Triunfar y fracasar En las fronteras de la desintegracion
Por : I. Gray Milsztain
bolo@ciudad.com.ar
Sobre el triunfo y el fracaso.
Hay quienes prefieren triunfar en la vida, y hay quienes también prefieren hacerlo. Seria difícil salir por ahí preguntando y hallar alguien que afirmara confiadamente “No, gracias, yo no quiero triunfar”. En tal caso nos encontraríamos, posiblemente, ante alguien que esta confundiendo la idea original de la palabra triunfar con todo aquello que no hace a lo que realmente significa ganar u obtener el éxito para los hombres. Si cualquier hombre puede hacerlo – dirá nuestro interlocutor - por qué yo no puedo aspirar a tener mis propios triunfos. Yo soy diferente, a ti me opongo para ser yo mismo –replicará. Y allí, según el parecer general, tendremos que darle la razón. Pero esto no siempre es así.
Claro que el hombre tiene derecho de elegir cuales son sus objetivos en pos de sus aspiraciones, no es eso por ahora lo que estamos poniendo en duda, es más la posibilidad de que nuestro ya desconocido amigo no tenga razón lo que nos inquieta. ¿Será posible que no necesite ser diferente a mi para ser él mismo?. Y quizá la respuesta en algunos casos sea si. Pero además de seres somos humanos, y no todas las categorías de seres son iguales. Somos un tanto más complejos de comprender. El entramado de las ideas comunes y el influjo que la vida coercitiva ejerce sobre la dirección de las mismas hace que no podamos hallar fácilmente y a primera vista qué carga de significado y en qué modo, tanto el ideal de triunfo como el de fracaso, afectan en las decisiones que hacen al devenir natural de nuestra existencia.
Parece ser que triunfo y fracaso no son seres. Que triunfar y fracasar necesitaran siempre sujetos que sean modificados a partir de tales parámetros organizativos del pensamiento.
A alguien se le habrá ocurrido ya que tales términos no pueden ser considerados como entidades independientes, y que por lo tanto no se les deben aplicar categorías tales como ser. Así, y con fundamentos igualmente validos, otros sostendrán que ideas y lenguaje no son lo mismo. Que no importa la forma, la idea es mas pura.
¿Debemos preguntarnos acerca del sentido de estas palabras para aproximarnos a su realidad? Antes de incurrir en semejante error de método, como seria tomar ambos términos por separado e intentar comprenderlos como si fueran contrarios, nos conviene recordar que el sentido nunca esta solamente en uno de los dos términos de una dualidad, ya sea que oponga cosas y proposiciones, ya que lo haga con sustantivos o verbos. Pues en el sentido halla su lugar la frontera, siendo ésta el filo o la articulación de la diferencia entre los dos contrarios. Entonces, en caso de que se halle alguna verdad detrás de todo esto, intuimos que debe ser buscada en la relación de flujos del pensamiento, y no en lo estático del signo aislado de su sistema.
Tarea fácil seria relativizar la pareja de opuestos que hoy nos ocupa. Ciertamente no parece demandar demasiado esfuerzo la misión de articularlos de modo tal que podamos enunciar: “lo que para un hombre significa fracasar no es necesariamente lo que significa para todos los hombres”. De la misma forma podríamos decir “lo que para los hombres significa triunfar en nada se acerca a mi ideal de vida”. Tal juego de relación simple especular sólo nos llevaría a simplificar la cuestión y decantaría nuestras conclusiones hacia el fondo del sinsentido que implica un modelo cerrado cuando realmente no lo es. Triunfar y fracasar son nociones que, a pesar de parecer puro lenguaje y llevarnos hasta el campo dialéctico, no pueden ser desligadas del desarrollo de la vida humana. Apresuradamente para el ritmo de nuestro análisis nos arriesgaremos a afirmar que así como lo Bueno o el Saber de Platon, también las aspiraciones de no fracaso y triunfo son trascendentales e intrínsecas a la historia del hombre y el pensamiento. Aquí nuevamente debemos recordar que nosotros somos humanos, lo que hace, como ya dijimos antes, un poco mas complicada la cuestión; pues siempre requiere mayor trabajo intentar comprender un sistema del cual somos parte activa, que dar fe de los procesos que suceden alrededor nuestro mientras creemos que en nada nos afectan. ¿Seria imposible pedirle a las matemáticas que se expliquen por si mismas?. La respuesta es si. No estaríamos bien encaminados si nos propusiéramos explicar las matemáticas desde las matemáticas mismas. Algo parecido sucede con la vida y el contexto lúdico que ésta exige.
