Por : José Luis Mejía
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Cuando ingresé al colegio, hace ya cinco lustros, me encontré con unas señoras vestidas de largos trajes azules que cubrían todas las partes de su cuerpo salvo las manos y el rostro. Al tiempo descubrí que estas damas eran las "sísters", estaban al servicio de Dios y, sobre todo, eran el poder dentro de la institución. Muchos años después, mayor y más lúcido, vine a enterarme que pertenecían a una congregación cuyas siglas IHM significaban, en el inglés que jamás aprendí a pesar de los once años de coscorrones, Inmaculado Corazón de María. Más tarde todavía, conocería que ellas eran las mismas que regían los destino de las niñas del Villa María (el colegio de las chicas "bien" de Lima).
Pocos recuerdos tengo de los primeros años, mi memoria guarda, eso sí, la férrea disciplina impuesta por las monjas que, en un primer momento, eran comandadas por síster Maureen Therese (confieso que jamás supe cómo se escribía el nombrecito). Esta directora pasará a la historia del Carmelitas por la rudeza de su liderazgo. Todos debíamos observar la más recta conducta. Las filas de alumnos tenían que formarse con la exactitud de una línea y en el tiempo previsto. Un amigo recordaba, por ejemplo, cómo en la hora del recreo se escuchaban tres timbres. Al primer timbrazo todos debíamos terminar lo que estuviéramos haciendo. Al segundo era menester quedarse en el sitio donde estábamos sin mover un solo músculo, cualquiera que violara la ley de "congelado" se exponía a recibir un cocacho feroz de una de las monjas que, sin que nunca supiéramos cómo, estaba siempre a la siniestra del pobre infeliz que incumplía el mandato. El tercer timbre era el definitivo; a la velocidad del rayo y al término de los metros que de ella nos separaban, debíamos estar justos y orden en nuestras respectivas filas; al grito de "¡distancia!" extendíamos el brazo derecho hasta tocar con el dedo índice el hombro del compañero, menor en tamaño, que teníamos al frente. Recuerdo todavía a la monja aquella, en un rapto de neurosis (comprensible frente a la turbamulta de pequeños vándalos que le recordaban por qué prefirió la vida en castidad religiosa antes que la maternidad laica), pateando cual pelota de fútbol las loncheras (¿recuerdan esas horribles, gigantescas y pesadas de metal y luego de plástico semejantes a las que aparecen en las antiguas películas yanquis en manos de los obreros de construcción a la hora del "lunch"?) que habían quedado mal ubicadas por la distracción, desidia o desinterés de sus dueños.
Luego vendría síster María Roberto, era peruana y, aunque se tejieron mil y una historias sobre su carácter tanto o más feroz que el de su antecesora, debo reconocer que yo mantuve con ella una muy buena relación. Nunca tuve mayores problemas...
