Por : José Luis Mejía
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MAMACHA CARMEN
Debo decir, en honor a la verdad, que el tiempo me fue alejando de la Iglesia. Si de chiquillo fui comprometido acólito dominguero en la capilla de mi barrio y, más tarde, entusiasta colaborador en charlas y retiros espirituales; los años me convirtieron, como diría Atahualpa Yupanqui, el fabuloso cantautor argentino, en un "dudante".
Con todo, no puedo dejar de reconocer que entre la infinidad de santos y vírgenes que inundaron mi imaginación infantil a través de los interminables sermones en la clase o en el templo, me quedo, como representantes amables de la cristiandad, con la Virgen del Carmen (patrona del colegio católico que me cobijó once años) y con Francisco, el de Asís. Ambas figuras destilan una ternura que me seduce. Si alguna vez, arrepentido de mis lejanías, volviera a arrodillarme ante un altar, sería a ellos, la Virgen de los Ladrones y el Santo de Hermandad, a los que confiaría mis cuitas para que intercedieran con sus buenos oficios ante el Creador.
Todos los años, a mediados de julio (el 16), celebra Lima a Nuestra Señora del Carmen, con procesiones animadas y verbenas criollísimas, que lejos del tono generalmente quejón y plañidero de las efemérides católicas, destilan maravillosos ritmos y sones terminados en fiestas llenas de alegría y entusiasmo. La tradición data de siglos y ya no es novedad ver cómo los Barrios Altos (a unas cuantas cuadras de la Plaza de Armas hoy rebautizada a mi disgusto en Plaza Mayor) se visten de luces y serpentinas, mientras las calles se inundan de puertas abiertas, grupos bohemios y dicharacheros, y vivanderas con deliciosos anticuchos y picarones. Los reyes de la jarana, cantores criollos forjados en lustros de experiencia, brindan a la Virgen de los Pobres una serenata llena de vida y de contento.
Esto sucede en el centro. En Miraflores, un barrio otrora acomodado, donde antiguas familias de prósperos profesionales que luchan hoy por librarse de la miseria conviven con jóvenes impetuosos que sueñan con irse a vivir a los nuevos distritos residenciales de la ciudad, se celebra hace más de medio siglo la Fiesta del Carmen. Los Carmelitas de la Antigua Observancia llegaron a esta zona hace cincuenta años, fundaron una parroquia y, posteriormente, un colegio. El lugar era entonces una zona pujante que absorbía a decenas de reputados ciudadanos que venían huyendo del caos en el que se había convertido el Centro, cada vez más saturado de callejones paupérrimos y casonas tugurizadas.
Pues bien, cuando mis padres tuvieron que decidir sobre nuestro futuro académico, llegaron a la conclusión de que sus hijos (los cuatro que somos todavía) debían recibir una educación mixta y católica, pero sin fanatismos. Luis Felipe, mi papá, sin más títulos, ayer y siempre, venía de la experiencia contraria; educado en un colegio "sólo de hombres", con curas españoles y conservadores, hubo de lidiar con las dificultades del trato con el género opuesto y, más aún, con las peripecias de ser monaguillo cuasi obligado en cuanta ceremonia religiosa celebrara el cura de la escuela.
Los españoles y los italianos, decía él, son demasiado apasionados y por ende tienden a la inquisición y al fanatismo; los yanquis, en cambio, tienen la ponderación que les da esa visión pragmática de la existencia que copa todo en sus vidas, hasta su relación con dios (tiempo después, y poco antes de ser asesinado por un intolerante, Martin Luther King, declararía: "mi fe es un asunto entre mi Creador y yo").
Consecuentemente, nos mudamos de barrio, nos asentamos en Miraflores (de donde la crisis nacida de ajenas pequeñeces nos sacaría más tarde, pero ese es cuento largo y llegará algún día) y nos matricularon en el colegio Carmelitas, promovido y administrado por los ya mencionados sacerdotes de la congregación del Carmen.
Mi historia, junto, entre, contra y al frente de la cristiandad, tiene sus orígenes en esas aulas de primaria donde me enseñaron los cánticos con los que, rosado, regordete y vestido de blanco, hice mi primera comunión. Allí, también, me acercaron a la imagen de la Virgen del Carmen, con su manto marrón, su escapulario y una tierna sonrisa de madre irrenunciable, paciente y dispuesta.
Ninguno de mis altercados espirituales y administrativos con la curia pudo enervar mi afecto por esa sensible y dulce Señora a la cual, descubrí tiempo después, se acogen carteristas y ladrones antes de cometer sus fechorías. En mi cerebro impúber se quedó grabada la fantástica anécdota que narra cómo un delincuente al ser juzgado por sus crímenes logra la salvación al pesarse en una divina balanza sus faltas contra la devoción que le hacía consagrarse a la Mamacha Carmen cada vez que salía a sus andanzas. Esa justicia celeste me encandiló.
Cada julio nos preparábamos para la Procesión de la Virgen que iba (y sigue yendo) de la Iglesia parroquial hasta el local de la secundaria. A pie, lentamente, entre cánticos y oraciones, una multitud acompañaba a la del Carmen mientras un grupo inmenso de chiquillos bulliciosos blandía sus antorchas (palos de escoba, armazones de madera, papel celofán, mechas artesanales y un curso rápido de manualidades) e iluminaban la avenida Benavides con su luz y su jolgorio.
Luego, la Misa en el patio principal. Concelebrada por todos los sacerdotes de la Congregación y acompañada por un coro heterogéneo de alumnos y profesores, parroquianos y feligreses, que entonaban las más acompasadas y hermosas canciones religiosas a ritmo de jarana limeñísima y criolla.
Finalmente, la Verbena. Los juegos de rigor (como en las ferias: el cuy, la ruleta, el tiro de argollas), el chocolate caliente (para aliviar este limeño "invierno de mentira", como le llama una querida y melancólica exalumna), las tortas (donadas por las damas de la parroquia), los anticuchos y los famosísimos sánguches de lechón ("sandwichs" para los exquisitos y "emparedados" para los academicistas) eran parte de la fiesta. Al filo de la media noche un sencillo castillo de juegos artificiales y una paloma de pólvora lanzada a las alturas, daban término a la fiesta...
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