Hace unas líneas pensábamos en la simple relativización que implicaría poner de manifiesto en primera instancia el contraste evidente y necesario en pareja de opuestos tal. No faltan en nuestra cultura occidental anécdotas relevantes (como seguramente no faltaran ahora casos en el lector) donde el sentido que aflora más fácilmente de la idea triunfo se ve trastocado por una actitud que parecería no responder a nuestras expectativas lingüístico sociales. Sepámoslo de antemano: triunfar no implica necesariamente ganar. Y si implica ganar, en su acepción de acumular, deberíamos preguntarnos entonces si realmente importa el qué se esta sumando a nuestra colección de ganancias, o si lo menos importante es el material y la forma en que nuestro impulso se concreta y manifiesta. Algo así como la metáfora de nuestra realización.
Este año se cumple el vigésimo aniversario de la muerte de Jean-Paul Sartre, aquel hombre que afirmara sobre su propia condena “yo soy mi libertad”. El mismo hombre, por demás arduo y enigmático filosofo, que tuviera en el año 1964 la valentía de rechazar un Premio Novel, así como lo hiciera unos años antes con la Legión de Honor. ¿Quién podría afirmar a sus anchas que Sartre fracasó o triunfó?. Ciertamente creo que nadie podría hacerlo. Para decidirnos sobre tal cuestión deberíamos abocarnos a la comprensión entera de la obra sartreana y ver en que casos el hombre fue fiel a sus ideas. Una vez llegado el momento en el que estuviéramos preparados para dar una respuesta, deberíamos detenernos y ver entonces cual es (en caso de que exista) la relación de causalidades existentes entre las aspiraciones individuales del filosofo como sujeto, y lo que en un contexto histórico determinado se espera de sus intelectuales. Para bien o para mal, no será ahora ni somos nosotros quienes decidiremos esto, parece ser que a pesar de que Sartre en semejante situación parecería no haber ganado nada, nos queda casi la certeza de que si rechazo los premios por algo lo habrá echo, y ese algo puede ser traducido como sus ansias de triunfar.
Alguna pista de lo que queremos decir nos acercaba Albert Einstein cuando en ocasión del setenta aniversario del nacimiento de Gandhi (en mil novecientos treinta y nueve) se refirió a él como “Político cuyo éxito no se basa en la habilidad ni en el control de instrumentos técnicos, sino simplemente en el poder de convicción de su personalidad. Victorioso luchador que se ha burlado siempre del uso de la fuerza. (...) Un hombre que se ha enfrentado a la brutalidad de Europa con la dignidad de un simple ser humano, mostrando así siempre su superioridad.”. ¡Cuanto nos hubiese gustado un final más optimista en el pequeño articulo publicado en Out of My Later Years!. Pero sabiamente concluye el físico más lucido de nuestro siglo: “Puede que las futuras generaciones no sean capaces de creer que un hombre como éste se haya paseado alguna vez por esta tierra en carne y hueso.”
Llegado este punto todavía podríamos vernos inclinados a pensar que el triunfo y el fracaso son dualmente opuestos. Que lo que uno significa no lo significa el otro y que podrían en cualquier caso ser diferenciados por contraste. Pero esto es un graso error. Las formas fenomenologicas interiores al individuo y manifiestas en sus acciones nos hacen sospechar que la multiplicidad de posibilidades en la interpretación, tan infinitas como las subjetividades existentes, nos obligan por su misma naturaleza cuantitativa, a recurrir y hechar mano sobre un sistema un tanto mas complejo que nos permita empezar a sondear en las profundidades de sus implicancias. Triunfar y fracasar, entonces, son múltiples e infinitos tanto en sus sentidos como en quienes piensan y se mueven sobre ellos. Pero no por eso se tornan inabarcables. Ontológicamente semejante multiplicidad nos llevara hasta la armonía de lo Uno.
