Por : Eduardo González Viaña
gonzale@wou.edu
Anoche visité la casa donde viví mi
infancia en el puerto de Pacasmayo. Fue en sueños, naturalmente, porque no he
entrado en ella desde los tiempos de mi adolescencia, y quizás ya no sea como
era antes, tal vez ha cambiado tanto como yo en todos estos años, pero lo
cierto es que me veía entrar solo en ella, y tenía que recorrerla desde la
puerta de entrada hasta la que daba a la otra calle.
Era de noche también en el sueño, y yo tenía que ir prendiendo las luces de
la sala, el comedor, los cuartos, la cocina, uno tras de otros, y cuando llegué
al fondo se me ocurrió que estaba entrando al fondo de mi vida, y tuve miedo y
frío.
-Ya no estarán conmigo mis padres- pensé- y mis hermanas viven lejos. Me
sentiría mejor si todo fuera como antes.
A lo mejor todo era como antes, y nada había cambiado, porque todo el ayer está
en el ahora cuando las cosas suceden en un sueño o acontecen dentro del corazón.
En la noche colgaba una luna amarilla y solitaria tan parecida a una naranja que
nadie hubiera podido decir cuál era cuál.
Pensé que la gente dedicada a recordar se parece demasiado a la luna. -Si te ve
ahora, la luna pensará que tú eres la luna- se me ocurrió.
Por fin, de pieza en pieza, creo que fui a dar con la puerta trasera que debería
ofrecer acceso a la otra calle, pero en el sueño me hacía entrar en otro sueño
y en otra vida.
Me dije: - En cuando abra esta puerta, penetraré en otra ciudad, la que al
final también tendrá otra puerta que abriré para entrar en otro paisaje, que
también tendrá otra puerta, y así estaré entrando y saliendo a través de
patios y casas, ríos y bosques, historias y lagos, montes y países, amores y
desamparos, caminos, mares, aventuras y planetas.
Un libro es como la puerta que vi en mis sueños.
Caminamos con él a solas por el mundo y por la noche. Nos permite iluminar las
habitaciones y los tiempos más sombríos.
Nos instala en el universo, confundidos entre los astros. Nos hace creer que ésta,
y todas las noches, todos en el mundo estamos soñando el mismo sueño. Por fin,
se abre y nos deja entrar a un número infinito de otras puertas y caminos.
El lector mira fijamente una superficie blanca cubierta de letras a las que
persigue con los ojos. De izquierda a derecha y de arriba hacia abajo, la vista
adquiere cierta voracidad por esos signos que se convierten en caminos y
significados. El roce entre la vista y la superficie del papel no produce
desgaste y, sin embargo, inaugura una infatigable arquitectura de ciudades y de
sueños y se transforma en una puerta que se abre hacia un espacio misterioso.
En ese territorio, discurren los anhelos y las ilusiones de los hombres. Se
instala la ficción y la maravilla. La comunidad humana convierte al libro en su
desván de recuerdos y en el notario que habrá de transmitirlos de una generación
a otra y a las otras para garantizar que habrá hombres y recuerdos por los
siglos de los siglos hasta el día de la resurrección de la carne y la vida
perdurable.
En el camino, la comunidad se hace “humana” porque el animal que lee se
transforma en hombre, y este hombre borra las fronteras entre los que viven y
los difuntos, se traslada sin moverse a países prodigiosos y a historias
adormecidas como la de Ulises que, todo el tiempo, continuará navegando hacia
la dorada Itaca. Pero lo más importante de todo es que el lector aprende a no
morir, o por lo menos a no morir por completo, lo cual es el atributo primero de
la especie humana.
Estoy escribiendo de memoria, y creo que dije estas cosas al público hace unas
noches cuando presentaba mi libro “El Correo Invisible” y pensaba
terminar allí cuando se me ocurrió añadir que lo misterioso de toda esta
historia reside en que el libro es la casa donde para siempre vive la palabra
humana.
Entre todos los ruidos y sonidos que han surgido en el antes silencioso
universo, la palabra es el único que tiene un poder por sí mismo. En sánscrito
se llama mantra al sonido que es capaz de producir cambios en la naturaleza, y
de eso se trata.
No hay otro sonido que ostente esos poderes. Algo quieren decir, pero no
terminan de hacerlo, el romper de las olas sobre la playa desierta, el retumbar
de la catarata, el susurro de los bosques, la declaración del viento, el
crepitar de las hojas, los pasos de la lluvia, el croar, el maullar y los
ladridos, la voz luminosa de los pájaros y el sonido de las campanas que
solamente resuenan en nuestros recuerdos, pero la palabra es distinta.
La palabra declara el amor y la guerra, transmite el secreto y la alegría,
comunica la amargura y el olvido, celebra la ciencia y la filosofía, difunde la
tecnología y la metafísica, profiere la confidencia y el pánico, recita la
sentencia y el poema, balbucea la historia y el peligro, transmite la esperanza
y la oración, y por fin proclama al hombre zonzo y a la mujer zonza, o sea al
amor.
Pero, además, sonoriza, acentúa, divulga, advierte, esparce, propaga, informa,
cunde, la codicia, la envidia, la conformidad, la armonía, la ira, la venganza,
la sospecha, el vaticinio, la verdad y la mentira, pero sobre todo la Verdad
porque, con la palabra, el hombre se hace portador de Dios.
Cuando he salido de mi país, o de mi casa, para quedarme en otro lado del
mundo, al lado de mi ropa siempre llevé conmigo las obras completas de Borges y
Neruda, y dicho por ellos, leí “libro, cuando te cierro, abro la vida”, y
divisé “casas como ángeles”. Como esta casa de mi infancia a la que estoy
entrando siempre cada noche mientras los caballos amarillos galopan en medio de
mis sueños, y el libro, esa puerta abierta hacia las otras puertas, transmite
la palabra, que es el Verbo. Y el Verbo, en el Evangelio de Juan, vuelve a ser
la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.
(*) Catedrático en Western Oregon University.
Se le puede escribir al e-mail: gonzale@wou.edu
Su libro “El Correo Invisible” está a la disposición de los lectores en: http://www.geocities.com/egonzalezviana