QUIEN SABE
Por : I. Gray Milsztain
bolo@ciudad.com.ar
Cuentan las letras que corría el año cuarto cuando Manuel Aragón, hijo de aragoneses, habitaba en tierras de Andalucía.
Para ese tiempo había derrochado ya sus herencias y dedicaba los largos días a elaborar delicadas estafas y trampas para quitar dinero a sus generosas y nada ingenuas amistades.
Buscaba, Manuel, a pesar de su ruina, un camino, tal vez un objetivo, que guiara sus pasos sin librarse en toda idea que hilaba de las traiciones en las que jugo de victimario y que pesaban, - o mejor dicho- que las hacían pesar, sus víctimas siempre expectantes de hallar una grieta de flaqueza. Y entonces la venganza.
Mas un día cerca del crepúsculo, descubrió Manuel el secreto de la fama.
Reuniendo en torno a su mesa cuanta persona conocía descubrioles su secreto:
- Amigos, he descubierto el secreto de la fama.- Que tras una extensa y aburrida explicación confeso no saber utilizarlo.
- ! Escribe un libro acerca de ello!, propuso un viejo tío que había venido desde Madrid.
- He olvidado cómo escribir -, respondió Manuel con vergüenza.
Un vecino dando un paso al frente y arrepintiéndose en el acto de su audacia explico a Manuel que si se acercara él mismo ante el rey, pidiendo su bendición, y otorgándole el secreto de la fama, este lo llenaría de oro y ganado y cuando todo se le haya acabado volvería a darle más de lo mismo.
El orgulloso Manuel excuso no simpatizar con la corona, alego que la fama era su secreto y que no quería mal venderlo.
Al fondo de la sala escondido tras el murmullo descansaba Joaquín en un sillón meditando la cuestión que pesaba en el ambiente.
Aprovechando una grieta de silencio alzo la voz Joaquín tras aclarar la garganta logrando que todos prestaran atención a su breve discurso:
- Has probado la locura, amigo mío...?
- Ah, si!, la locura, eterna y hermosa prima del sueño y de la muerte. Hermano sea mi obra gracias a ti.
Manuel selecciono cuidadosamente a los que serian sus profetas y con el tiempo su secreto, que ya no lo era, se expandió por toda España, Portugal y medio oriente.
Todas las voces decían, como cuentan las letras, que Manuel el loco era un genio y parecía ser que su formula funcionaba.
Llegando el año séptimo reposaba Manuel sobre el lecho de su fama, con la locura de compañera, cuando sonó la campana a su puerta, e inmediatamente, antes de que Manuel pudiera reaccionar, entraron los soldados del Papa. Sin resistencia alguna los acompaño en placido viaje hacia Roma, creyendo y soñando que prontamente conocería al Papa en persona, pero en lugar del dorado Vaticano dio por conocer el frío manicomio.
Ya no cuentan las letras que encerraron a Manuel de por vida quien sabe por que causa.
Pero las voces decían "Manuel es un genio", y Joaquín paladeaba el dulce sabor de la venganza desde el primer momento en que hablo desde el fondo del murmullo.
I. Gray Milsztain