Por : Francisco Arias Solis
aarias@arrakis.es
¡Ay eternidad que huyes
en el momento que pasa!”
Miguel de Unamuno.
UN MOMENTO UNICO
Decimos: “un momento único”, “fue un momento único”, como si el tiempo se hubiera detenido
en aquel instante para nosotros. El momento, el instante aquel, o este, que decimos único, no es,
por tanto, al parecer nuestro, un instante cualquiera; no es uno de tantos momentos, instantes, en
la sucesión de lo temporal que contamos, de esa manera, por la discontinuidad de un tiempo,
que, como decía de filósofo Bergson, estamos de tal modo espacializando. “El espacio traspasa
el tiempo como el cuerpo el alma”, escribió Novalis. Esa corporeidad que le damos al momento,
al instante fugitivo, pasajero, nos parece, en efecto, una permanencia, una instantaneidad que
sentimos, percibimos así, paradójicamente, como temporalidad quieta inmóvil, extática: Otro
filósofo -Heidegger- nos habla de los tres éxtasis del tiempo: pasado, presente, porvenir...
“Un momento único”, puede parecernos algo que expresamos paradójicamente como “un
instante eterno”. Pero instante, momento, sinónimos en lo que venimos diciendo, ¿no podrían
separarnos, a su vez, su significado más singular, su más particular sentido? Momentaneidad o
instantaneidad podrían llegar a significarnos, por instante o momento, precisamente lo contrario:
el momento la percepción o sentimiento de lo pasajero; el instante, la instantaneidad de lo
permanente, de lo extático, de lo perdurable, de lo eterno. Daríamos así, al momento, a la
momentaneidad, significado de duración o temporalidad fugitiva; y al instante, a la
instantaneidad, significado extático de perduración, de eternidad quieta. A la captación del
fantasma luminoso por la cámara oscura, en la fotografía, se le llamó vulgarmente “instantánea”,
una “instantánea”. De la pintura de Velázquez se dijo que era anticipación pictórica de la
fotografía por esa instantaneidad -éxtasis de lo temporal pasajero- que la caracteriza. Y por esa
su captación luminosa misma, aparentemente tan viva, a las imágenes, a la figuras de los lienzos
velazqueños les llamó Ortega y Gasset, justamente, fantasmas.
Pero, si separamos el sentido de los sinónimos “momento” e “instante”, podríamos decir que lo
que hace Velázquez en su pintura es convertir “un momento histórico” en “instante eterno”. Y al
hacerlo, humaniza la pintura, fantaseándola o fantasmatizándola de ese modo. La conversión de
un “momento histórico” en un “instante eterno” es en lo que, a nuestro parecer, radica la esencia
misma de la poesía; por el sonido o por la luz -como en la música, como en la pintura y
escultura-; o por ambas cosas a la vez, por la palabra creadora que decimos poesía: ficción o
dicción poética. Y ese que llamamos “momento único”, es el momento que no pasa, que no
puede pasar, que “se sale del paso para entrar en la queda”, como diría don Miguel.
Cervantes escribía: “No puede escribir cosa que sea de momento el que por instantes está
esperando la muerte”. Esa “cosa que sea de momento”, traspasada de su instantánea eternidad,
¿no es lo que Cervantes escribía? ¿Será el momento único para el hombre el de su muerte?
Un poeta escribía: “Y en toda la eternidad / no tendrá tiempo bastante”. Que todo puede ser y
hasta dejar de ser lo que parece. Ya que “cualquier tiempo” -pasado, presente o futuro- al
extasiarse o estarse quieto, al parecernos duradero o perdurable, al parecer eterno (“obra de arte
poético”) lo es, en efecto, como nos lo dice el poeta: “a nuestro parecer”. No habría momentos
únicos en la historia, ni en la historia de nuestra vida, si no lo hiciéramos parecer, aparecer,
eternos. No en vano nos dijo el poeta: “Un momento es un momento. / Un instante es un
instante. / Y es toda una eternidad / lo que tienes por delante”.
Francisco Arias Solis
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