algo
puede hacer la técnica; lo segundo, el desasosiego, incumbe a la ética.
De la muerte propia podemos decir con Epicuro que ella y nosotros somos incompatibles,
porque cuando nosotros somos ella todavía no está, y cuando ella está nosotros ya no somos.
Respecto al temor a la muerte el mismo filósofo griego insiste en que vivimos nuestra propia
muerte, de modo que el temor sólo tiene sentido cuando pensamos en la muerte como si no
muriéramos del todo, como si todavía pudiéramos sentir la muerte, lo cual es simplemente
estúpido: la muerte es ausencia de toda sensación y entendimiento. A decir verdad, no creo que
sea cuestión de preocuparse en eso de la propia muerte pensando excesivamente en ella, mas
tampoco se trata de ignorar su peculiar “existencia” pues ello puede inducir a malgastar la vida.
De ahí la llamada epicúrea al cálculo racional de los placeres para obtener la ataraxia -ausencia
de dolor físico y de perturbación del alma-.
Mas si bien es cierto que no podemos vivir nuestra propia muerte, sí vivimos nuestro proceso de
morir, y ante esto sólo podemos apelar a los cuidados de la medicina para aminorar en lo posible
el dolor, y a nuestra conciencia moral para que nos permita morirnos en paz.
Y aquí la ética sólo permite cierta tranquilidad de conciencia cuando uno considera, en un cierto
estado de contento consigo mismo, que en lo posible ha cumplido con el deber, que no es otra
cosa en formulación kantiana, que tratar a la humanidad, tanto en nuestra persona como en la de
cualquier otro, siempre como un fin es sí mismo y nunca sólo como un mero medio. Más
concretamente, uno sólo puede morirse más o menos tranquilo si se ha ocupado a
autoperfeccionarse como persona y ha procurado hacer felices a los demás de la manera que los
demás desean. No hay nada mejor para morirse en paz que vivir en paz consigo mismo, algo
para lo que la conciencia moral no acepta sobornos. De ahí que sea prudente hacer balances,
cuando todavía hay tiempo: decir lo que debemos y queremos decir, hacer lo que debemos y
queremos hacer, y saber, antes del último momento, la hora de la verdad, lo que tiene
importancia y lo que no es importante. Por supuesto que todo eso implica tomarse la vida muy
en serio. Y como dijo el poeta: “Si no he tenido en mi vida / en donde caerme muerto / ¿para qué
voy a querer / después de muerto tenerlo?
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
e-mail: pazylibertad@arrakis.es
URL: http://www.arrakis.es/~aarias
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Aviso: Se ruega a los poetas que participen en el IV Festival Poético por la Paz y la
Libertad, cuya convocatoria figura en la URL: http://www.arrakis.es/~aarias/poemaIV.htm
Invitación que se hace extensiva a los colegios para que también todos los escolares del mundo
pongan en el corazón de los valores universales la paz y la libertad.
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