HUMANIDAD
Por : I. Gray Milsztain
bolo@ciudad.com.ar
Bajó del bosque al gran lago sabiendo que el día venidero no seria de gran gracia, así que se quito el sombrero, apoyo la vieja valija, y se sentó en la orilla cerquita del agua. El clima abrazaba a las piedras y el calor brillando en el agua dejó ver un pez plateado que al instante desapareció tras su sombra. Ahora, el viento zumbaba como no había sabido hacerlo antes de llegar, zumbaba despacio y agudo, los arboles cercanos devolvían murmullos y Jorge Bor planeó descansar un largo rato como la vida oliendo el dulce placer del saberse estando a salvo. Quitó los zapatos rotosos de sus pies roídos, volvió a ponerse el sombrero y levantó la vista para ver por primera vez el paisaje que se le presentaba como parte de la tierra y jardín de la naturaleza. Extendió sus dedos y apoyó sus viejas manos en el barro. Inclinado sobre las rodillas lavó sus brazos y refresco su cara al tiempo que meditaba en el por qué no había podido hallar un antónimo para la palabra rostro.
La vida es como salir y entrar de un pozo de esos que nunca se descubren y se tapan con deseo. El pozo, se dijo a si mismo, es donde siempre se busca la felicidad, ¿pero por qué es que no la encuentro? Será posiblemente que entonces esté huyendo, que donde quiero esconderme me atrapo y no estoy donde pensé que estaría. Jorge Bor recordó con el silencio del viento un hombre que poco hablaba, y a veces decía: Cuando la serpiente del desierto está en el hoyo y el hogar es tibio. Y de lo que le da la tierra se nutre solamente. La serpiente haya la paz. Jorge Bor pensó que la tontera de aquel hombre no tenia limites, y volvió a hablar en voz alta dirigiéndose al Sol ¿Será posible que seamos bichitos?, el hombre que hablaba poco decía que para que exista nuestro Dios, el Sol era fundamental.
Jorge Bor no supo si reflexionó antes o después de tal interrogante en la posibilidad de que si existía tal poder en todo eso que llaman divinidad; seguramente ésta tendría cosas más importantes por que preocuparse. Que ese sol, es un grano de arena o el pétalo de una flor, en medio del mayor desierto y de cualquier selva, y que no existe la posibilidad de que por lo que Dios entienden exista, sin ese astro. Posiblemente, residuo de cualquier capricho o accidente divino.
¿Cómo es que seguís viviendo con esto encima?, le preguntó secretamente el narrador. Jorge Bor miró debajo de una roca y halló una gota de cristal que le devolvía brillantes e infinitas imágenes. La corrió un poco y ahí estaba él. Volvió a dejar la roca en su lugar. Otro bicho, pensó, somos incontables y estamos en todas partes. Accedió a la seducción de la tierra y cedió al peso de su cuerpo recostándose para descansar. Cerró los ojos sin olvidar lo que quedaba fuera de la vista, y murmuró entre confesión y alegría: se que voy a volver con ellos, irremediablemente los necesito. Puesto que soy humano, ningún refugio me va a dar todo lo que podrían darme en felicidad.
I. Gray MilsztainNota: Para la explicación del relato se hace imposible no pasar por el diccionario.
A grandes rasgos: Inteligible, inteligencia, inteligente, intelectual, voz clara que viene de otro lado y no pasa por los sentidos, materia y materialidad de conocimiento.
Si los intelectuales hacen al mundo y comparten su vida con el mundo que intentan entender, la dimensión de los sentidos inevitablemente los terminara distrayendo de la tarea fundamental del pensar. Así, ridículamente nos iremos estancando en aparatos de poder, y de oposición, anclados y enraizados en comunidades semi globales, dirigidas e impulsadas por gente pensante, que poco a poco ha dejado de pensar. Jorge Bor ha visto esto entre sus meditaciones, y es por eso que había decidido buscar descanso lejos de la civilización.