Por: Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
“Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos”.
Miguel Hernández.
LOS ORDENADORES SON UN FANTASTICO
INSTRUMENTO DE LIBERACION.
Pocos negarán los avances de la tecnología en los últimos cincuenta años. No
es menester insistir demasiado en ello. El hombre actual tiene una sensibilidad
especialmente aguda para lo social y lo económico; el adjetivo compuesto
“socioeconómico” tiene tal vigencia que ha venido a convertirse en un tópico
en un lugar común; pero no desdeñemos demasiado los tópicos, porque en ellos
se expresan algunos rasgos esenciales de cada tiempo.
Estamos en la era de la prosperidad, y lo que es más interesante, de la
prosperidad general; la economía ha encontrado lo que se llama desde Kant “el
seguro camino de la ciencia”. Y al hablar de técnica y de desarrollo económico
no es posible olvidarse de los computadores, ordenadores o cerebros electrónicos,
el invento más importante de nuestra época. Con ellos, más que con ninguna
otra cosa, la humanidad ha realizado ese “paso a otro orden de magnitud” que
es la característica de la última mitad de nuestro siglo.
Pero la significación de los ordenadores no es primariamente científica o técnica
o económica, sino que afecta a la misma condición del hombre: a su libertad.
Los ordenadores son, en efecto, el más fantástico instrumento de liberación
del hombre; hacen por él casi todas las cosas penosas que antes hacía y muchas
que simplemente no podía hacer; salvan, en cantidades prodigiosas, lo que
constituye la sustancia de la vida humana: el tiempo.
El hombre será, gracias a los ordenadores, cada vez más libre. Se entiende, si
-hay que intercalar un gran “si”-, usando una vez más de su libertad,
quiere. La fabulosa potencia demiúrgica de los ordenadores tiene que ser usada,
manejada, interpretada por el hombre; no suple al hombre, sino que lo prolonga y
potencia; es él quien decide qué van a ser, qué van a significar los
ordenadores; por eso, esos instrumentos de liberación pueden ser los grillos
con que se sujete los pies y manos, los grandes esclavizadores. Depende de que
el hombre opte por la libertad o por la servidumbre, por la invención o por el
plan recibido desde las oficinas, por la imaginación y la elección o las
decisiones desconocidas cuyo anuncio y ejecución se espera pasivamente.
Sería ingenuo desconocer u ocultar que la libertad está en crisis en el mundo,
que su existencia está amenazada de mil maneras, que está en juego.
Innumerables hombres de muchos países “quieren andar juntos, lana contra lana
y la cabeza caída”, como decía un gran filósofo español; han buscado -y
naturalmente, encontrado- “un pastor y un mastín”. En esos países
ganaderos, los jóvenes -y esto es lo más grave- no han conocido la libertad,
no han hecho la experiencia real de ella, y en rigor no la desean ni la echan de
menos: no sabrían que hacer con ella; y por eso, en sus sueños
“inconformistas” propenden a imaginar lo mismo que conocen y están
viviendo, solo que pintado con un color distinto.
Pero hay muchos países en que eso no pasa. Hay muchos en la que la gente no se
pregunta “¿qué va a pasar?”, sino “¿qué vamos a hacer?”; en que no
esperan a que la pantalla de televisión o las páginas de un periódico les
digan qué va a ser de ellos, sino que lo deciden; en que no aguardan a que le
marquen el camino, sino lo buscan, lo eligen, lo siguen por su pie. El horizonte
de la libertad tiene oscuros nubarrones; pero si compara la situación del mundo
con la de la mitad de siglo anterior, al final del siglo XX, lo que se impone
con absoluta evidencia es el incremento de la libertad en el mundo. La
democracia no es ciertamente vigente en todo el mundo, pero la idea de
democracia sí, hasta el punto de que los menos demócratas no se atreven a
decir que no lo son, y llaman democracia a sus sistemas, previa su invalidación
por un adjetivo tranquilizador: orgánica, popular, dirigida, etc. Y los
adjetivos son eso, adjetivos: puede confiarse en que un día no lejano se
desprendan y dejen exenta, la realidad sustantiva de la democracia. Y es que,
como dice una copla de esta vieja tierra del Sur: “Mira si será sencillo: /
lo que primero está verde / luego se pone amarillo”.
Francisco Arias Solis
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