El combate es Rey y Padre de todo. De esta forma podría enunciarse la formula capital de Heráclito de Éfeso. Aquel presocratico que diferenciándose del pitagorismo pacificador y conciliador, replicaba con la Guerra Universal y la ausencia de toda conciliación y de toda unión de contrarios. No es casual que los antiguos del siglo VI a.C. le hubiesen denominado “el Oscuro” y “el Creador de Enigmas”. Casi todos los humanos – escriben que Heraclito decía– se contentan perezosamente con una sabiduría soñada que se limita a particularidades individuales e inmoviliza el devenir en las pruebas sensibles. Nietzsche, varios siglos más tarde, escribirá “el testimonio inmediato y pasivo de los sentidos constituye un error fijista”. Heraclito dio en nombrar al eterno devenir como “el fuego que vemos en nuestra más inmediata experiencia devorar luminosamente los demás elementos”. Podríamos resumir así la intuición de éste padre de la Filosofía: una unidad simple es ficticia, una pluralidad inorgánica tampoco forma un mundo, la oposición implica únicamente la unidad de la diversidad y la identidad de las diferencias, pues los términos opuestos sólo existen unos por otros al mismo tiempo que mantienen entre ellos una diferencia irreductible. La discordia, el combate, pasaba así a ser la única creadora: existir es ya un combate- nos advertía- ya estar en combate en un movimiento en el que la pluralidad se mantiene por el conflicto, la unidad por la identidad profunda de los antagonistas. La inmovilidad, lo fijista, encubre en la determinación de la materia visible un movimiento que nuestros ojos no llegan a aprehender.
Quizá sea momento de introducir algunos detalles más antes de seguir avanzando. La atención que merece la cuestión sobre la cual nos estamos moviendo no es puramente, ni siquiera esta cercana, al simple regodeo y extravío que produce el pensar por el pensar. Yo, al menos, no podría discutir, ni quisiera hacerlo, con afirmación tal como que “la única condición del bien pensar es la condición del bien vivir”. Tengamos este axioma en cuenta y consideremos los triunfos y fracasos de cada hombre como aquello que condiciona directamente las decisiones que potencialmente éste puede tomar. ¿O acaso se equivocara Einstein al afirmar que el autentico valor de un ser humano depende, en principio, de en qué medida y en qué sentido haya logrado liberarse del Yo.?
A primera vista estaríamos en condiciones de sostener que las aspiraciones de un sujeto, manifiestas en sus objetivos y en pos de lo que cada uno considera el triunfo, se ven directamente condicionadas y elaboradas desde aquellos factores que hacen a la construcción del Yo desde las condiciones materiales de existencia. Si el Yo esta constituido por los fenómenos coercitivos y así lo que jamas podría haber sido (la conciencia individual) aspira a deseos y satisfacciones signados necesariamente por esa coerción, se sigue fácilmente que en la gran parte de los casos en los que estaremos poniendo objetivos a nuestra vida, no partirán éstos de lo que nos gustaría que fuera una elección personal, sino que los triunfos y fracasos hacia los cuales nos dirigimos son colectivos. ¿Podríamos negar que todos los hombres buscan su propio triunfo, ya se consideren individuales o colectivos? Parece difícil hacerlo. Y por aquí reside la importancia del preguntarse y pensar acerca de tales términos como triunfar y fracasar. Palabras estas que podrían ser agrupadas bajo aquel conjunto de términos que Barthes gusto en llamar “demoniacos” cuando en La cábala y la critica se refería a la tradicion como aquel significado que siempre hallara un significante anterior, remitiéndonos constantemente a la falta de un referente donde anclar su sentido. Siendo que lo que aquí tratamos parece de vital importancia en lo que hace a nuestras vidas, y recordando aquello de la condición del bien pensar, no podemos dejar pasar semejante oportunidad de detenernos sobre lo que hace al bienestar de todos los hombres. De alguna forma debemos evitar que quede librado a la simple especulación.
¿Pero cual es el sistema que nos permitirá en definitiva acercarnos un poco mas a la naturaleza real de nuestro objeto? Ciertamente parece ser la vida misma. ¡Gran problema de todos los pensadores y solución a todos los males!. Por razones obvias no podremos esbozar ahora un “sistema de la vida”. Porque si existen términos más demoniacos que bien y mal, que triunfar y fracasar, seguramente Vida seria uno de ellos.
Igual que con las matemáticas, sucede que no promete mucho triunfo embarcarse detrás de la comprensión de los aspectos de la vida si partimos de la vida misma. ¿Por donde se debe empezar a hablar de ésta?. Acuden en nuestra ayuda construcciones como Dios; Naturaleza; Hombre; Cosmos, y tantos otros que si bien no se nos podría ocurrir dudar de su importancia, no harán en este momento mas que complicar nuestro avance. Deberemos entonces tomar distancia de nuestro objeto, dado que éste nos incluye en su lógica, y salir del sistema que nos mantiene cautivos para no intentar comprenderlo desde adentro.
