Por : Diego Cruz
diegocruz1@mi.madritel.es
“Los poetas carecen de pudor con respecto
a sus vivencias: las explotan”
NIETZSCHE
A Rosa Navío: desde mi callada manera.
Todo fue cierto, o me imagino, desde aquel instante en que te oí
mencionar “el mundo de Sofía”; libro que más tarde me ofrecí a
prestarte alegremente.
Dos perfectos desconocidos, sin duda, unidos entonces por la ironía del
instante, vuelo del tiempo que se posa repentino en el fondón de las
miradas, hasta hacerlas cómplices, tatuadas por un halo sutil de vital
camaradería.
Y luego la realidad que se nos iba llenando de una rara química que
anunciaba con entrar tempranamente al corazón, desde ese sigilo
subliminal que tanto repercute, buscando con ahínco la raíz mineral que
siempre somos.
Tus primeros escritos de contacto, con aquella letra cuidada en femenino,
asidero de lírica para contrarrestar carencias, y el primer punto común
donde aferrarse. Los primeros párrafos que llegan hasta mí como una
porción de aire enriquecido; un oasis donde por fin detenerse a celebrar
el mundo, con esa liturgia metafórica de la que he sido siempre tan
devoto.
Era, sí, un tiempo crucial que venía a saludarnos, fugitivo y prendido a
su gran anomalía, con toda su novedad desnuda y casi obscena. Un tiempo
de mimbre arrullado en la penumbra de nuestra intimidad más soterrada,
con todo su pulso poético hospedándose en las habitaciones de la sangre,
cuyo sabor era un lenguaje de lunas y misterio.
Yo escribía por ti hasta altas horas, inmerso en los embrujos paulatinos
de la noche, que iban haciendo una comparsa sensual para mi prosa. Eran
minutos vitalmente sosegados donde reinaba una profundidad de entraña, néctar
esencial donde aferrarse, y así palpar a pleno pulso todo el latir del
transcuros irrepetible. Un mundo otro para impregnarse de él por su
camino; senda de arena y osadía, junto a las barandas del sueño donde
poner a disfrutar los ojos.
Y tú con tus versos esenciales, lenguaje del alma que se desnuda sin gramáticas,
adherido al fruto creativo que repercute en los sentidos. Tus versos de
seda y miel, nobles y cariñosamente dedicados, impresos en una servilleta
de papel a vuelapluma. Tus versos de seda y miel escritos en aquél Café
donde tantas veces fuimos otros, lejos del salvaje desconcierto que
chorrean las imprudentes prisas, sin hora encorsetada en un reloj
laboral inmerso en la costumbre, navegando con osadía junto al lirismo
azul subido en cada tarde. Fuimos otros en el drama de ir poco a poco
enamorándonos, ulcerando un secreto en el fondón de cada uno, donde un
poso muy dulce, sin embargo, nos izaba a los ojos la mejor de las
sonrisas. Todo el drama de la pasión más desmedida, pulso rotundo de la
vida usada en grado máximo, por donde el corazón se desgastaba a pleno
rendimiento.
Sentí alguna vez tu lágrima absoluta, tu desgarro abandonado apareciendo
en la silueta de los párpados, la nostalgia infinita de poder recuperar a
tus ausentes, todo ese universo tan tuyo acallado y sensitivo. El lenguaje
azul de tus ojos tramando su infinito, tu serena quietud rondando en la música
de tus frutales sueños, toda tu transparencia puesta como un mimo o un
desasosiego oscuro junto a la piel varada de mis hombros. Pero también
sentí la oleada de tus besos ejercitando marejada junto a tus propios
labios. Aquel horizonte fronterizo donde las palabras sonaban en susurro y
tu boca era un afluente donde desembocar romanticismo. También sentí tu
aroma sugerente, desde tu piel, adueñarse del alienado universo de mis
sienes; cómo una fantasía donde jugar a idealidad con los sentidos. Sentí,
ay, hasta ese estrato profundo donde a veces no llega a sumergirse las
palabras, y la necesaria descripción no nos asiste, aunque seguimos, como
posesos, pidiendo auxilio en la posada del lenguaje.
Después de tanto tiempo una noche nos mecimos entre un racimo de sueños
metafóricos, con la intención de viajar en conjunto hasta otras
residencias. Era el justo instante que a veces se presenta como necesidad
de nuestro antojo, bordado junto a los pliegues sensitivos donde se
hospeda una verdad fielmente íntegra.
Solos; en aquel lugar que yo ya había imaginado, junto a las orillas de
un silencio que hacía de testigo, brindando siempre por una paz mundial
que a nosotros nos resultaba apetecible. Tu patria de piel blanca donde
visitar la enormidad de tu misterio, retazo de prosa bien creativa, almíbar
paulatino para degustar sin prisas. Solos; inmersos en nuestro centro común
capaz de retrasar el halo infinito de la muerte. Justo en la vertiente que
aspira a lo inmortal, entre gemidos de carne apasionada que se entrega.
Allí donde la materia se vuelve sutil vaho y una liturgia de entrega nos
confluye.
Y hoy evoco tu nombre desde esta acérrima locura que tú tan bien
conoces, compartida como el libro de Félix Grande y tantas cosas, fruto
de páginas por donde la vida nos inyecta su fruto necesario. Todo un
poema de verdad tatuado en lo más hondo, donde acaso llevamos los hilos
de la edad hecha jirones; pero donde late con coraje una infancia sin
maldad que no doblega.
Allá donde estés, con tu universo en femenino; tu alma de cristal llena
de esencias; tu tranquilo en azul adornándote el fondo incontaminado de
los ojos; tu oscuro pesebre que ahora alberga un nuevo relevo de
existencia, cuyo nombre me significa un homenaje a aquel libro prestado y
emblemático, hilo de esta historia que hoy rememoro. Y la idealidad añadida
que yo me propuse acrecentarte, hasta hacer de ti la fruta perenne del espíritu.
Todo para edificar una sinfónica belleza de los actos, barricada de
defensa para negar tu olvido. Todo, tal vez para nada; para reivindicar
que -¿somos?- fuimos...