Ahora que recuerdo, una vez me hizo dar una "green card" (la notificación para los padres que hacía temblar al más templado puesto que la acumulación de tres de esas tarjetas verdes significaba la expulsión casi irremediable del colegio). Estábamos en mitad del recreo y yo, que ya por entonces era un sociable-solitario, deambulaba por los rincones más perdidos del patio de juegos. Detrás de la jamás utilizada pared de frontón se abría un mundo desconocido que estaba vedado al paso de los alumnos. Allí, luego lo sabría, se levantaba un depósito donde reposaban el sueño del olvido las mil carpetas y muebles que destruíamos. A unos pasos, casi imperceptible, se alzaba una escalera de cemento que conducía a la antigua sacristía de la Iglesia del barrio regentada por los frailes que fundaran y administraban el colegio, convertida, ya entonces, a fuerza de una remodelación histórica, en el cuarto donde las señoronas sanantoninas (de San Antonio, la más pujante parroquia de Miraflores, entonces, el barrio "in" de Lima) realizaban los arreglos florales que adornaban el templo a la hora de las misas. Así, recorriendo estos parajes prohibidos, me encontré con una de esas sillas altas que sirven a los árbitros de voley, arrinconada y con la estructura malherida, haciéndoseme imposible evitar la púber tentación de encaramarme en el armatoste al cual todos estábamos prohibidos de subir. Dicho y hecho, me trepé (con la torpeza gimnástica que mis muchos kilos siempre arrastraron) y, una vez en la cumbre de ese pequeño universo, pude ver, en lontananza, el rostro de la buena monja, enrarecido por una mueca irreproducible. Capturado por el pánico, miré a mi alrededor más próximo y encontré, a unos pocos centímetros, una mesa verde que nunca supe si era de pinpón o simple material de biblioteca. Sin pensarlo ni una sola vez, lancé mi entonces todavía moderada humanidad y, como escapando de las iras de la devota sierva de Dios, inicié la fuga más efímera de la historia arrojándome sobre el mentado tablón que crujió amenazante pero, felizmente, resistió mi embestida. "¡Mejía, venga acá!", fue todo lo que escuché retumbar por los parlantes mientras sentía quinientas o seiscientas miradas que se clavaban sobre mi ahora maltratada geografía. Fue la única "green card" de mi historia.
Salvo esa anécdota, síster María Roberto se comportó conmigo de la manera más amable y solidaria, me es imposible olvidar cuando, aquejada mi familia por la crisis económica, no me pudieron comprar el nuevo buzo (ropa deportiva) que el colegio había puesto en venta; ella, sin aspavientos, sin que nadie se enterara y con mucho cariño, me regaló uno. Tanto aprecio le agarré a esa ropa que (mis compañeros son testigos) utilicé la casaca (medio descolorida y remangada) hasta bien entrada la secundaria. Aunque, esto es menester confesarlo, jamás volví a hacer deportes, exonerado por un buen primo médico (¡dermatólogo!) de las exigencias físicas.
Pero la directora no fue la única representante de la generosidad cristiana. Hubo una monja, para mí inolvidable, que se comportó conmigo como una verdadera amiga. Se llamaba síster Paula, era un personaje especial y no tenía esas formalidades almidonadas de la mayoría de las religiosas de entonces que trataban de mantener a raya, con rostro duro y mirada fría, a un millar de mocosos entre los seis y los once años. Síster Paula solía sonreír, no la recuerdo jamás enfurecida y siempre tenía tiempo y ganas para compartir con sus alumnos esas pequeñas tonterías que para nosotros, a nuestros pocos años, eran importantes. Nunca castigó ni satanizó a nadie porque se demorara un poco más en los permisos para ir al baño y jamás hizo escándalo porque a alguno se le fuera el ojo al examen del compañero de carpeta; no confundía la palomillada con el crimen como tanto pedagogo despistado. Ella aplicaba la justicia con equidad y sin mala leche.
Llegué a desarrollar una magnífica relación con síster Paula y no perdía ocasión para salir de las aburridas clases de inglés o lengua, con permisos firmados por ella que me llevaban toda la mañana a su oficina, donde la ayudaba ordenando papeles, pasando notas y un mil cachivaches más. Cuál no sería mi sorpresa cuando un día de esos, en medio de un adelantado y feroz verano, se quitó la toca y pude ver su pelo amarrado con un moño. A mis diez años fue toda una revelación.
Síster Paula no sólo me facilitó los libros de textos que me faltaban, siempre se preocupó por mi bienestar y el de todos sus alumnos. Aún en las "kermesses" que realizaba el colegio la recuerdo desprendida y generosa entregándome, para compartir con mis amigos, un talonario completo de boletos para comprar sánguches y bebidas.
Hoy me acabo de enterar que hace un año las monjas del IHM dejaron de administrar la primaria del colegio, la carencia de vocaciones religiosas las han obligado a abandonar los planteles donde colaboraban y ahora se dedican exclusivamente a los colegios donde son promotoras.
El Carmelitas nunca será el mismo.
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