En un primer momento, y tomando en cuenta lo ya expuesto acerca de Heraclito sobre la armonía dada por el devenir manifiesto en la lucha por el ser propio, debemos recurrir nuevamente a Jean-Paul Sartre a fin de concebir cómo es que desde lo coercitivo, el hombre, el yo, y sus objetivos son la misma cosa. Han pasado ahora a ser uno sólo. Sostenía Sartre en El ser y la nada (1943) que el pensamiento moderno habría realizado un progreso considerable al reducir lo existente a la serie de las apariciones que lo manifiestan. Si bien el filosofo opina que con ello se apuntó a suprimir cierto numero de dualismos que causaban embarazo a la filosofía, renglón seguido nos explica cómo se ha eliminado ese dualismo que opone en lo existente lo interior a lo exterior. Ya no habría un exterior de lo existente, si se entiende por ello algo superficial que disimularía a la mirada la verdadera naturaleza del objeto. Esta verdadera naturaleza, a su vez, siendo la realidad secreta de la cosa, que puede ser sospechada o supuesta, pero jamas alcanzada porque ha pasado a ser “interior”, tampoco existe. Las apariciones –para Sartre- que manifiestan lo existente no son interiores ni exteriores: son equivalentes entre si, y remiten todas a otras apariciones sin que ninguna de ellas sea privilegiada. Así, el ser de un existente (para nuestro caso el hombre) pasó a ser “lo que parece”. Lo que el fenómeno es, lo es absolutamente y es indicativo de sí mismo. El ser del hombre, su yo, y todos los aspectos sociales que lo hacen hombre, pasan a ser un mismo objeto, lo constituyen como uno, sin interior y exterior. El hombre es lo que manifiesta, y por ahora el hombre parece manifestarse a través de sus acciones, que como ya dijimos, están dirigidas por sus aspiraciones, las cuales lo llevaran teóricamente hasta su realización y por lo tanto hasta el triunfo.
La vida, el trascender, el devenir, el estar ahí, o la simple conciencia de poder modificar la materia, puede ser lógicamente pensada como un juego. Un largo camino siempre a recorrer donde hay quienes sostienen que la predeterminación estará siempre condicionando el libre albedrío y donde hay otros que igualmente convencidos sostendrán que nada hay de eso llamado predestinación. O que si lo hubiera, ningún sentido tendría especular con aquello que jamas podrá ser conocido. Algo así como lo “interior” de Sartre. No será nuestro objetivo dilucidar si uno u otro merecen la atención de nuestro pensamiento. Pero se presenta si de importancia relevante intentar recorrer un poco el camino en que se toman las decisiones para ver qué sentido real tienen los términos triunfo y fracaso, siendo que siempre el azar es el que decidirá por nosotros.
Como ya vimos triunfar y fracasar no son seres, no tienen existencia material, son construcciones ideales, y como tales debemos usar con ellos sistemas que nos permitan acercarnos a su funcionamiento en este campo. Afortunadamente para muchos, entre ellos nosotros, existió, pensó y escribió en este siglo un hombre al que llamaban Gilles Deleuze. En el año 1969 este filosofo francés afirmaba en su Lógica del sentido que nuestros juegos conocidos responden a cierto numero de principios que pueden ser definidos tanto en los juegos de destreza como en los de azar. Rápidamente, pues un análisis de Deleuze casi siempre exige más tiempo del que en general tenemos, los principios a los que se refiere pueden ser diferenciados en la siguiente forma: a) un conjunto de normas debe preexistir al ejercicio del juego, tales tienen un valor categórico a lo largo de la partida; b) estas reglas determinan hipótesis que dividen al azar, hipótesis de perdida o ganancia; c) organizan el ejercicio del juego en una pluralidad de tiradas, real y numéricamente distintas, realizando cada una de ellas una distribución fija que cae bajo tal o cual caso; d) las consecuencias de las tiradas se ordenan según la alternancia “victoria o derrota”.
Estos cuatro principios los nombraremos como “caracteres de los juegos nominales” y pueden ser enunciados de la siguiente forma: reglas categóricas preexistentes, hipótesis distributivas, distribuciones fijas y numéricamente distintas y por ultimo los resultados consecuentes. Hemos de hacer notar que estos juegos conocidos retienen el azar en ciertos puntos y dejan al resto el desarrollo mecánico de las consecuencias o a la destreza como arte de la causalidad. En los juegos, como en la vida, existe la dualidad azar-consecuencia. Es así obligado que siendo ellos mixtos remitan a otro tipo de actividad como pueden ser la moral o el trabajo, de los que son caricaturas o contrapartidas. En la vida, como en el juego, a veces conocemos las consecuencias, cuando no las conocemos interviene el azar. Y cuando creemos conocerlas y obramos en función de ello es por que así triunfaremos.
Existen juegos de azar y juegos de destreza. La vida puede ser un libre albedrío o una total predeterminación. De todas formas no podremos dilucidar si nuestra predeterminación es el libre albedrío o es al revés.